La inteligencia artificial (IA) no solo está empezando a impactar negativamente en el empleo, sino que amenaza con cancelar los fundamentos teóricos del trabajo capitalista. Un fenómeno que trasciende lo económico para afectar culturalmente a la idea misma de ser humano que tenemos en Occidente. Como explicaba Hannah Arendt, la modernidad y la herencia judeocristiana que subyace en ella, definieron al ser humano como un Homo faber que necesitaba proyectarse sobre el mundo para transformarlo laboriosamente de acuerdo con sus necesidades. Esta circunstancia transformó el sentido del trabajo y, además de hacerlo también creativo, sirvió para que el capitalismo fundase sobre él una noción de propiedad que llega hasta nuestros días.Recordemos que la propiedad capitalista fue justificada teóricamente en los Dos tratados sobre el gobierno civil. Escritos por John Locke sostenían que el hombre era dueño de su persona, así como de las acciones que se desprendían de la mente y cuerpo porque tenía una propiedad innata sobre su libertad. Eso le hacía propietario de su trabajo físico e intelectual y explicaba por qué el mundo no podía ser de todos. Existía un título innato de propiedad. Surgía de la personalización individual de las cosas que se adquiría sobre ellas cuando se trabajaban. Por eso, el intercambio de los productos del trabajo, y del trabajo mismo, eran legítimos porque tenían un dueño que disponía de ellos. Podían adquirirse y remunerarse si se compensaba justamente, decía Locke, el valor personal añadido al trabajar por cuenta propia o ajena. JomaLa hazaña política del filósofo inglés estuvo en que justificó el capitalismo a través del trabajo y la ley natural. Un empeño del que nació el liberalismo y que explica todavía su relativa vigencia. Lo interesante de esta reflexión a los efectos de la IA generativa es que la apropiación del mundo físico nacía para Locke de una subjetivación previa de la identidad humana. El Ensayo sobre el entendimiento humano lo veía como un trabajo intelectual que nos hacía personas. Agentes morales capaces de comprender por qué estamos en el mundo y para qué. Una labor del entendimiento que daba un propósito al trabajo desde raíces epistemológicas muy profundas, enraizadas en su maldición bíblica y que llevaron a Marx a condenar la alienación productiva del capitalismo industrial en términos casi morales. No en balde, la apropiación burguesa de la plusvalía que el trabajador ponía en las cosas y que no era compensada en su valor personal hacía colapsar éticamente la teoría lockeana que fundaba el capitalismo como producto de la libertad humana.Escribí sobre ello hace más de 25 años en mi tesis doctoral. Lo recuerdo ahora porque nunca pensé entonces que fuera a decir alguna vez lo que a continuación explicaré. Y es que el trabajo como soporte de la personalización de la identidad moderna y de la teoría del valor que fundamentaba la propiedad defendida por el liberalismo está siendo combatido radicalmente por la IA generativa, que favorece el capitalismo de plataformas. Un fenómeno que subvierte la esencia laboriosa de la condición humana y que aboca al hombre a una alienación de sí mismo irresoluble. Al menos con los conceptos jurídicos manejados desde el derecho romano hasta nuestros días.Cuando alguien trabaja con una IA generativa y desarrolla un producto intelectual que se desprende de la colaboración con ella, pierde por el camino de los recovecos algorítmicos del proceso el fundamento moral de la apropiación personal sobre lo hecho. Primero, porque se confunden las condiciones subjetivas de auctor y artifex que discriminaba el derecho romano. Y, segundo, porque esta circunstancia hace que se produzca una cosa donde es imposible delimitar objetivamente lo mío y remunerable, de lo ajeno y propiedad de otro u otros, que es lo que pasa con la IA. Recordemos que quien trabaja por cuenta ajena con ella la utiliza dentro de una infraestructura tecnológica del empleador.Con la IA es imposible delimitar lo mío y remunerable, de lo ajeno y propiedad de otro u otrosLa máquina colabora con el humano, aunque se nutre extractivamente de su creatividad al adaptarse a ella al darle lo que le pide. Una relación de alteridad artificial donde la IA, además, no es del empresario, pues la alquila a una plataforma de servicios alojada en la nube de una corporación que, a su vez, entrena la IA y se aprovecha algorítmicamente como dueño de la infraestructura.La complejidad de la cuestión desborda las teorías del dato o la filosofía del algoritmo. También las reflexiones sobre privacidad y los modelos regulatorios que creen que éticamente puede encontrarse seguridad jurídica en un contexto de alienación de la condición humana como el que describo. Por eso, no sirven ya los conceptos del derecho privado, civil y mercantil, o público. Menos aún el derecho laboral. ¿Cómo analizar el impacto que la IA tiene sobre la productividad, su distribución y la política de salarios? ¿Piensan en ello las organizaciones empresariales y los sindicatos? De los partidos mejor no hablo. Tampoco de los gobiernos. Recientemente se organizó un encuentro sobre derechos digitales en Barcelona y nadie reparó en esta cuestión porque se está a la simpleza comunicativa de lo manido. ¿Y qué decir de los derechos de propiedad intelectual? No solo de los relativos a la propiedad industrial sino a los de autoría y los derechos culturales que van más allá de la remuneración.Nos adentramos en un continente fascinante donde las reglas que definió el capitalismo y sus instituciones se tambalean porque son inservibles. Educar para que nuestros hijos afronten el reto de qué valor aportarán a la máquina con la que trabajarán debería ser el objetivo fundamental de la política. ¿Educar para ser o para hacer? ¿Qué sentido tendrá lo segundo si lo harán mejor los sistemas de IA robotizados como humanoides o como asistentes de conocimiento algorítmico con los que hablaremos o con quienes pensaremos conjuntamente? Y mientras tanto, ¿qué pasa con nuestra plusvalía tecnológica y, sobre todo, como gestionamos nuestra alienación?
Plusvalía tecnológica, alienación e IA, por José María Lassalle
La inteligencia artificial (IA) no solo está empezando a impactar negativamente en el empleo, sino que amenaza con cancelar los fundamentos teóricos del trabajo capitalista. Un fenómeno que trasciende lo económico para afectar culturalmente a la idea misma de ser humano que...















