Los economistas no suelen preocuparse porque las máquinas sustituyan a las personas. Al fin y al cabo, la destrucción de empleo es una consecuencia natural de la tecnología que ahorra mano de obra. Interferir en ese proceso va en contra de todo lo que a los economistas se les ha enseñado a creer. La inteligencia artificial está empezando a cambiar eso. Más de 1.000 economistas, entre ellos 17 premios Nobel, se han mostrado lo suficientemente preocupados como para firmar una petición en línea difundida este mes por Erik Brynjolfsson, de la Universidad de Stanford, en la que se advertía de una "pérdida de puestos de trabajo a gran escala" provocada por la IA y se pedía que se tomaran medidas. Pero, ¿qué medidas? Da la casualidad de que hay una respuesta política que está obteniendo un apoyo cada vez mayor, al menos entre los economistas, si no entre los legisladores: dejar de gravar el capital de forma más favorable que el trabajo. Esto va en contra de décadas de política fiscal en EEUU y, de hecho, en la mayoría de los países avanzados. Para atraer inversiones e impulsar el crecimiento, han reducido los impuestos sobre los beneficios, la inversión empresarial, las plusvalías y los dividendos. En EEUU, el tipo impositivo marginal efectivo para los trabajadores (impuesto sobre la renta y cotizaciones sociales) es ahora del 27 %, frente al 14 % para los nuevos activos empresariales y el 4 % para los equipos, según la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO). Una menor fiscalidad sobre el capital, que tenía sentido en tiempos normales, podría no serlo ante una tecnología capaz de eliminar puestos de trabajo a un nivel sin precedentes. "Existe un argumento razonable según el cual, con el auge de la IA, es más importante proteger la demanda de mano de obra que fomentar una mayor inversión de capital y, por lo tanto, los impuestos sobre el capital podrían ser más elevados", afirma el economista de la Universidad de Harvard Doug Elmendorf, exdirector de la CBO. Seguridad vs. empleo La amenaza que supone la IA para la seguridad, la seguridad nacional y las redes informáticas es aterradora, pero contamos con una amplia experiencia en la regulación de los efectos secundarios negativos de productos que, por lo demás, resultan útiles. La energía nuclear, por ejemplo. Incluso la Administración Trump, generalmente favorable a la IA, ha exigido a los creadores de modelos que presenten nuevas versiones para su revisión por parte del Gobierno. La amenaza para el empleo es infinitamente más complicada. Toda tecnología que ahorra mano de obra sustituye a los seres humanos. Es una característica, no un fallo. Nos hace más productivos y ricos con el tiempo. A corto plazo se pierden algunos puestos de trabajo, pero a largo plazo se crean aún más. Al menos, así ha sido históricamente. En el caso de la IA, los economistas tienen serias dudas. Una importante encuesta publicada en marzo reveló que, en el escenario improbable pero plausible en el que "los sistemas de IA superen a los humanos en la mayoría de las tareas cognitivas y físicas", los economistas prevén que, para 2050, aproximadamente el 3 % de la población en edad de trabajar haya desaparecido de la población activa, lo que supondría la pérdida permanente de 10 millones de puestos de trabajo. Brynjolfsson, un destacado economista especializado en tecnología, afirma que a los líderes empresariales les conviene, por su propio "interés ilustrado", complementar a los trabajadores con la IA en lugar de sustituirlos. "En este momento los estamos guiando en la dirección equivocada". Pero, ¿cómo orientarlos de otra manera? Si complementar a los trabajadores en lugar de sustituirlos resulta, en última instancia, más rentable, las empresas de éxito elegirán ese camino sin necesidad de intervención gubernamental. Brynjolfsson cofundó una empresa, Workhelix, para ayudar a los empresarios en este sentido. Si la sustitución es la vía más eficiente, una empresa que se niegue a recortar puestos de trabajo saldrá perdiendo frente a otra que sí lo haga. Los economistas prevén que, para 2050, el 3 % de la población en edad de trabajar haya desaparecido de la población activa La recualificación de quienes quedan desplazados por la IA es probablemente la respuesta política más popular. Sin embargo, no está claro para qué se debería recualificar a los trabajadores. Hace cinco años, a todo el mundo se le decía "aprende a programar", señala Pascual Restrepo, economista de la Universidad de Yale y miembro del consejo asesor económico de Anthropic. "Ese consejo profesional ha quedado obsoleto. Resulta que la IA es muy buena en informática. Quizá lo siguiente sea la economía. Después, el derecho. Luego, el periodismo. No sabemos en qué orden va a avanzar la IA y dar sus grandes saltos". También hay ideas para compensar a quienes pierden su empleo, como el seguro salarial o la "renta básica universal". Pero estas medidas no preservan el empleo. Para desalentar realmente la sustitución de puestos de trabajo por la IA, algunos abogan por un impuesto sobre la "computación" o los "robots", que tal vez se aplique a los tokens (la unidad de uso de la IA). Sin embargo, esto podría ser una pesadilla a la hora de diseñarlo y administrarlo, y desincentivar el uso de la IA en beneficio de toda la humanidad, como en el descubrimiento de nuevos medicamentos. Gravar el capital Esto nos lleva al sistema fiscal. El argumento a favor de unos impuestos bajos sobre el capital es que esto impulsa la inversión, lo que aumenta la productividad y, en última instancia, los salarios. La iniciativa bipartidista para reducir los impuestos sobre el capital se remonta a décadas atrás, a la amortización acelerada (es decir, contabilizar como gastos los edificios y equipos más rápido de lo que tardan en desgastarse) de 1954 y a la deducción fiscal por inversión de 1962. Desde la década de 1980 hasta la del 2000, la amortización se volvió aún más generosa, mientras que se recortaron los impuestos sobre las plusvalías y los dividendos. Las reducciones más drásticas se produjeron con la ley tributaria de 2017, que recortó el tipo impositivo de las empresas del 35 % al 21 % y permitió temporalmente la amortización inmediata al 100 % de muchos gastos de capital. Esa disposición de deducción del 100 % se restableció y se convirtió en permanente el año pasado. El resultado es que, desde 2017, el tipo impositivo marginal sobre los nuevos equipos ha descendido del 14 % al 4 %, mientras que el tipo marginal sobre el trabajo ha bajado ligeramente del 29 % al 27 %, según la Oficina Presupuestaria del Congreso. Los hiperescaladores que invierten miles de millones en centros de datos han sido los grandes beneficiarios. Zion Research Group, empresa especializada en contabilidad y fiscalidad, estima que la última disposición de amortización al 100 % supuso el año pasado un beneficio de 31.800 millones de dólares para Microsoft, Amazon, Meta, Alphabet y Oracle en conjunto, en comparación con la disposición que estaba a punto de expirar. En comparación con la legislación fiscal anterior a 2017, el beneficio asciende a 50.200 millones de dólares. El beneficio final es mucho menor, ya que el ahorro fiscal es menor en los años posteriores. En teoría, gravar el capital ralentizaría el despliegue de la IA y también disuadiría la inversión no relacionada con la IA, lo que supone un posible inconveniente. En la práctica, no está claro en qué medida los tipos impositivos influyen en las decisiones de inversión. Un estudio reveló que los recortes fiscales de 2017 sí impulsaron la inversión, aunque aumentaron la producción económica a largo plazo en menos del 1 %. TE PUEDE INTERESAR Aun así, aunque los impuestos sobre el capital tengan poco efecto en el despliegue de la IA, hay otra consideración. La proporción de la producción nacional que se destina al capital en lugar de al trabajo ya se encuentra en su máximo histórico, y la IA promete elevarla aún más. Mientras los tipos impositivos sobre el capital sigan siendo bajos, eso limitará la cantidad de nuevos ingresos que fluyen hacia el Tesoro. Reducir el desequilibrio entre los impuestos sobre el capital y el trabajo es una forma de hacer frente a los mayores déficits en tiempos de paz jamás registrados. *Contenido con licencia de The Wall Street Journal. Traducido por Federico Caraballo. Los economistas no suelen preocuparse porque las máquinas sustituyan a las personas. Al fin y al cabo, la destrucción de empleo es una consecuencia natural de la tecnología que ahorra mano de obra. Interferir en ese proceso va en contra de todo lo que a los economistas se les ha enseñado a creer. La inteligencia artificial está empezando a cambiar eso. Más de 1.000 economistas, entre ellos 17 premios Nobel, se han mostrado lo suficientemente preocupados como para firmar una petición en línea difundida este mes por Erik Brynjolfsson, de la Universidad de Stanford, en la que se advertía de una "pérdida de puestos de trabajo a gran escala" provocada por la IA y se pedía que se tomaran medidas. Pero, ¿qué medidas? Da la casualidad de que hay una respuesta política que está obteniendo un apoyo cada vez mayor, al menos entre los economistas, si no entre los legisladores: dejar de gravar el capital de forma más favorable que el trabajo.