Una de las muchas cosas que podemos reprochar a Silicon Valley, además de habernos convertido en siervos del tecnofascismo, es que nos hayan robado la figura del excéntrico. Es cierto que el examen de acceso para ser considerado un excéntrico nunca fue muy igualitario –los pobres se quedaban en raros–, pero esa categoría profesional nos dio a gente como lord Berners, que se hizo instalar un clavicordio en el Rolls Royce, o el pianista Liberace, rey de Las Vegas y de los candelabros. David Paul Morris / BloombergAhora lo que pasa por un excéntrico es Alex Karp. El cofundador de Palantir, la empresa de software e inteligencia artificial que facilita el trabajo al ejército israelí y al ICE, posee unas veinte casas por todo el mundo, generalmente en montañas, porque es un obseso del esquí nórdico y suele ir a las reuniones vestido con ropa de alta montaña. Da clases de taichi a sus empleados, tiene una plantilla de guardaespaldas altos y rubios, casi todos ellos noruegos, y define su estado civil como “geográficamente monógamo”, porque tiene dos parejas en husos horarios distintos. No conduce coches ni bicis porque cree que se estrellaría, ya que se define como “un soñador”.Palantir, de Karp i Thiel, es quizá la empresa que mejor explica el mundo contemporáneoTodos esos datos, que conocemos gracias a la biografía semiautorizada El filósofo del Valle, salpimentan la figura de Karp. Hijo de un pediatra judío y de una artista afroamericana de ideas izquierdistas, Karp estudió primero en la universidad cuáquera de Haversford, donde conoció al que sería su socio, Peter Thiel (que ya era entonces ultraconservador y famoso en el campus por ir diciendo cosas como que el apartheid no era tan malo) y después en Frankfurt, donde se doctoró con una tesis sobre la ontología de Habermas.En lugar de dedicarse a la investigación académica, como se esperaba, fundó primero un grupo de inversión en Londres y después se unió a su amigo Thiel para crear Palantir, quizá la empresa que mejor explica el mundo contemporáneo. En abril, Karp publicó en X el famoso manifiesto de 22 puntos que es en realidad un resumen de su propio libro, un delirio imperialista y militarista a favor de la dominación –su palabra favorita– occidental, es decir, estadounidense.Qué tiempos cuando los excéntricos compraban castillos y les ponían huevos gigantes encima o llevaban sombreros con plumas de avestruz.