Se ha instalado como la lluvia ácida de los cuentos de terror. No se acaba de ver pero la izquierda respira el derrotismo de la profecía autocumplida, decorada por el prestigio del pesimismo. No solo ya está todo perdido, según creen, sino que el fracaso ha sido el resultado clamoroso de la primera coalición de izquierdas de la democracia. El recuento de causas que fundamentan ese diagnóstico es un tanto enigmático y hasta contraintuitivo porque no hay izquierda de ningún país europeo y hasta algunas latinoamericanas que no reconozcan en este Gobierno una referencia política de éxito, sin disfrutar exactamente de las condiciones objetivas más favorables para gobernar, pero haciéndolo. Quizá las causas de esa sensación de fracaso sean haber aprobado una reforma laboral inédita en España ―sin el concurso de ERC, por cierto―, haber hecho reales a los inmigrantes invisibles en una cifra histórica, haber protegido a empresas y particulares ante las condiciones catastróficas que impuso la pandemia, haber impulsado decididamente las energías renovables, haber iniciado una reforma judicial todavía tímida para el percal que hay, haber liderado en Europa la urgencia de interceptar el gigantesco oligopolio tecnológico o haber deplorado como genocidio el genocidio que Israel mantiene impunemente en Gaza (ahora mismo, también, bajo el alto el fuego ful) o haber apartado instantáneamente del poder a dos altos cargos socialistas contaminados, al menos en uno de los casos inequívocamente, de corrupción, y ambos de la máxima cercanía política a Pedro Sánchez.La aprensión a ratos angustiosa que causan estos últimos casos, y el enredo aún por explicar en el que anda José Luis Rodríguez Zapatero, ni es inocua ni menor, pero el votante progresista parece también haber olvidado el resto del párrafo porque ya no existe en los titulares ni en las escaletas de la mayoría de los medios. Pero quienes lo han olvidado del todo parecen ser algunas élites políticas de las izquierdas: nada fue como lo soñaron en los momentos fundacionales de la izquierda alérgica al PSOE, fuese en el formato Podemos (cuando se quedaron a nada de superarlo electoralmente) o fuese en formato de Sumar. La izquierda anda cabizbaja y derrotada desde hace ya mucho tiempo. Pasaron las euforias derivadas del empuje que imprimió Yolanda Díaz en julio de 2023 para aportar sus tres millones doscientos mil votos a un futuro Gobierno de coalición. Hoy esas son cifras de fantasía, porque, a ojo de buen cubero, entre un millón, millón y medio ha decidido pensárselo mejor y se mantiene en la abstención más o menos desmoralizada. Errores propios, causas ajenas y una estructura frágil de por sí han propiciado el desánimo ante un Sumar sin anclaje territorial y cuyos partidos coligados parecen ceder cada vez más a las tendencias y tentaciones centrípetas. Miran hacia adentro, buscan mantener puestos y candidaturas, temen lo peor en las próximas elecciones sin ánimo para rebelarse y casi nadie tiene el punto de vista puesto en la renovación de un gobierno de izquierdas: una especie de extraño solipsismo conservador. Puede que sea la actitud más saludable para no vivir el desengaño de una derrota autopronosticada o incluso puede que sea efecto de la implacable lucidez analítica. Mi problema es que no comparto ni el criterio preventivo ni la presunta lucidez sobre la impotencia segura de una candidatura nueva a la izquierda del PSOE. ¿Nueva? Nueva dentro de lo que cabe, que quizá es más de lo que parece, y desde luego más de lo que corea eufórica toda la derecha mediática, y demasiada de la izquierda cansada o deprimida. Si no manejo datos demasiado desorientados, en este momento Sánchez conserva algo más de un 28% de apoyo electoral, y entre ellos un 25% de los menores de 25 años. Los datos de lo que se llama hoy Sumar están muy lejos de esa cifra y casi a la mitad de la suya propia de julio de 2023, hace tres años. No es difícil adivinar que la responsabilidad más grave ahora mismo para tener posibilidades de un nuevo gobierno de izquierdas está en los partidos que la constituyen, desde el mismo Movimiento Sumar hasta Izquierda Unida, Comuns, Más Madrid, etc. Es ahí donde ha cuajado de forma invisible pero real una propensión a la profecía de la derrota con etiología masoquista: nada hay que hacer, todo está perdido, la ola ultra arrasa y mejor irse yendo a casa, o prepararse una tisana reparadora de la desolación. Y sin embargo también brujulea en unos pocos medios y en numerosas conversaciones la exigencia del electorado de reaccionar y relanzar a una izquierda que lo ha hecho fundamentalmente bien en estos años de Gobierno, ocho, tanto en las áreas de control socialista como en las de su izquierda. Lo que se me ocurre a mí se le ha ocurrido a mucha gente. Ahora mismo suenan como candidatos potenciales de esa reagrupación de izquierda o nuevo frente de izquierdas algunos nombres. Uno obvio es Gabriel Rufián, aunque cada vez parece más remiso a liderar nada, ni en clave sólo de autonomías con nacionalismos fuertes ni en clave estatal. Pero son más los nombres que han circulado con y sin énfasis, con autodescartes o sin ellos, y ahí figuran algunos personajes con capital político y prestigio profesional que van desde al menos dos de los actuales ministros, Ernest Urtasun o Pablo Bustinduy, hasta nombres como Unai Sordo, el actual secretario general de CC OO, o el perfil de la izquierda más parecido a Rufián, Emilio Delgado.A la izquierda le gusta que le convenzan de las buenas razones para votar a un candidato capaz de defender con información y convicción medidas de izquierda urgentes para algunas de las mayores lacras sociales, y la primera de todas es obviamente afrontar la vivienda como emergencia nacional o democrática, insoslayable, y sobre todo muy difícil de solucionar. Pero puede encauzarse o invertirse el rumbo y crear un punto de inflexión con un plan gigantescamente multimillonario y a escala estatal que identifique ese problema como agujero dramático en la vida y sentina de las economías familiares: entender el problema de la vivienda como si España estuviera afrontando las consecuencias de un monstruoso seísmo (como el de Venezuela, y tomo prestada la analogía gráfica de un buen amigo). ¿Cómo se gesta, lanza, articula o defiende esa potencial candidatura de un nuevo liderazgo con un paquete de propuestas poderosas y nítidamente de izquierdas? No lo sé: ¿de dentro, de fuera, a medio camino, algún rescatado prematuramente sacrificado (o escapado)? La condición obvia sería el respaldo de un programa acordado como forma de contraponer a la ciudadanía desanimada o alicaída un contrapoder político potente, creíble y a escala estatal. Cuando me vengo arriba, en las noches tórridas del verano, veo un escenario poblado del capital político disperso que tiene hoy la izquierda, y que va desde los mismos Urtasun, Bustinduy o Delgado a Ada Colau o Mónica Oltra pasando por Mónica García o la misma Yolanda Díaz.La inhibición derrotista, la pasividad desengañada o el tacticismo de las internas de los partidos podrían acabar siendo causas activas de una derrota autoprofetizada mucho más que las cifras de unas derechas estancadas (y pasadas de vueltas). Puede que la actual abstención progresista solo espere que se le llame a la puerta del móvil, de la casa, de la tele y de la convicción para dar la batalla, aunque resulte improbable ganarla. Pero la incomparecencia será difícil de perdonar para buena parte del electorado progresista si acaba cumpliéndose la fúnebre profecía de un desierto de poder político, salpicado de algún oasis aquí y allá, y ya sin rastro del 23 de julio de hace tres años.