Por mucho que pensemos que siempre han existido, y siempre existir�n, la Historia nos demuestra que en el largo discurrir de los siglos los pa�ses desaparecen. Incluso a veces, desaparecen dos veces, primero de los mapas y despu�s de la memoria. El periodista italiano Giovanni Vale empez� a pensar en ello una ma�ana de invierno en Dubrovnik, la llamada "perla del Adri�tico". Hab�a viajado hasta la ciudad croata ejerciendo de corresponsal en los Balcanes para un medio italiano cuando descubri� que las callejuelas de la antigua Ragusa estaban tomadas por tiendas de recuerdos de Juego de Tronos, recorridos tem�ticos y visitantes que buscaban Poniente y las localizaciones donde se hab�a rodado la popular serie de HBO."Me llam� mucho la atenci�n que hubiera decenas de miles de personas que cruzaban medio mundo para visitar un escenario de ficci�n mientras casi nadie parec�a interesado por la historia real de la ciudad. Y la historia de Dubrovnik tiene esp�as, epidemias, guerras, diplom�ticos, comerciantes... Es tan fascinante como cualquier serie, incluso m�s", asegura. Las preguntas surgieron casi de forma inevitable. Si Ragusa hab�a sido olvidada, �qu� ocurr�a con la Rep�blica de Venecia, un Estado que durante m�s de un milenio uni� Italia, Eslovenia, Croacia, Montenegro, Grecia y Chipre mucho antes de que existieran esos pa�ses? �Y si las viejas potencias desaparecidas pudieran recorrerse hoy como se recorre un pa�s? �Y si, en lugar de viajar siguiendo las fronteras pol�ticas actuales, sigui�ramos las de aquellos Estados que un d�a unieron territorios hoy repartidos entre media docena de naciones?Aquella intuici�n, nacida casi por casualidad, termin� convirti�ndose en una colecci�n de gu�as de viaje hist�ricas que propone recorrer Europa siguiendo el rastro de pa�ses que ya no existen. Despu�s llegaron una campa�a de micromecenazgo que reuni� 25.000 euros en apenas tres semanas, cientos de entrevistas, miles de kil�metros y un trabajo m�s period�stico que historiogr�fico, Vale publica ahora Rep�blica de Venecia (Armaenia), una m�quina del tiempo planteada como las gu�as modernas, llena de ilustraciones, mapas y amenos datos que ofrece un viaje en busca del patrimonio arquitect�nico, ling��stico, gastron�mico y cultural que la Rep�blica ha dejado en sus antiguos territorios.Un ejemplo entre cientos cabe, literalmente, en un plato. Durante la preparaci�n del libro, Vale descubri� que la pastisada, un guiso que en Verona se reivindica como una especialidad inequ�vocamente v�neta, reaparece casi id�ntico en Zadar, en la costa d�lmata, y vuelve a surgir, ligeramente transformado, en Corf�. Cambia la carne, cambian los acompa�amientos, cambia incluso el nombre, pero el parentesco resulta evidente. "Cuando se lo cont� a un chef de Zadar se qued� sorprendido. Nuestro objetivo no es decidir d�nde naci� la receta, sino mostrar que existen puntos de conexi�n entre comunidades que hoy viven separadas por fronteras nacionales". La cocina, explica el autor, igual que el comercio o la lengua, acaba revel�ndose como un archivo hist�rico mucho m�s fiable que algunos discursos patri�ticos.Para saber m�sEn este sentido desmitificador y antinacionalista, la gran intuici�n de Vale consiste precisamente no en reconstruir imperios desaparecidos ni de alimentar nostalgias, sino de desmontar el relato seg�n el cual Europa siempre estuvo formada por pa�ses claramente delimitados. "Vivimos convencidos de que un idioma corresponde a un Estado y un Estado corresponde a un territorio porque as� nos lo ense�an en la escuela. Pero basta con viajar olvidando las fronteras actuales para descubrir conexiones completamente inesperadas". As�, el libro recoge, como hemos visto, recetas id�nticas que sobreviven en pa�ses distintos, pero tambi�n palabras que cambiaron de lengua sin pedir permiso, arquitecturas repetidas a cientos de kil�metros de distancia o puertos que todav�a conservan la memoria de un mismo pasado aunque hoy pertenezcan a banderas diferentes.Ning�n Estado ilustra mejor esa idea que la Seren�sima. Durante m�s de un milenio, desde que en el siglo V un pu�ado de comunidades refugiadas comenzara a levantar viviendas sobre los islotes fangosos de una laguna adri�tica hasta que Napole�n liquidara la Rep�blica en 1797, Venecia fue mucho m�s que una ciudad de comerciantes. Fue una potencia mar�tima, un laboratorio pol�tico, una superpotencia financiera, un imperio sin continuidad territorial y un extraordinario puente cultural entre Oriente y Occidente. Su bandera, presidida por el le�n alado de San Marcos, lleg� a ondear desde B�rgamo hasta Chipre, e incluso un tiempo en la actual Crimea, y desde las lagunas del V�neto hasta las fortalezas del Peloponeso.Mucho antes de que Italia existiera como pa�s, Venecia ya hab�a tejido una red de puertos, islas, fortalezas y enclaves comerciales que convert�a el Adri�tico y el Mediterr�neo oriental en una suerte de mar interior. Como recuerda el periodista, "la Seren�sima se expandi� primero hacia ultramar y s�lo despu�s conquist� la tierra firme italiana. El Stato da Mar naci� antes que el Stato da Terra. Una inversi�n de la l�gica geogr�fica que resume bien el ADN veneciano".El origen de la urbe, sin embargo, sigue perteneciendo a esa frontera difusa donde la historia y el mito se mezclan con naturalidad. Durante siglos se repiti� que Venecia hab�a sido fundada el 25 de marzo del a�o 421, aunque los historiadores actuales consideran esa fecha m�s legendaria que documental. Lo que s� parece fuera de toda duda es que las invasiones que siguieron a la descomposici�n del Imperio romano, desde los hunos de Atila hasta los lombardos, empujaron a miles de habitantes de ciudades como Aquilea -que el rey huno arras� completamente en el 452- o Altino a buscar refugio entre los bancos de arena de la laguna. Aquellos islotes, inc�modos para vivir, llenos de mosquitos y paludismo y aparentemente in�tiles para cualquier proyecto urbano, ofrec�an sin embargo una ventaja decisiva, eran pr�cticamente inexpugnables."La laguna fue la primera gran muralla de Venecia", resume Vale. "No se pod�a llegar con un ej�rcito, hab�a que conocer perfectamente los canales y entrar en barco. Esa geograf�a salv� a la ciudad en varias ocasiones". Durante siglos, mientras el resto de Italia levantaba castillos y murallas, la defensa veneciana consisti� en dominar las mareas, los bajos fondos y las corrientes, dejando que la naturaleza hiciera el trabajo de la piedra.Mapa de Grecia, que refleja las posesiones venecianas como Creta (Cand�a), publicado en 1561 por el Giacomo Gastaldi y el impresor Girolamo Ruscelli.�Por qu� combatir pudiendo negociar... y espiar?Pero la mera geograf�a no basta para justificar una supervivencia de m�s de mil a�os. Parte de la respuesta est� en la diplomacia, que comenz� a funcionar a gran escala ya desde el siglo XV. "Mientras las grandes monarqu�as europeas se consum�an en guerras din�sticas, Venecia perfeccion� un arte mucho menos espectacular pero infinitamente m�s rentable, supo convertir la informaci�n en una forma de poder. Mucho antes de que existieran los modernos servicios secretos, construy� una sofisticada red de embajadores permanentes, comerciantes, informadores y esp�as que enviaban noticias desde todos los rincones del Mediterr�neo", explica el autor. El Consejo de los Diez recib�a informes cifrados, analizaba denuncias an�nimas depositadas en las c�lebres bocche di leone repartidas por la ciudad. "Fue uno de los primeros Estados que entendi� que la informaci�n pod�a ser tan valiosa como los ej�rcitos".Hubo otra ventaja menos evidente y quiz� m�s decisiva. Venecia nunca quiso parecerse a las dem�s. Mientras Europa se organizaba en torno a reyes y dinast�as, la Seren�sima levant� un complejo sistema institucional pensado precisamente para impedir que una familia monopolizara el poder. La elecci�n del dux se convirti� en un laberinto de sorteos y votaciones sucesivas que desespera todav�a hoy a los estudiantes de Historia, pero que persegu�a un objetivo muy concreto. "Era un procedimiento complicad�simo, pero funcionaba. Evitaba que una sola familia terminara dominando el Estado y reduc�a much�simo las luchas internas que destru�an otras ciudades italianas del Renacimiento, como la Florencia de los M�dici o el Mil�n de los Sforza".Y, por encima de todo, Venecia entendi� antes que nadie que el futuro no estaba en la tierra, sino en el mar. Y el mar empez� a devolverle con creces la apuesta cuando el Adri�tico termin� convirti�ndose en su gran avenida. "Siempre nos preguntamos por qu� Venecia se expandi� hacia la costa oriental del Adri�tico y no hacia la occidental. La respuesta es muy sencilla, pero s�lo la entiendes cuando hablas con gente de mar. La costa italiana es baja, arenosa y peligrosa para la navegaci�n. En cambio, la costa de Istria y Dalmacia est� llena de islas, ensenadas y puertos naturales donde refugiarse. Para un marinero era una decisi�n casi evidente". Vista desde un mapa pol�tico, la expansi�n veneciana parece caprichosa; contemplada desde la cubierta de una galera, resulta casi inevitable.Aquella cadena de puertos seguros acab� convirti�ndose en la aut�ntica columna vertebral de la Seren�sima. Antes que un imperio territorial, Venecia fue una red de escalas, una sucesi�n de islas, fortalezas y ciudades unidas por el viento y las corrientes mucho antes que por las carreteras. La riqueza lleg� despu�s, y tampoco lo hizo exactamente como suele contarse. Cuando se piensa en Venecia, la imaginaci�n viaja enseguida hacia las sedas orientales, la pimienta, la canela o los cargamentos de especias descargados en el muelle de Rialto. Pero antes de todo aquello estuvo la sal, el "oro blanco" medieval. Las salinas de la laguna y el monopolio de su comercio proporcionaron a la joven Rep�blica un capital extraordinario con el que financiar barcos, abrir rutas comerciales y comprar privilegios. S�lo m�s tarde llegar�an la seda bizantina, las alfombras persas, el az�car chipriota o las especias que, durante siglos, hicieron de Venecia el gran supermercado de lujo de Europa.Fortaleza de la isla de Spinalonga, en Creta, posesi�n veneciana entre 1204 y 1699.CTQuiz� por eso la ciudad aprendi� muy pronto que comerciar pod�a resultar mucho m�s rentable que conquistar. Incluso algunas de sus grandes leyendas fundacionales hablan m�s de astucia que de hero�smo: en el a�o 828, dos mercaderes venecianos llegaron a Alejandr�a con una misi�n tan piadosa como poco ortodoxa, deb�an recuperar el cuerpo de San Marcos Evangelista, cuya tumba se encontraba en territorio musulm�n. La tradici�n cuenta que escondieron las reliquias bajo una carga de carne de cerdo para evitar que los inspectores egipcios revisaran el cargamento. Repugnados por el contacto con un animal impuro, los guardianes dejaron pasar la mercanc�a sin inspeccionarla. Cuando el barco entr� en la laguna con el cuerpo del santo, Venecia acababa de encontrar un s�mbolo capaz de competir con Roma. El le�n alado de San Marcos terminar�a ondeando durante casi un milenio en fortalezas, puertos y palacios desde el norte de Italia hasta el extremo oriental del Mediterr�neo.La habilidad para convertir cualquier circunstancia en una ventaja pol�tica volver�a a manifestarse dos siglos despu�s, durante la Cuarta Cruzada. Oficialmente, la expedici�n deb�a dirigirse a Tierra Santa. En la pr�ctica, los cruzados hab�an contra�do con Venecia una deuda gigantesca por la construcci�n de la flota que deb�a transportarlos. El anciano dux Enrico Dandolo encontr� una soluci�n tan eficaz como pol�mica. Primero convenci� a los cruzados para atacar Zara, una ciudad cristiana bajo soberan�a h�ngara que se hab�a rebelado contra la Rep�blica. Despu�s, aprovechando las luchas internas del Imperio bizantino, desvi� la expedici�n hacia Constantinopla. El saqueo de 1204 figura entre los episodios m�s traum�ticos de la historia bizantina, pero convirti� a Venecia en la gran beneficiaria pol�tica y econ�mica del Mediterr�neo oriental. No fue la mayor potencia militar de Europa. Probablemente, tampoco necesit� serlo nunca."La Rep�blica estuvo muchas veces al borde del abismo", insiste Vale, "pero siempre consegu�a encontrar el equilibrio. Nunca se enemistaba del todo con nadie. Siempre manten�a un canal de di�logo abierto, incluso cuando era excomulgada por el Papa segu�a comerciando". Esa flexibilidad diplom�tica acabar�a convirti�ndose en una de las grandes se�as de identidad de la Seren�sima. Mientras otras potencias se desgastaban en guerras interminables, Venecia prefer�a comprar tiempo, firmar tratados, negociar privilegios o cambiar de aliados cuando el equilibrio continental lo exig�a. Su obsesi�n no era vencer. Era seguir existiendo.Para conseguirlo necesitaba saberlo todo. Mucho antes de que existieran los modernos servicios de inteligencia, la Rep�blica hab�a tejido una red de embajadores permanentes, comerciantes, navegantes y confidentes que enviaban noticias desde todos los rincones del Mediterr�neo. Las famosas bocche di leone, todav�a visibles en algunos muros venecianos, permit�an depositar denuncias an�nimas destinadas al Consejo de los Diez, el poderoso �rgano encargado de velar por la seguridad del Estado. "Fue uno de los primeros pa�ses que comprendi� que la informaci�n era un recurso estrat�gico", resume Vale. "Hoy hablamos de espionaje, pero entonces ya exist�a una estructura muy sofisticada de embajadas, diplomacia e inteligencia".Inventos modernos para cambiar el futuroTodo aquel conocimiento terminaba cristalizando en el lugar m�s sorprendente de la ciudad, que, en contra de lo que dir�an los m�viles de los turistas modernos, no es el Palacio Ducal, ni la plaza de San Marcos, ni siquiera el puente de Rialto, sino el Arsenal, ese en el que hoy se celebra la famosa Biennale art�stica. Aislado tras sus propias murallas, las �nicas de toda Venecia, aquel inmenso complejo industrial funcionaba como una cadena de montaje cuatro siglos antes de Henry Ford. "Miles de carpinteros, herreros, calafates, cordeleros y artesanos especializados trabajaban de manera coordinada hasta el punto de que, seg�n las cr�nicas, una galera pod�a completarse en apenas unas horas si todas las piezas estaban previamente preparadas. Cuando el rey de Francia visit� la ciudad, los venecianos organizaron una demostraci�n cuidadosamente preparada y botaron un barco construido durante su breve estancia para convencerle de que aquella prodigiosa maquinaria era real", relata Vale.Porta di Terraferma, en la ciudad croata de Zadar (que bajo el nombre de Zara perteneci� a la Rep�blica entre 1409 y 1797), con el Le�n de San Marcos veneciano.MARTIN KRAFT"A menudo pensamos en Venecia como una ciudad de palacios y canales, pero olvidamos que tambi�n era una ciudad profundamente tecnol�gica", prosigue el autor. "Los ingenieros pensaban incluso en los bosques de los que saldr�a la madera para las futuras galeras. Algunos �rboles se guiaban desde j�venes para que crecieran con la curvatura exacta que necesitar�an las cuadernas de los barcos cuarenta o cincuenta a�os despu�s. Ten�an una visi�n del tiempo mucho m�s larga que la nuestra. Hoy la pol�tica suele pensar en el siguiente ciclo electoral, pero ellos pensaban en t�rminos de generaciones. No digo que todo fuera mejor, ni mucho menos, pero esa capacidad de proyectarse hacia el futuro me parece una lecci�n muy valiosa".Esa no era la �nica revoluci�n silenciosa que estaba teniendo lugar en la ciudad. Mientras las galeras conectaban el Mediterr�neo, las imprentas de Aldo Manuzio empezaban a transformar Europa. "All� nacieron el libro de bolsillo moderno, los caracteres cursivos y una nueva manera de editar pensada para que los cl�sicos pudieran viajar en las alforjas de estudiantes, comerciantes y diplom�ticos. Venecia no s�lo exportaba mercanc�as, exportaba conocimiento. Durante d�cadas, quien quisiera imprimir un libro miraba hacia la laguna con la misma admiraci�n con la que hoy un emprendedor tecnol�gico contempla Silicon Valley", asegura Vale.Todo parec�a anunciar un futuro sin fecha de caducidad, pero mientras las galeras segu�an entrando cargadas de seda y pimienta por el Adri�tico, el centro de gravedad del mundo estaba empezando a desplazarse miles de kil�metros hacia el oeste. El Descubrimiento de Am�rica y la apertura de las grandes rutas atl�nticas cambiaron para siempre las reglas del comercio internacional. Portugal, Espa�a y, poco despu�s, Flandes e Inglaterra comenzaron a concentrar un tr�fico que durante siglos hab�a pasado inevitablemente por Venecia. La Seren�sima segu�a siendo inmensamente rica, culta y refinada, pero tardar�a alg�n tiempo en comprender que el mapa del poder acababa de moverse bajo sus pies.Sin embargo, ser�a un error pensar que la historia de la Seren�sima puede resumirse en batallas, tratados o intrigas palaciegas. Precisamente uno de los grandes aciertos del libro de Vale consiste en alejarse de esa historia monumental que suele ense�arse en la escuela para fijarse en otra mucho m�s cercana. "Cuando estudi�bamos Historia parec�a que todo consist�a en memorizar fechas, reyes y guerras", reflexiona, "pero hoy muchos historiadores conceden much�sima importancia a la vida cotidiana, y a m� me interesaba mucho m�s explicar c�mo viv�a la gente que describir una batalla durante diez p�ginas".Por eso, Rep�blica de Venecia dedica espacio a asuntos que, a primera vista, podr�an parecer menores y que, sin embargo, explican mejor que muchos tratados la extraordinaria influencia del Estado veneciano. Ah� est�n las especias que cambiaron para siempre la cocina europea, el vino que viaj� de una costa a otra del Adri�tico, el bacalao que un naufragio termin� convirtiendo en uno de los platos m�s emblem�ticos del V�neto; o incluso una palabra, gueto, nacida en una peque�a isla donde la Rep�blica decidi� concentrar a la poblaci�n jud�a en el siglo XVI y que acabar�a incorpor�ndose a decenas de idiomas.La historia del bacalao resume bien esa forma de mirar. En 1432, el mercader veneciano Pietro Querini naufrag� frente a las costas de Noruega y fue rescatado por los habitantes de la isla de R�st. All� descubri� el pescado seco que los pescadores conservaban durante meses al aire libre para sobrevivir a los largos inviernos. "Cuando regres� a Venecia llev� consigo aquella t�cnica y aquel alimento desconocido, y hoy, cinco siglos despu�s, el baccal� mantecato sigue siendo uno de los platos m�s representativos de la cocina veneciana s�lo porque un accidente mar�timo termin� modificando para siempre el recetario de toda una regi�n".Algo parecido ocurri� con las epidemias. La peste negra golpe� Venecia con una dureza devastadora, pero tambi�n oblig� a la ciudad a desarrollar mecanismos in�ditos para contener los contagios. La Seren�sima cre� los primeros lazaretos permanentes del mundo y convirti� el aislamiento preventivo de los barcos procedentes de zonas afectadas en una pol�tica p�blica. "De aquellos cuarenta d�as de espera, la quarantena, naci� una palabra que hoy forma parte del vocabulario universal. Despu�s de la pandemia de la covid, pocas historias medievales resultan tan contempor�neas", apunta el autor, que insiste en que intent� "escoger an�cdotas que fueran frescas, casi period�sticas, porque cuando uno viaja busca esa forma cotidiana de acercarse a un lugar".Vista a�rea del casco viejo de Nicosia, Chipre, en la que se aprecian las murallas venecianas construidas en 1570 siguiendo el modelo poligonal de ciudad renacentista ideal.Global AgencyHay otro descubrimiento que al autor le gusta especialmente porque rompe por completo la imagen tur�stica de Venecia. "Cuando pensamos en la ciudad imaginamos g�ndolas, iglesias y palacios, casi nadie la relaciona con la arquitectura militar". Sin embargo, buena parte del antiguo Estado veneciano contin�a sembrada de fortalezas levantadas para contener el avance otomano. Algunas, como las de �ibenik, Kotor o las murallas estrelladas de Nicosia, representan una de las mayores concentraciones de ingenier�a militar renacentista de Europa. Con la llegada de la p�lvora, explica Vale, "las murallas medievales dejaron de servir. Hubo que inventar otra manera de fortificar las ciudades, con baluartes bajos, gruesos y angulados capaces de resistir el impacto de la artiller�a y laSeren�sima volvi� a anticiparse".Un triste final burocr�ticoQuiz� por eso el final de la Rep�blica resulta tan desconcertante. No hubo una �ltima gran batalla ni un asedio �pico digno de la leyenda que hab�a construido durante m�s de mil a�os. Cuando Napole�n Bonaparte irrumpi� en el norte de Italia en 1797, la Seren�sima era todav�a inmensamente rica y deslumbraba a Europa con sus teatros, sus imprentas, su Carnaval y el refinamiento de su vida cultural, pero llevaba d�cadas perdiendo el control de las rutas comerciales que la hab�an hecho poderosa y la Rep�blica se hab�a convertido, en cierto modo, en una superviviente de otra �poca. La ca�da fue casi burocr�tica. El Gran Consejo vot� la disoluci�n del Estado y el �ltimo dux, Ludovico Manin, abandon� el Palacio Ducal sin estridencias. Napole�n prohibi� el Carnaval, desmont� las viejas instituciones republicanas y puso fin a una historia pol�tica que hab�a sobrevivido durante m�s de un milenio. Pocas veces un Estado tan longevo desapareci� de una forma tan silenciosa.Pero los pa�ses, afrima Vale "no desaparecen del todo mientras alguien siga siendo capaz de reconocer sus huellas". Y habla de dos ejemplos muy alejados de los cl�sicos Corf�, Dubrovnik o la propia plaza de San Marcos. El primero es Rovinj, en la pen�nsula croata de Istria. "Todav�a conserva una comunidad que habla el dialecto veneciano y sigue siendo un pueblo de pescadores. Paseas por el puerto, visitas el peque�o museo de la batana, comes pescado con un vaso de vino blanco... All� a�n puedes sentir esa atm�sfera adri�tica que defin�a a la Rep�blica".El segundo, ya citado, est� mucho m�s lejos: Nicosia, en Chipre, la �ltima capital dividida de Europa. "Sus enormes bastiones en forma de estrella, dise�ados por ingenieros venecianos en el siglo XVI, contin�an marcando el perfil de una ciudad partida hoy entre las comunidades griega y turca", asegura el periodista. "Ese dibujo sigue formando parte de la identidad de la ciudad. Aparece en murales, en obras de arte urbano, en la manera que tienen sus habitantes de entender el lugar donde viven. Es una huella veneciana que ha sobrevivido incluso a todos los conflictos posteriores".Tras este libro, la colecci�n continuar� siguiendo las huellas del Imperio otomano, despu�s de haber recorrido ya las del Imperio Habsburgo. No es casualidad que Vale haya elegido precisamente esos tres grandes Estados que durante siglos compartieron el Mediterr�neo y los Balcanes. "Es imposible sentir nostalgia al mismo tiempo por Venecia, por los Habsburgo y por el Imperio otomano, pues todos fueron rivales", dice entre risas. "Lo que nos interesa es otra cosa: son Estados prenacionales que nos permiten comprender hasta qu� punto la identidad europea siempre ha sido m�s compleja, m�s mestiza y m�s compartida de lo que hoy imaginamos y cuentan los mapas actuales".Quiz� sea esa la verdadera ense�anza del viaje, que la Historia no consiste s�lo en recordar lo que desapareci�, sino en aprender a reconocer todo aquello que, sin darnos cuenta, sigue acompa��ndonos. Que Europa sigue llena de pa�ses invisibles cuyos l�mites ya no aparecen en ning�n mapa, pero contin�an vivos en una receta, en una palabra, en una fortaleza frente al mar o en un viejo puerto donde todav�a alguien brinda en dialecto v�neto. La Rep�blica de Venecia dej� de existir hace m�s de dos siglos, pero recorrer las dos orillas del Adri�tico para comprobar que, en realidad, nunca termin� de marcharse.
De Atila a Napole�n y de Italia a Chipre, gu�a de viaje por los 1.300 a�os de historia de la Rep�blica de Venecia: "Su historia es tan fascinante como cualquier serie de ficci�n, incluso m�s"
Por mucho que pensemos que siempre han existido, y siempre existir�n, la Historia nos demuestra que en el largo discurrir de los siglos los pa�ses desaparecen. Incluso a veces,...







