Cada año, justo antes de las vacaciones, hay una conversación que se repite una y otra vez en consulta. Después de más de 15 años trabajando con pacientes, puedo decir que rara vez es una sola persona la que expresa el mismo miedo: “Casi prefiero no irme de vacaciones ahora que por fin siento que lo estoy haciendo bien. Tengo miedo de descontrolarme”. Y ese miedo no aparece porque las vacaciones sean un problema, aparece porque hemos acabado confundiendo dos conceptos que deberían ser completamente distintos: hacer dieta y llevar una alimentación saludable.Durante años nos han enseñado que comer bien significa controlar, restringir y evitar determinados alimentos. Así, cuando llega el verano y aparecen los helados, las comidas fuera de casa o los platos típicos de otros lugares que no forman parte de nuestra rutina, muchas personas sienten que todo el trabajo realizado puede venirse abajo en unos pocos días.Pero una alimentación saludable no debería ser tan frágil. No debería depender de que nunca aparezca un helado, una paella en la playa, un desayuno diferente o un postre típico del lugar que visitamos. Las vacaciones implican salir de la rutina, conocer nuevas culturas y, también, descubrir nuevos sabores. Comer alimentos diferentes porque forman parte de la gastronomía del lugar no es perder el control; es vivir una experiencia.El verdadero problema es que hemos asociado la salud con la perfección. Y cuando creemos que solo existe una forma correcta de comer, cualquier desviación se interpreta como un fracaso. Desde esa mentalidad, un helado deja de ser un helado para convertirse en el inicio del “ya que...”, del sentimiento de culpa y de la idea de que todo está perdido. Aparece la sensación de tener que “aprovechar” porque ante la próxima restricción, pasando del cero a cien, e iniciando el bucle del exceso y la restricción. Las vacaciones se han convertido, además, en una especie de examen de nuestra alimentación. No es raro hacer dieta antes de irnos porque hay que lucir lo más delgado posible y tonificados, como si en vez de descansar fuéramos a un desfile. Nos pesamos antes y después como medida del “desastre”. Como si fuéramos una maleta que se embarca: un trato, cuanto menos, poco respetuoso hacia nosotras mismas.La alimentación saludable se ha convertido en un mantra de dieta. Hablamos de alimentos prohibidos, de buenos y malos, de gramos de proteínas, de “superalimentos”, de reglas que parecen inamovibles: esto engorda, esto solo se puede comer a determinada hora, hoy me “merezco” un helado porque he hecho deporte. La comida acaba convirtiéndose en un sistema de premios y castigos que nos carga de culpa y miedo. Nos desconecta de nuestro cuerpo y terminamos sin saber muy bien qué comer, con la sensación de que nunca es suficiente y de que siempre podríamos hacerlo mejor.Sin embargo, el verano puede ofrecernos precisamente lo contrario. Nos devuelve una dimensión de la alimentación que durante el resto del año solemos olvidar: la gastronómica. Durante meses, la comida se convierte muchas veces en un trámite para seguir con la siguiente tarea. Comemos deprisa porque hay reuniones, trabajo o tareas domésticas. En cambio, el descanso puede ser una oportunidad para redescubrir el placer de la mesa, probar platos nuevos, visitar mercados, conocer productos locales y entender la cocina como una forma de acercarse a la cultura de un lugar.La gastronomía también forma parte de una alimentación saludable. No solo importa qué comemos, sino cómo vivimos el acto de comer. Dedicar tiempo a cocinar, alargar una sobremesa, descubrir recetas tradicionales o compartir una comida son experiencias que forman parte de nuestra cultura alimentaria y que el ritmo cotidiano suele relegar a un segundo plano. Además, en verano solemos comer con más tiempo y atención. Desaparecen algunas obligaciones y nos relajamos alrededor de la mesa; ya no hay tanta prisa por pasar a la siguiente tarea.También solemos comer más acompañados. Hay más oportunidades de hacer planes con familiares y amigos, lo que se asocia a un menor riesgo de aislamiento y a un mayor bienestar psicológico. Una revisión sistemática publicada en Journal of Nutrition Education and Behavior concluyó que una mayor frecuencia de comidas familiares se relaciona con una mejor calidad global de la dieta, un mayor consumo de frutas y verduras y un menor consumo de bebidas azucaradas, aunque los autores recuerdan que la evidencia disponible es principalmente observacional y no permite establecer una relación causal. Sin embargo, cuando la relación con la comida es realmente saludable, las vacaciones no generan miedo. Se disfrutan. Se come con más flexibilidad, se prueban alimentos nuevos. Algunos días se come más y otros menos y, al volver, simplemente se retoma la rutina, sin necesidad de compensar, castigarse o empezar otra dieta.Quizá el indicador más claro de que una persona ha construido una relación sana con la alimentación no sea lo que hace durante el resto del año, sino cómo vive las vacaciones. Si necesita renunciar a ellas por miedo a la comida, probablemente el problema no sea la comida, sino las reglas que ha aprendido sobre ella. Porque una alimentación saludable no es aquella que resiste unas vacaciones. Es aquella que también sabe incluirlas.