Desde GinebraEl comercio ya no se entiende solo como una cuestión de eficiencia económica.

La era del libre comercio, tal como la conocimos desde finales del siglo XX, parece haber llegado a su fin o, al menos, a una profunda transformación. Ya no domina la idea de que abrir fronteras, reducir aranceles y confiar en la interdependencia económica traerá prosperidad y estabilidad. Hoy, la geopolítica, la seguridad nacional y la resiliencia de las cadenas de suministro pesan tanto como la eficiencia comercial.

Durante décadas, el libre comercio fue presentado como una receta casi universal. Sus defensores manifestaban que la apertura de mercados impulsaría el crecimiento, bajaría los precios para los consumidores y fomentaría la cooperación entre países. En buena medida, eso ocurrió. La globalización permitió que millones de personas salieran de la pobreza, especialmente en Asia, y que las empresas produjeran bienes a menor costo aprovechando ventajas comparativas.

Sin embargo, esa historia de éxito tuvo un reverso. La deslocalización industrial golpeó a regiones enteras en países desarrollados; empleos manufactureros desaparecieron; y la desigualdad interna se profundizó. El libre comercio benefició ampliamente a consumidores y a sectores exportadores, pero no repartió sus ganancias de manera equitativa. Esa asimetría alimentó el descontento social y abrió la puerta a discursos proteccionistas.