“Crecí escuchando historias de mi familia, del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial. Había cierta crítica, sí, pero también límites muy claros sobre hasta dónde podía llegar esa crítica hacia la propia familia”. Durante años, Bas von Benda-Beckmann (1976) convivió con una historia familiar marcada por silencios, contradicciones y lealtades incómodas. Nacido en los Países Bajos, hijo de padre alemán y madre neerlandesa, creció escuchando relatos fragmentados sobre la Segunda Guerra Mundial hasta descubrir que una de sus tías abuelas había estado casada con Alfred Jodl, uno de los generales más cercanos a Adolf Hitler, ejecutado tras los juicios de Núremberg.Aquella revelación abrió una grieta que acabaría convirtiéndose en una investigación histórica y personal, mediante la cual descubrió que el pasado de su familia estaba mucho más vinculado al nazismo de lo que jamás habría imaginado.Crecí escuchando historias de mi familia, del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial Bas von Benda-Beckmann HistoriadorVon Benda-Beckmann lo recoge en su último libro, Mi familia nazi (Espasa), donde el historiador reconstruye el papel que desempeñaron distintos miembros de su familia dentro del régimen nazi a partir de cartas, diarios, memorias y documentos de archivo. El resultado es un retrato incómodo y humano sobre cómo personas corrientes pudieron convivir con la barbarie, justificarla o apartar la mirada mientras ocurría. En conversación con Historia y Vida, Bas von Benda-Beckmann reflexiona sobre el peso de heredar una historia así, la complejidad de enfrentarse a la propia familia y las lecciones –todavía frágiles– que deja el siglo XX.Lee tambiénEn su familia hubo varios miembros vinculados al régimen nazi. ¿Cuándo lo descubrió?Tenía unos trece o catorce años. Yo crecí en los Países Bajos. Mi padre era alemán y mi madre, neerlandesa. Ambos eran académicos y, a veces, tenían que viajar por trabajo. En una de esas ocasiones, mi tía alemana, la hermana de mi padre, vino a quedarse con nosotros. Mi hermano y yo estábamos fregando los platos cuando, en la conversación, salió una tía abuela mía, Luise, la hermana de mi abuelo. La habíamos visitado varias veces y yo le tenía mucho cariño. Era una mujer algo excéntrica, divertida, un poco rara, pero siempre muy cariñosa con nosotros. Entonces mi tía me contó, por primera vez, que había estado casada con Alfred Jodl, uno de los generales más importantes y leales a Hitler, ejecutado tras los juicios de Núremberg en 1946.¿Era del todo consciente, a esa edad, de lo que esos hechos significaban?Para mí fue un impacto enorme. En los Países Bajos, durante mi educación, se hablaba mucho de la Segunda Guerra Mundial, de los campos de concentración y del Holocausto. Yo había crecido pensando que todo aquello representaba el mal absoluto y que no tenía ninguna relación conmigo ni con mi familia. Y, de pronto, descubrí que sí existía una conexión directa. A partir de ese momento empezaron a surgir muchas preguntas: ¿hasta qué punto mi familia había sido leal al sistema nazi?, ¿qué habían hecho exactamente?, ¿qué pensaban? Mi tía me contó algunas cosas, pero las preguntas siguieron ahí y fueron creciendo.Luise von Benda y Alfred Jodl Cedida¿Fue el pasado de su familia el que despertó su interés por estudiar Historia?Sí, a medida que fui creciendo, me di cuenta de que muchas conversaciones familiares giraban en torno a la época nazi y a la Segunda Guerra Mundial. Cuando tenía diecinueve años quise saber más sobre ese periodo y empecé a estudiar Historia en la Universidad de Utrecht. En ese momento recibí una carta de mi tía abuela Luise, que todavía vivía y debía de tener unos noventa y dos años. Me felicitaba por haber empezado la carrera y me envió un libro junto con una breve carta en la que resumía su visión de lo que les había ocurrido a ella y a su marido.¿Qué decía esa carta?Venía a decirme que debía comprender lo poco que incluso los oficiales de alto rango del ejército alemán sabían sobre lo que ocurría en Auschwitz y en los campos de concentración. Creo que no llegué a responderle. Cuando empecé a investigar, descubrí que mi familia había estado mucho más implicada en el sistema nazi de lo que sugerían los relatos familiares y aquella carta. Fui a los archivos para reconstruirlo y comprobar hasta qué punto esas versiones eran ciertas o estaban suavizadas por la memoria, el afecto o la necesidad de proteger una determinada imagen de la familia.Podemos extraer enseñanzas del pasado, pero eso no ofrece ninguna garantía de que no vuelvan a ocurrir cosas parecidas o incluso terriblesBas von Benda-BeckmannHistoriadorEn el libro explica que su tía abuela Luise siguió siendo leal a su marido incluso después de su condena en Núremberg. ¿Cómo se explica esa lealtad, aun siendo consciente de los crímenes que había cometido?Creo que, en gran parte, era por amor. Ella quería muchísimo a su marido. Pero también pienso que el proceso por el que se convirtió en una seguidora del nazismo estuvo acompañado de una fuerte capacidad para interpretar la realidad de forma selectiva. Uno se engaña a sí mismo o acepta una versión parcial en la que actúa como si la gente no estuviera sufriendo, como si la persecución de los judíos no fuera un enorme problema moral o como si no tuviera nada que ver con uno mismo. Esa mirada también le permitió ver a su marido bajo una luz positiva. Desarrolló muchos argumentos para defenderlo.¿Cuáles recuerda?Decía que había intentado frenar a Hitler, que había tratado de llevarle la contraria en algunos momentos, que desconocía ciertos crímenes o que estaba en contra de ellos, que no era un hombre político, sino un soldado que servía a su país y a sus líderes. En el libro intento revisar críticamente ese relato y mostrar que, en mucha mayor medida de lo que ella recordaba o quería admitir, ambos estaban implicados en esa ideología. Su marido no solo admiraba el talento militar de Hitler, como ella reconocía, sino también sus ideas políticas.También reconstruye la historia de Tini, hermana de Luise, que se afilió al partido nazi pero después tuvo una relación con un médico medio judío...Lo que me fascinó de Tini es que, al principio, siguió un camino ideológico bastante parecido al de sus hermanos. Venía de un ambiente aristocrático y nacionalconservador, y se sintió atraída por ese nuevo movimiento que era el nacionalsocialismo. Después se convirtió en secretaria del ejército alemán y, en algún momento, empezó a perder la fe en el sistema. En ese proceso se enamoró de un hombre, un médico que le contó en privado que era medio judío y que tenía mucho miedo del régimen. Aquella relación fue muy importante para ella. Él fue el amor de su vida y ella siempre lo recordaría así en sus cartas.Tini, tía abuela de Bas von Benda-Beckmann y hermana de Luise.Cedida¿Puede el amor tener el poder suficiente para cuestionar o transformar una ideología tan radical como el nazismo?Lo curioso es que esa relación cambió su perspectiva sobre el sistema en el que había crecido, aunque no de forma inmediata. Fue un proceso gradual. Incluso amándolo profundamente, Tini no se convirtió de inmediato en una opositora del sistema. Fue viendo poco a poco más injusticias, más criminalidad, más contradicciones. Y tardó en comprenderlo del todo.¿Cuándo lo hizo?En 1938, dos días después de la Kristallnacht –el pogromo de noviembre en el que las sinagogas ardieron y los judíos fueron perseguidos violentamente en Alemania–, Tini escribió una carta para darse de baja del partido nazi. Su hermana mayor, Luise, temiendo que aquello causara problemas a la familia, intentó impedirlo y escribió al partido para pedir que su hermana no abandonara la organización. El reconocimiento pleno de lo ocurrido llegó después de la guerra. Ella trabajaba como enfermera en el sur de Alemania, en un hospital militar, cuando llegó un grupo de judíos desde Dachau, muchos de ellos procedentes de Auschwitz, que habían sido trasladados en las marchas de la muerte. Estaban gravemente enfermos y muchos fallecieron incluso después de llegar al hospital. Entonces Tini vio con sus propios ojos las consecuencias del genocidio y del Holocausto.No siento culpa, porque nací después de la guerra, pero sí siento que tengo la responsabilidad colectiva de contar sus historias Bas von Benda-BeckmannHistoriador¿Fue escribir este libro su manera de confrontar el legado de culpa que acompañó durante años a su historia familiar?No diría que yo cargue con esa culpa, porque nací después de la guerra. La responsabilidad fue de ellos, no mía. Pero sí creo que tengo la responsabilidad colectiva de contar estas historias, especialmente porque soy historiador y tengo las herramientas para hacerlo. No se trata de decir que esto solo les pasó a otros o que fue obra de monstruos irreconocibles: también mi familia formó parte de ello. Y eso ayuda a entender mejor cómo puede funcionar una historia así. Es importante que las familias que cargan con este legado hablen de ello con honestidad. Solo así podemos ver que las personas responsables o colaboradoras de ese sistema no están tan lejos en el tiempo ni en el espacio. De hecho, usted recuerda en su libro a su tía abuela Luise como una mujer afectuosa y cercana…Es probablemente una de las partes más perturbadoras de todo este proceso. Porque, cuando pensamos en el nazismo, tendemos a imaginar monstruos irreconocibles, personas completamente ajenas a nosotros. Pero la realidad es mucho más incómoda: eran seres humanos corrientes, con vidas cotidianas, afectos, sentido del humor y relaciones familiares reconocibles. Esa contradicción es difícil de aceptar, pero creo que precisamente ahí está una de las claves para entender cómo funcionan este tipo de ideologías. Si pensamos que solo personas monstruosas pueden sostener regímenes así, nos tranquilizamos demasiado. Lo inquietante es comprender que personas corrientes son capaces de mirar hacia otro lado, justificar la violencia o deshumanizar a otros poco a poco. Muchas veces no ocurre de golpe, sino mediante mecanismos de adaptación moral, autoengaño y normalización. Y eso sigue siendo muy actual.Conozco a muchas personas inteligentes que solo ven un lado de determinados conflictosBas von Benda-BeckmannHistoriadorSu libro habla del pasado, pero también interpela al presente. ¿Qué paralelismos ve con algunos discursos políticos actuales?Una de las cosas que más me impresiona es lo fácil que puede ser dejarse arrastrar por una forma de pensamiento en la que uno deja de ver el lado oscuro de una determinada visión política. Y, sobre todo, lo fácil que resulta apartar la mirada del dolor de personas con las que no nos identificamos. Creo que eso sigue ocurriendo hoy. Lo vemos en la forma en que tratamos a los refugiados o en cómo observamos lo que sucede en países como Siria o Libia, o en el conflicto entre Israel y Palestina. Los seres humanos tenemos una enorme capacidad para no ver el sufrimiento de quienes consideramos ajenos. En mi investigación, ese mecanismo se volvió muy cercano al observar cómo funcionó dentro de mi propia familia.Ante el auge de determinados discursos polarizadores y excluyentes en distintos países, ¿le preocupa que estemos subestimando algunas señales de alarma?Creo que ver las señales de alarma es una cosa, pero llegar a quienes tienden a cerrar los ojos es otra muy distinta. Conozco a muchas personas inteligentes que solo ven un lado de determinados conflictos –por ejemplo, el de Palestina e Israel– o que dicen: “Sí, claro, muchas personas que huyen de zonas de guerra han sufrido, pero nosotros, en Occidente, no podemos resolver todos los problemas”. Ese tipo de discurso está muy presente y es muy difícil salvarlo para invitar a la gente a recuperar la empatía. Quizá el problema no es tanto que no veamos las señales. Las señales están ahí. Cada día abrimos el periódico y encontramos artículos muy bien escritos que advierten de ello. El problema es qué hacemos con esas advertencias.Lee tambiénSostiene que conocer el pasado es la única forma de evitar repetirlo. ¿Hemos aprendido algo?Podemos extraer enseñanzas del pasado, sí, pero eso no ofrece ninguna garantía de que no vuelvan a ocurrir cosas parecidas o incluso terribles. La historia no nos protege automáticamente. Puede ayudarnos a comprender, a reconocer mecanismos, a estar más alerta. Pero no impide por sí sola que los seres humanos vuelvan a mirar hacia otro lado, vuelvan a justificar lo injustificable o vuelvan a deshumanizar a otros. Por eso creo que la memoria debe ser incómoda. No basta con recordar a las víctimas y condenar a los culpables como si fueran seres completamente ajenos. También tenemos que preguntarnos qué habríamos hecho nosotros, qué hacemos hoy y qué sufrimientos estamos dejando de ver.Periodista en el equipo de Audiencias de La Vanguardia. Antes, en el equipo de Redes Sociales. Graduada en Periodismo y Comunicación Corporativa por la Universidad Ramon Llull.