La ciudad de los canales es también la de las estructuras de madera en las azoteas donde, en los siglos XV y XVI, se buscaba el ideal de belleza femenino de melenas claras. Un símbolo de estatus, poder adquisitivo e independencia del que quedan huellas

Parece que todo lo que acontece en Venecia lo hace en horizontal. La cadencia hipnótica de la luz en los canales que atraviesan la ciudad italiana, la silueta de los gondoleros junto a unos postes que asemejan varas de caramelo, el reflejo del Palazzo delle Prigioni, donde estuvo preso Casanova… Pocos son los que alzan la vista y advierten unas pequeñas estructuras de madera posadas sobre los tejados, en algunos casos más acondicionadas y, en otros, tan solo cuatro vigas irregulares sin funcionalidad aparente. Son las altanas, unas terrazas de madera que se escondían en las azoteas, donde las mujeres venecianas pasaban horas aclarando su cabello al sol. Todo un manifiesto a la belleza capilar de la región del Véneto.

En los siglos XV y XVI, el ideal femenino empezó a fijarse en un modelo de belleza casi pictórico, que los artistas tomaron de modelos clásicas y de la iconografía nórdica. Los cabellos claros que aparecían en las Venus de Tiziano o el Veronés fueron el objeto de deseo de las venecianas durante muchas generaciones. El color era un tono muy específico, nada que ver con el rubio frío del norte, sino un matiz dorado templado cobrizo, una especie de sello que distinguía a las mujeres de la ciudad de las del resto de Italia. Ser rubia significaba pertenecer a este linaje simbólico, participar en la cultura visual que Venecia fue dibujando siglo tras siglo y que, al mismo tiempo, era un signo de estatus. Era un ritual que exigía paciencia, ingredientes precisos y la arquitectura privilegiada de las casas nobles, donde las altanas funcionaban como pequeños talleres improvisados.