En uno de sus últimos libros, el teórico Didi-Huberman recuerda que, para Max Weber, en sus famosas conferencias sobre la vocación y profesión de la política, existen al menos tres malas maneras de comportarse ante “el desastre”. Lea cada uno en el desastre, hoy, lo que quiera. Son la amargura, la aceptación y la huida mística a un afuera del mundo. Todas ellas niegan la esencia de lo político. La aceptación es comparable a la política del avestruz, que esconde su cabeza de forma cínica y oportunista y acepta lo que hay sin pretensión de cambiarlo: opta por no hacer nada hasta que todo pase. La amargura es igual en su negación, pero más melancólica. La huida mística busca un triunfo desplazado a un futuro que nunca llega, aquel en el cual se reunirán las condiciones adecuadas para vencer, la gran noche de la revolución, en utopismo estrafalario.

Me he visto a mí misma, en este último año, muy cerca de varias de estas posturas. De la aceptación y de la amargura, sobre todo. Aparecen y son convocadas, por ejemplo, cuando asumimos, como se tiende a asumir en muchos espacios, la inevitabilidad de un gobierno de coalición conformado por el Partido Popular y por Vox tras las próximas elecciones generales. Como tal desembocadura se da por ineludible, no se ponen todas las energías necesarias en evitarla, ni existe fervor ni pasión alguna por hacerlo: una cosa lleva a la otra y la catástrofe se torna profecía autocumplida.