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Desde GinebraEl comercio no es solo un intercambio de bienes.

El proteccionismo, entendido como el conjunto de políticas que restringen el comercio internacional mediante aranceles, cuotas, subsidios o barreras no arancelarias, se presenta con frecuencia como un escudo para las industrias nacionales y el empleo local. Sin embargo, lejos de ser una solución duradera, constituye una amenaza real para el crecimiento económico, la eficiencia productiva y la prosperidad colectiva. A lo largo de la historia, las medidas proteccionistas han demostrado generar más costos que beneficios, distorsionando los mercados y provocando retaliaciones que terminan perjudicando a quienes pretendían proteger. En primer lugar, el proteccionismo eleva los precios que pagan los consumidores. Cuando un gobierno impone aranceles a productos importados, las empresas locales enfrentan menos competencia y pueden subir sus precios sin temor a perder mercado. Los consumidores, al no tener acceso a alternativas más baratas o de mejor calidad procedentes del exterior, terminan sufragando el costo de esa “protección”. Estudios empíricos reiterados muestran que los aranceles actúan como un impuesto regresivo: afectan de manera desproporcionada a los hogares de menores ingresos, que destinan una mayor proporción de su presupuesto a bienes básicos como alimentos, ropa y electrodomésticos. Así, una política que se justifica en nombre del bienestar nacional termina erosionando el poder adquisitivo de la población.