Actualizado a las 22:39h.
Era 14 de julio, jornada de despedida. Los sanfermines morían como mueren las grandes cosas, con un nudo en las gargantas, desatadas cuando un panda desplegó sus trapos sucios, su pancartas miserables contra España. Otra vez la selección, otra vez el Mundial ya en las ... calles... Otra vez enturbiaban un paseíllo que brillaba con el color de lo excepcional: el toro de la feria, la faena de la feria y la corrida de la feria se condensaron en el broche. Al mar de ikurriñas en el sol respondió la sombra con un océano rojigualda. La buena gente de Navarra, harta de adoctrinamientos, de quien escupe sobre su propia casa, respondió con el pecho al descubierto. Un grito de libertad en medio de tanto sentimiento herido, de ese amor propio que se niega a agachar la cabeza ante los provocadores. Fue triste y hermosísimo a la vez. Frente a los que embisten con odio, la vergüenza torera de los cabales, de un clamor navarro que colocó lágrimas en los ojos de esos abuelos que han sufrido demasiado. «Aquí lo hemos pasado muy mal, a esos tipos nos los cruzamos por la calle». ¿Dónde estaban las fuerzas del orden cuando se tachó de 'puta' a España? Mucho Joker detenido y manga ancha ante el delito de odio de los que se meaban en el vino (o el calimocho) de la concordia. Pero a los eralitos que simpatizan con los pistoleros etarras -a las cosas hay que llamarlas por su nombre y dejarse de eufemismos, como escribió magistralmente Ignacio Camacho, el gran señor de las columnas- les salió el tiro por la culata: quisieron agujerear el corazón de España y solo consiguieron que brotara, más fuerte y más roja, la sangre navarra, la sangre española con aquel tsunami de banderas de ayer. Que viva España y que los jodan, con perdón.









