“Hay muchos niños y niñas que no han visto nunca la playa, la arena o el agua del mar. Programas como estos les permiten salir de sus centros en verano para ver la vida que hay fuera, cosas tan simples como tomarse un helado o bañarse en la playa”. Inés Montoro es una joven maestra de educación infantil que, cuando era pequeña, vivió en un centro de menores y fue acogida por una familia con la que después se quedó.

Su experiencia personal con los programas de acogimiento familiar en verano fue ambivalente: salió cuatro veranos con cuatro familias diferentes, y solamente la última ocasión fue positiva. Aun así, valora mucho este tipo de iniciativas: “Si se organizan bien, pueden ser una experiencia muy bonita en la que se puede dar un intercambio entre niños y familias”, explica.

El acogimiento es una medida de protección a la infancia, que se aplica a menores que, por diferentes motivos, no pueden permanecer con sus familias de origen. Puede ser residencial –en un centro de menores– o familiar, y en este último caso hay diferentes tipologías: de urgencia, permanente o temporal. Dentro de este último tipo existen programas específicos que se aplican en vacaciones o fines de semana, dando la oportunidad a niños y niñas de salir de sus centros y de convivir con familias en periodos cortos.