A las 00.00 horas de este miércoles caía el muro de Gibraltar. Allí donde hasta hace unas horas había controles, colas y policías comenzaron a cruzarse peatones con total normalidad. La verja desaparecía entre aplausos, abrazos y teléfonos móviles levantados para inmortalizar un momento que durante décadas pareció imposible. En el Campo de Gibraltar la sensación compartida era la que el tiempo empezaba, por fin, a correr de otra manera.Porque la verja nunca fue solo una frontera. Para miles de trabajadores fue el despertador que obligaba a salir de casa mucho antes de tiempo, la incertidumbre de no saber cuánto duraría la cola o si un endurecimiento de los controles acabaría convirtiendo un trayecto de unos minutos en una espera de horas.Agentes de policía de Gibraltar despejan el paso para que circulen motociclistas procedentes de España.Marcelo del Pozo / ReutersDurante décadas se dijo que la verja separaba España y Reino Unido. En La Línea siempre supieron que también separaba dos ritmos de vida. Mientras unos la miraban como un símbolo político, miles de vecinos la medían en minutos perdidos, jornadas de trabajo y tiempo robado a sus familias. Por eso la alegría que se respiraba este miércoles tenía poco que ver con la geopolítica. Tenía más que ver con los más de 15.000 trabajadores transfronterizos que cruzan cada día hacia Gibraltar y con todas las familias que aprendieron a organizar su vida en función del “humor” de una frontera. La verja no solo separaba dos territorios. También alargaba las horas.La desaparición de la verja supone recuperar tiempo. Dejar de salir de casa una hora antes “por si acaso”. Hacer un turno de trabajo sin calcular cuánto durará la cola. Cruzar la frontera sin que cada mañana dependa de la coyuntura política. En definitiva, de ganar una normalidad.Los alargados tiempos que marcaba la verja para miles de familiasLa verja fue levantada por decisión del Gobierno británico en 1909 sobre el istmo que une Gibraltar con la península y acabó convirtiéndose en el símbolo físico de un conflicto político centenario. Su episodio más traumático llegó en 1969, cuando Francisco Franco ordenó el cierre total del paso. Durante trece años separó familias, interrumpió relaciones económicas y obligó a recorrer cientos de kilómetros para salvar una distancia que apenas se mide en metros. La reapertura comenzó en 1982 para los peatones y no fue completa hasta 1985 con el regreso del tráfico rodado. Pero incluso abierta, la verja nunca dejó de condicionar la vida del Campo de Gibraltar.Personas caminan desde La Línea de la Concepción hacia el territorio británico de Gibraltar sin controles fronterizos por primera vez. JORGE GUERRERO / AFPLa comarca volvió a comprobarlo en 2014. El endurecimiento de los controles provocó colas kilométricas que hicieron llegar tarde (o directamente impedir llegar) a numerosos trabajadores. Aquellas imágenes reforzaron una sensación que ha acompañado durante años a quienes cruzaban la frontera, la de que su rutina dependía siempre de un equilibrio político demasiado frágil.Nuevos desafíos: el precio de la vivienda en el punto de miraHoy la verja pasa a ser historia, pero los problemas de la comarca permanecen. La Línea de la Concepción lleva décadas viviendo en una paradoja. Apenas unos metros la separan de Gibraltar, uno de los territorios con mayor renta per cápita de Europa, con un PIB por habitante que el Gobierno gibraltareño sitúa por encima de las 85.000 libras anuales. Al otro lado, una ciudad que arrastra históricamente importantes dificultades económicas y sociales, con una renta bruta media de 25.755 euros por declarante, según los últimos datos de la Agencia Tributaria, y cuya economía depende, en buena medida, de la actividad que genera el Peñón. Para miles de vecinos, cruzar la verja nunca ha sido una elección sino una necesidad. Esa contradicción ha marcado durante décadas el latido de una ciudad acostumbrada a vivir mirando a Gibraltar, una frontera que separaba dos territorios, pero también dos realidades económicas muy distintas.Su caída elimina un obstáculo histórico, pero no borra este contraste en los territorios. En el Campo de Gibraltar hay pocas voces que discutan el valor simbólico del acuerdo. El PSOE andaluz habló del fin de una frontera que durante siglos dividió oportunidades y defendió que “donde hubo frontera y hubo cola, ahora habrá derechos”, convencido de que el pacto abre una etapa de estabilidad para la comarca. Pero la nueva etapa abre oportunidades obliga también a responder a viejas reivindicaciones. Desde Por Andalucía insistían este miércoles en que el verdadero éxito del acuerdo dependerá de que vaya acompañado de medidas que mejoren la vida de quienes cruzan cada día la frontera. Entre ellas, la formación sitúa como prioritaria la regularización de las pensiones de los trabajadores transfronterizos. Sostiene que muchos de quienes han desarrollado toda su vida laboral en Gibraltar terminan percibiendo en España una pensión no contributiva al llegar a la jubilación y considera imprescindible corregir esa situación en el desarrollo de los acuerdos.Un tratado histórico liquida la verja que separaba Gibraltar de EspañaEl otro gran temor está en la vivienda. Si hasta ahora muchos trabajadores elegían vivir en La Línea por su proximidad con Gibraltar, el fin de la incertidumbre fronteriza podría aumentar la presión sobre la vivienda, algo que lleva años disparando los precios. Esa posibilidad alimenta el miedo de que el coste de la vivienda siga aumentando hasta dificultar aún más su acceso de los propios vecinos. Algunos trabajadores advertían ya este miércoles de que las casas habían comenzado a encarecerse y temen que el nuevo escenario acelere una tendencia que ya se percibía antes del acuerdo. La alegría convive ya con esa preocupación.También el alcalde de La Línea, Juan Franco, celebró una “noticia excepcional”, aunque recordó que el derribo de la verja no puede ser el punto final, sino el principio de una nueva etapa. El primer edil linense ha insistido en que el acuerdo debe estar acompañado de un paquete de medidas que repercutan positivamente su población: más inversiones, mejoras en la movilidad, soluciones para los pensionistas, los pescadores y una zona económica especial que permita que la prosperidad que genera Gibraltar tenga un reflejo real en una ciudad que lleva demasiado tiempo esperando que su ubicación deje de ser un problema para convertirse definitivamente en una oportunidad.A medianoche desapareció una verja levantada hace más de un siglo. También desaparecieron las colas, los controles y esa costumbre de mirar el reloj constantemente y sumarle un estimado de minutos extra para llegar bien al trabajo. Lo que está por ver es si el derribo del último gran símbolo del desencuentro entre España y Reino Unido será también capaz de acortar la distancia que durante décadas ha separado dos realidades económicas que apenas cabían entre unos metros de asfalto. Esto ya no depende de una verja. Córdoba, 1984. Periodista. He desarrollado mi carrera en distintos medios de información editados en Sevilla, siempre buscando historias que reflejen la realidad en la que vivimos