Resulta imperativo recuperar la capacidad de intervenir antes de que el desorden se instale como norma
Un periodista norteamericano me preguntó una vez qué palabra representaba mejor a mi país. Respondí sin titubear: resignación. Pensaba entonces en los altos niveles de paro, en la erosión de las políticas públicas, en esa quietud densa que se instala cuando la apatía se vuelve costumbre. No solo en la sociedad civil, también en la clase política. No imaginé hasta qué punto esa palabra terminaría describiendo el clima moral de estos días....
Hace unas semanas, volviendo de una sesión de trabajo, cancelaron un vuelo de Bilbao a Barcelona sin explicación alguna. Horas de espera hasta que la única alternativa fue un autobús improvisado hacia el aeropuerto. Ocho horas de trayecto en silencio. Ni una queja, ni un botellín de agua. Nadie levantó la voz.
Días después, empezando una reunión, una colega escribió por WhatsApp: “No me esperéis, estoy en el AVE de Madrid a Barcelona y nadie sabe cuándo llegaremos”. No hablo de los días posteriores a los accidentes de Adamuz y Gelida; hablo de ayer mismo. Nadie se sorprendió: nunca se sabe a qué hora llegarán los trenes de alta velocidad. Parece que hemos incorporado la incertidumbre como si fuera un rasgo natural del paisaje.






