Muchos no recordamos qué hacíamos cuándo Tejero asaltó el Congreso. Pero sí recordaremos qué hacíamos cuándo murió: estábamos hablando de él
Impresiona morirse a los 93 años, después de décadas retirado de la vida pública, el día en que más gente está hablando y escribiendo sobre ti. Y más impresión y zozobra produce que ese día, el día en que te mueres, la conversación pública gire no tanto en torno al golpe de Estado que te hizo famoso, esa imagen tuya pistoleando...
en el Congreso, sino las palabras dolidas con las que su mujer se refería a ti por teléfono cuando la intentona se había quedado oficialmente en charlotada: “tonto”, “desgraciao”, “gilipuertas”, “como siempre, haciendo el primo”, “lo han dejado tirao como una colilla”, “no escarmienta nunca”. Para luego, superado el estupor, tu esposa acabe vertiendo sobre la patria, esa tan sagrada que estabas intentando secuestrar por las armas, su amargo chasco: “¿Has visto qué España tan mierda?”, “estoy decepcionada de España entera”, “qué asco de España, qué pena tan grande” (esta mujer tuvo que haber sido una compositora extraordinaria de coplas).
Una desazón tan grande que sólo pide que a su marido no lo maten, sino que pase en la cárcel el resto de su vida. Y proclama que, si volviese a parir, ningún hijo suyo sería militar. Conversación esta útima que tiene precisamente con su hijo, autor de un histórico “¿eh?”.












