Hace unos cuatro meses, cuando Tomás me comunicó su decisión, con un semblante desencajado por el dolor, casi con un hilo de voz, me pidió que, llegado el momento, este momento, concertara una despedida (no sé si le llamó obituario, como en los viejos periódicos) con sus dos hijos y los amigos, como para darle solemnidad a un duelo sin sentido, o como para que yo pidiera disculpas en su nombre por el mal trago que nos estaba haciendo pasar. Nunca imaginé que un amigo me pediría tal cosa algún día, que oficiase de cura ateo en sus exequias, con una plegaria imposible, con la promesa de un cielo que él y yo sabíamos que no existe.

Solo comunicó su decisión a sus dos hijos y a mí. Le pregunté que por qué a mí, y me contestó que porque sabía que ni se me pasaría por la cabeza intentar convencerle de que reconsiderase su decisión, que aguardase un tiempo más para meditarlo, o que quizá me sacase de la chistera el viejo tópico de que la vida es algo que merece la pena ser vivida, a pesar de que tu cuerpo y tu mente ejerzan el terror desde la mañana a la noche, un terror, por cierto, invalidante que últimamente convertía su sonrisa en una mueca de dolor, y su voz en un susurro casi inaudible.