En los últimos meses hemos leído innumerables predicciones sobre cómo la inteligencia artificial (IA) destruirá millones de empleos. Sin embargo, la economía lleva siglo y medio estudiando mecanismos que ayudan a entender por qué el resultado puede ser mucho menos evidente. Tres ideas -Jevons, Pigou y Baumol- permiten comprender por qué la IA podría destruir empleo... y al mismo tiempo crear más del que imaginamos. Melvin Kranzberg escribió hace unas décadas: "La tecnología ni es buena ni mala, pero tampoco neutral". Estas amenazadoras líneas resuenan con intensidad estos días en los que debatimos cuál será el futuro del trabajo en un contexto en el que la IA amenaza con sustituir un porcentaje relevante del trabajo humano. A corto plazo, la IA poco a poco reemplaza profesiones desempeñadas por jóvenes licenciados, en especial en ámbitos como la programación, las finanzas, la ingeniería, la arquitectura o el derecho, los denominados trabajos de "cuello blanco". Como consecuencia, empieza a observarse presión a la baja en los salarios de estos colectivos. A medio plazo, sus efectos podrían extenderse también a profesiones vinculadas a las ciencias de la salud. Y en unos años, la fusión de la IA y la robótica podría amenazar muchos trabajos "de cuello azul", a medida que los robots equipados con esta tecnología sean capaces de utilizar sus manos con más destreza y sus baterías tengan mayor autonomía. Como he expresado en el pasado, considero que muchas afirmaciones sobre el futuro del trabajo en un mundo dominado por la IA son demasiado apocalípticas, quizás promovidas por líderes de empresas del sector que en estos momentos están inmersos en importantes operaciones de búsqueda de capital y de deuda. Siguiendo esta visión, un mundo con desempleo elevado provocará abundancia de mano de obra desempleada, lo que seguirá aumentando el peso de los beneficios empresariales, sobre todo los de las tecnológicas, en el PIB. El mundo académico, sin embargo, tiende a ser mucho más conservador a la hora de estimar dichos impactos, ya que pone su acento no solo en la destrucción de trabajo, sino también en la aparición de nuevos trabajos. Para reconciliar ambas posiciones, es importante entender las paradojas mencionadas, que nos ayudan a entender por qué el mundo académico puede acertar más que el tecnológico. TE PUEDE INTERESAR Opinión La "paradoja de Jevons", formulada en 1865, viene a afirmar que, si una tecnología es capaz de mejorar un proceso productivo, el abaratamiento de costes que conlleva provocará que ese servicio o bien sea mucho más demandado. Según Jevons, la máquina de vapor redujo el coste de consumir carbón, lo que disparó su demanda. El fenómeno se ha observado repetidamente desde entonces, como, por ejemplo, la drástica reducción del coste de las radiografías gracias a la tecnología. El abaratamiento de estas pruebas incrementa su demanda y, por lo tanto, la necesidad de radiólogos, lo que podría ejercer presión al alza sobre sus salarios. Por lo tanto, la tecnología en estos casos aumenta la demanda de profesionales y, potencialmente, sus sueldos. Ligado al punto anterior, el "efecto riqueza de Pigou" sostiene que, si la IA consigue mejorar la productividad y abaratar los procesos productivos, el menor coste de los productos elevaría la capacidad de compra del resto de asalariados, impulsando el consumo y, con él, la creación de nuevos empleos. TE PUEDE INTERESAR Opinión El llamado "efecto Baumol" expone cómo, a medida que los sectores más intensivos en tecnología se vuelven más productivos, mientras que otros apenas lo hacen, los salarios de los trabajadores suben. Si un programador pasa a producir el doble gracias a la IA, su empresa podrá pagarle más. Existen sectores que no permiten mejoras de productividad debido a su idiosincrasia; piénsese, por ejemplo, en una obra de teatro o un corte de pelo. Sin embargo, las ganancias de productividad y los aumentos salariales de los sectores más productivos pueden arrastrar a los de menor productividad por el efecto mencionado. Por lo tanto, las mejoras salariales no afectan únicamente al sector tecnológico. Si los salarios de los programadores aumentan, hospitales, restaurantes o peluquerías tendrán que elevar también los suyos para evitar perder trabajadores hacia los sectores más competitivos. Obviamente, vivimos una época de incertidumbre sobre el futuro del trabajo similar a la que se observó a principios del siglo XIX con la proliferación de la Revolución Industrial. En mi opinión, la IA representa posiblemente una de las revoluciones tecnológicas más importantes de la historia, comparable a la neolítica y a la industrial. Con todo, la historia de la tecnología nos invita a no ser pesimistas. Nos demuestra que las revoluciones tecnológicas destruyen ocupaciones, pero también crean otras que antes eran inimaginables. La cuestión no será si la IA transforma el mercado laboral -eso parece inevitable- sino si trabajadores, empresas y gobiernos son capaces de adaptarse con la suficiente rapidez. Einstein afirmó que "la medida de la inteligencia es la capacidad de cambiar". Posiblemente ahí resida la clave de hasta qué punto los humanos nos adaptemos laboralmente a los cambios que genere la IA. En los últimos meses hemos leído innumerables predicciones sobre cómo la inteligencia artificial (IA) destruirá millones de empleos. Sin embargo, la economía lleva siglo y medio estudiando mecanismos que ayudan a entender por qué el resultado puede ser mucho menos evidente. Tres ideas -Jevons, Pigou y Baumol- permiten comprender por qué la IA podría destruir empleo... y al mismo tiempo crear más del que imaginamos.