En lo más profundo de Boiro, en la falda que forma la península de Cabo de Cruz con vistas a la ría de Arousa, hay un leñero que no se parece a ningún otro en el pueblo. Tampoco en la comarca del Barbanza, ni casi seguro en la provincia de A Coruña. Es el centro de operaciones de Triángulo de Amor Bizarro, la banda gallega que, tras más de 20 años de historia, se ha erigido como una de las formaciones más interesantes y referenciales de la música independiente española. “Aquí se guardaba la leña, pero nosotros, poco a poco y a medida que nos lo podíamos permitir, fuimos remodelándolo hasta convertirlo en lo que es ahora”, explica Rodrigo Caamaño, guitarrista y cantante de Triángulo de Amor Bizarro. El músico señala orgulloso esta parte de la casa que comparte con Isa Cea, bajista y cantante del grupo. Bajo el techo del leñero, descansa una coqueta estancia que sirve de estudio de grabación y local de ensayo. Para entrar, es necesario abrir una puerta grande y ancha, hecha por uno de los artesanos de toda la vida de Boiro, el de las carpinterías Arca, ya jubilado. “Se parece a la de un barco. Cuando se lo propusimos, el carpintero nos dijo que nunca había hecho una puerta para un estudio de grabación. Improvisó y la hizo al estilo de las embarcaciones que se ven por aquí. Con este aire y esta madera así de gorda”, dice Caamaño mientras abarca el grosor con la mano. A lo que apunta con una sonrisa el baterista Rafael Mallo: “Cuando el carpintero trabajaba en ella, decía a los paisanos que le preguntaban: ‘Esta puerta es para la casa de los músicos’”.Esa es quizá la expresión más escuchada por los miembros de Triángulo de Amor Bizarro desde que decidieron hace unos 15 años asentarse aquí y establecer en la que fue la casa de la abuela de Rodrigo no solo un hogar, sino también un lugar de trabajo, alejado del ruido y las distracciones de las urbes y moldeado con cariño y paciencia. Un lugar por el que pasan muchos músicos españoles para tocar con ellos, como Carlos Hernández, experto productor, que ha vuelto a colaborar con la banda a los mandos del sonido en su nuevo disco, Mi catedral (Sonido Muchacho), y que hoy se encuentra en este estudio casero, llegado desde Madrid, con el objetivo de ensayar para el concierto de presentación del álbum que harán en una sala para la gente del pueblo. “Aquí vivimos con una verdadera calidad de vida y tenemos los pies en la tierra”, explica Isa Cea. “En la ciudad, se pierde lo importante. En Boiro, sabemos lo que piensa la vecina de al lado que nos saluda”, añade. Esa lugareña, como otros tantos de este pueblo con cerca de 18.000 habitantes repartidos por una amplia superficie, se refiere a ellos como “los músicos”. “Yo creo que la gente agradece que nos salgamos del molde. Y sentimos su conexión”, añade Caamaño. De esta forma, a los músicos se les ofrece ayuda siempre que lo solicitan, como cuando el carpintero se las ingenió para hacer una puerta inspirada en los barcos, propia de este pueblo de marineros; o cuando Merktron, la tienda local de electrónica, les facilitó todo tipo de materiales para el estudio. “Controlan que flipas porque vienen del mundo de las orquestas”, dice el baterista, que vive en Lugo, pero viene a la casa de sus compañeros de banda para ensayar y grabar. A veces sucede al revés: son ellos los que apoyan al pueblo, bien con una presentación del disco en este territorio antes que en cualquier otro sitio, o bien con algún concierto en las sesiones vermú de la tienda de moda local Baldani. “Las redes de proximidad en los pueblos son muy importantes”, asegura Mallo. Tanto es así que cuando Rodrigo o Isa salen a tirar la basura, la misma vecina les lanza siempre el mismo aviso amable: “¡Hablad bien de Boiro en vuestras entrevistas!”.Esta entrevista transcurre durante un miércoles de principios de mayo cuando Mi catedral, el séptimo disco de la banda, todavía no se ha publicado. “Buscábamos conseguir un sonido más de habitación”, explica Caamaño. “Queríamos grabarlo con las mismas sensaciones que tuvimos cuando las canciones fueron compuestas, es decir, que mantuviesen la misma viveza que tenían durante los dos o tres meses que las estuvimos elaborando. Por tanto, queríamos un disco que fuera más orgánico porque, a veces, en otros trabajos, hemos sentido que la tecnología nos tentaba demasiado y, por mucha calidad de sonido que tuviese, se perdía algo con tanto procesamiento. Ahora, no hemos querido perder el espacio donde se ha creado la música”. Y ese espacio es este estudio que está pared con pared con la casa donde viven Rodrigo e Isa con su hijo Roi, de seis años. En la cabina de sonido, junto a una mesa de mezclas con una decoración de Comecocos, una guitarra infantil roja cuelga al lado de un dibujo hecho por el niño, que representa un unicornio con una guitarra, varios dinosaurios y muchos corazones. Guitarras de todo tipo, desde Fender Mustang o Jaguar hasta modelos Alden, rodean la estancia alfombrada y de techos acolchados amueblada con una batería, tres micrófonos de pie, varios altavoces y pedales, teclados y un atril con una progresión de notas musicales. “Es para aprenderla bien”, confiesa Rodrigo. “Me ha dado por aprender a tocar el teclado y voy a clases a la escuela municipal del pueblo, donde hay niños y mayores”. La escuela del pueblo es otra red de proximidad. Mientras tanto, los teclados descansan junto a una puerta donde cuelga un cartel de la pelícu­la El ángel exterminador, de Luis Buñuel.A decir verdad, hay algo de ángeles exterminadores en los tres miembros de Triángulo de Amor Bizarro. Amables y modestos, Isa, Rodrigo y Rafa son tres músicos capaces de acabar con lo melifluo en el rock y el pop. Sus descargas eléctricas son ruido del bueno, contundentes y desgarradoras, propias del pospunk y el noise rock al que tanto celebran los tres.El grupo nació en 2004, cuando Isa y Rodrigo llegaron A Coruña procedentes de Boiro, pueblo de él, porque ella nació en Rianxo. Amantes del indie rock anglosajón ochentero y noventero, “esa movida expansiva que te pedía salir del pueblo y conocer otra perspectiva”, llegaron con las enseñanzas de los discos de My Bloody Valentine o The Jesus and Mary Chain bien aprendidas y como artistas desclasados dispuestos a hacer ruido. “Se nos fue mucho la olla en A Coruña”, recuerda el cantante y guitarrista. “Empezamos en una época en la que no se tocaba mucho en salas. Había que llamar a los pubs. Era todo precario y nos veían como a bichos raros por poner un micro para el bajo. No teníamos nada que ver con las orquestas a las que estaban acostumbrados”. Todos reconocen que no había apenas conexión entre bandas y que se buscaban la vida como podían. “Veníamos de la nada absoluta”, asegura Caamaño. “Quizá los mismos frikis coincidíamos en grandes conciertos como el de Neil Young en Galicia y ahí hablábamos. Aprendimos a vivir en esa situación”.A partir de ahí se erigieron como una banda autodidacta y distinta, que tomaba su nombre de New Order, y era casi anacrónica dentro de una Galicia donde la verbena lo ha dominado todo por tradición, y la movida de los años ochenta, simbolizada en formaciones tan influyentes como Siniestro Total, se diluyó con el cambio de siglo. Al igual que le pasó a Iván Ferreiro en Vigo o a Xoel López en A Coruña, Triángulo de Amor Bizarro era otro grupo satélite sin escena; una banda francotiradora que en 2007 entró como un pequeño terremoto en el universo alternativo con su primer disco de título homónimo. “Nunca pensábamos que íbamos a vivir de esto, pero nos fue lo suficientemente bien como para profesionalizarnos con nuestro primer disco”, apunta Caamaño.Sin embargo, ellos desprendían un veneno rock más sombrío, estridente y disruptivo que sus coetáneos gallegos, más cercano a la primera generación del indie español que a Ferreiro o López y, sobre todo, a la que vendría justo después. De esta forma, álbumes como Año santo (2010) y Victoria mística (2013) los colocaban más cerca de Los Planetas o Surfin’ Bichos que de Vetusta Morla o Supersubmarina, aunque acabaron por consolidarse como una banda de universo propio, llena de pundonor, que sabía retorcer las canciones hasta hacerlas adictivas en su distorsión e ironía social. “Siempre hemos querido articular todo sin expectativas comerciales”, remarca Isa Cea. “Quizá tener a Can como una importante influencia del grupo, así como todo el rollo de la psicodelia, nos ayudó a ser una banda donde se disolvía el ego y se abrían otras posibilidades experimentales”, concluye Caamaño. De todas las posibilidades existenciales, una sucedió en los últimos años: el grupo pasó de cuatro integrantes a tres.Una furgoneta abandona el estudio casero y se dirige al monte Iroite para una sesión de fotos con vistas a la isla de Arousa. Isa, Rodrigo y Rafa van en ella. Aprovechan para charlar mientras el coche recorre caminos por los que se dejan ver potros y caballos en laderas de un verde salvaje y brillante por la lluvia de los días anteriores. “Las canciones son reflejos de la vida. Muchos problemas que se ven en el mundo están contenidos en la música”, reflexiona la cantante y bajista. Triángulo de Amor Bizarro siempre ha sido una banda que ha atravesado la realidad con una postura despegada de cualquier dulcificación existencialista y muy crítica con la situación social y los discursos oficialistas. Su trabajo El gatopardo (2018) fue el más explícito al respecto con sus críticas a la manipulación institucional, el capitalismo e incluso la tradición monárquica. De hecho, en su último concierto en Madrid, en las fiestas de San Isidro, mostraron una pancarta del Sindicato de Vivienda de Carabanchel y la actuación sirvió de altavoz para denunciar los desahucios y exigir viviendas dignas en España. “Estás en la música para hacer y hablar de lo que te da la gana, si no para qué”, apunta Isa Cea. También el grupo critica el concepto de éxito, al que tanto combate desde su autogestión y visión artística poco complaciente. “No queremos participar en el deporte de la fama. Nos hemos creado un espacio propio que cuidamos y no tiene que ver con estar en lo más alto de los carteles de los festivales”, explica Caamaño. “Nuestra visión tiene que ver mucho con gente como Peter Buck, guitarrista de R.E.M., que además del grupo tiene proyectos pequeños y disfruta mucho con esos experimentos”, añade. Bajo esta visión, la banda posee un buen reconocimiento, tanto por un público leal como por la prensa especializada: ha recibido dos veces el galardón a mejor disco del año de los Premios Ruido, otorgado por la Asociación de Periodistas Musicales (han sido, junto a Rosalía, los únicos músicos en repetir galardón en ese palmarés) y varios premios MIN, otorgados por la industria discográfica independiente. Y, por el camino, ha teloneado a The Smashing Pumpkins o The White Stripes.La furgoneta desciende ahora hacia el pueblo. Antes de regresar a la casa-estudio, hay una parada en el puerto de Cabo de Cruz, al lado de la casa de la abuela de Rodrigo, que durante años regentó un ultramarinos en Boiro. Con las gaviotas planeando, la banda reconoce que en la última gira cerraron una etapa. No fue una gira más. Se exigieron mucho porque tocaban dos discos íntegros en cada actuación, según decía el tarot. “Un amigo diseñador nos hizo unas cartas personalizadas con nuestros seis álbumes. Sacábamos cada noche dos cartas y tocábamos esos dos que salían”, explica Isa Cea. “No había trampas y, además, nos animaba a tocar con errores al poder fallar la memoria muscular ante tantas canciones”, añade Caamaño. “Durante mucho tiempo nos dimos cuenta de una tontería: buscábamos ser perfectos. Con este nuevo disco, intentamos recordar cómo empezamos”.La furgoneta vuelve a serpentear por los caminos estrechos de casas de piedra y jardines floridos. Llegar hasta la casa de Rodrigo e Isa es como adentrarse en un laberinto con vistas a la ría de Arousa, la más septentrional de las Rías Baixas. Cómo será que Rafael Mallo había avisado al comienzo de la jornada: “Mejor quedamos en un bar del pueblo y vamos juntos. Te mandaría ubicación para ir, pero me pierdo hasta yo”. Es una zona tranquila donde los gatos se pasean por las calles y un tractor trabaja la tierra sin hacer apenas ruido. El canto de los pájaros que se oía por la mañana ha sido sustituido en la tarde por las voces de los niños jugando a la salida del colegio. En una acera, aparece una señora bordando. “Asentarnos aquí fue al principio un choque. Nos costó, pero acertamos. Triángulo de Amor Bizarro es un grupo que no existiría como tal sin Boiro”, asegura Caamaño. “Es difícil de explicar. Cada grupo es como una casa, algo muy personal”, señala Isa Cea.En esta casa hay un antiguo leñero, convertido ahora en estudio de grabación y local de ensayo. Cuando se cierra su ancha puerta con aire marinero, no se oye nada de nada desde fuera. Dentro, atruenan las guitarras y la batería porque Triángulo de Amor Bizarro está ensayando para presentar entre los paisanos al día siguiente su nuevo disco, Mi catedral. Una catedral como esta, casera, hecha con sus propias manos, con paciencia y amor a la música. Una catedral en la que están tocando ahora y suceden cosas cotidianas como que Rodrigo y Rafa se vienen arriba con una canción y, entonces, Isa se queja, sin perder la sonrisa: “Cuando os ponéis en este plan y os pasáis de rosca, sin parar la canción cuando corresponde, desconecto y me pongo a pensar en recoger la ropa del tendedero”.