Mientras muchos adolescentes disfrutan de las vacaciones, otros estrenan uniforme profesional, fichan por primera vez o atienden a sus primeros clientes. Camareros, canguros, dependientes, mozos de mudanza o ayudantes en negocios familiares son algunos de los primeros trabajos que permiten a muchos jóvenes descubrir, en verano, una realidad muy distinta a la del instituto. Más allá del primer sueldo, surgen preguntas que muchas familias se hacen cuando sus hijos empiezan a trabajar: ¿qué puede aportarles realmente esa primera experiencia laboral? ¿Es una oportunidad? ¿Cómo saber si un adolescente está preparado para dar ese paso?El primer empleo es una de esas experiencias que dejan huella porque enfrenta al adolescente con la realidad y refuerza su sensación de utilidad, sostiene Cristina Gutiérrez, educadora emocional y creadora del Método La Granja, un modelo pedagógico basado en el desarrollo de habilidades personales y sociales y avalado por investigaciones de la Universidad de Barcelona. “Trabajar es descubrir que tus acciones tienen consecuencias, que otras personas cuentan contigo y que tu esfuerzo tiene un impacto real”, añade. A su juicio, esa primera experiencia contribuye, más allá del sueldo, a desarrollar la responsabilidad, la autonomía, la tolerancia a la frustración, las habilidades comunicativas y la capacidad de esfuerzo. “Competencias que les acompañarán toda la vida, independientemente de la profesión que elijan”, resume.Oriol Montanyà, doctor en Economía y Empresa, licenciado en Sociología y Periodismo y profesor de la UPF Barcelona School of Management, defiende la importancia de compaginar los estudios con alguna tarea de verano. “Incluso me atrevería a decir que, en muchos casos, es mejor que no tenga nada que ver con la profesión futura”, agrega. Para ilustrar esta idea, Montanyà recurre a una conocida reflexión del almirante estadounidense William H. McRaven: “Si alguien no sabe hacerse bien la cama, no esperéis que haga bien las cosas grandes”. Desde su punto de vista, ese valor, tan sencillo de enunciar como difícil de inculcar, se aprende mejor en oficios de carácter operativo, donde la diferencia entre preparar un café con esmero o hacerlo sin cuidado, montar una estantería recta o torcida, o atender a un cliente con empatía o indiferencia se percibe de forma inmediata: “Es así como se entiende que la excelencia no depende del cargo, sino de la actitud con que afrontas cualquier tarea, por pequeña que sea”, sostiene el experto. Una idea que también desarrolla en su último libro, No fiches cracks, mejora la organización (Plataforma Editorial, 2025), donde plantea que las empresas obtienen mejores resultados cuando incorporan personas con buena actitud, capaces de fortalecer el trabajo colectivo.Montanyà cree que esos primeros cargos también sirven para desmontar prejuicios y comprender que cualquier responsabilidad laboral tiene un valor: “Son experiencias que ayudan a entender que la excelencia no depende del puesto que ocupas y reducen el riesgo de cometer uno de los errores más detestables: mirar a alguien por encima del hombro”.El primer sueldo también transforma la forma en que muchos jóvenes entienden el valor del dinero. Para Gutiérrez, es una lección de responsabilidad: “Muchos adolescentes crecen dando por sentado que el dinero simplemente aparece para pagar una comida en un restaurante o comprar una camiseta. No son conscientes del esfuerzo que hay detrás”. Según explica, trabajar les permite establecer, por primera vez, una relación directa entre el esfuerzo y la recompensa. “Comprenden que detrás de un teléfono móvil o de una prenda de ropa hay horas de dedicación”, incide. Para la educadora, el aprendizaje va mucho más allá del dinero: “No se trata solo de valorar lo que cuesta ganar un sueldo, sino de valorar a las personas que durante años han trabajado para ofrecerles oportunidades”. Montanyà pone el foco en otro aprendizaje: una nueva mirada que favorece decisiones más responsables y una relación más consciente con el dinero y con las propias pertenencias: “Cuando descubres cuántas horas de dedicación cuesta ganar 100 euros, empiezas a gastar de otra manera”. Esa experiencia, sostiene, también influye en la forma de cuidar aquello que se consigue con el propio esfuerzo: “No tiene nada que ver cómo cuida su primera moto un joven que la ha pagado con otro que la ha recibido como regalo de sus padres”. ¿Cómo acompañar a un adolescente en su primer trabajo? La primera experiencia laboral también pone a prueba a las familias. Para Gutiérrez, uno de los errores más frecuentes consiste en no confiar lo suficiente en las capacidades de los hijos. “Muchas veces pensamos desde el miedo, creyendo que no podrán hacerlo o que acabarán decepcionando a alguien. Pero son mucho más capaces de lo que imaginamos”, afirma. La educadora emocional también invita a resistir la tentación de intervenir ante la primera dificultad: “Somos padres, no inspectores”. Un desencuentro con un compañero, el cansancio de los primeros días o un error forman parte del aprendizaje. “Cuando resolvemos inmediatamente cualquier problema, les estamos transmitiendo un mensaje muy peligroso: que no podrán solucionarlo por sí mismos”, puntualiza. Por eso, recomienda darles tiempo para afrontar esas situaciones antes de intervenir. También recuerda que el primer empleo no exige una madurez perfecta. Equivocarse, asegura, forma parte del proceso: “No queramos hijos perfectos; con que sean humanos es más que suficiente”. Montanyà comparte esta preocupación: ”Con la mejor de las intenciones, los padres cometemos el error habitual de la sobreprotección”. A menudo, explica, se evita que los hijos afronten labores manuales o con mayor exigencia física por miedo a que lo pasen mal y se opta por experiencias aparentemente más atractivas, como un campus internacional. Sin embargo, considera que esos primeros encargos considerados más precarios encierran un valor difícil de sustituir: “No solo aportan un puñado de aprendizajes de valor incalculable, sino que, además, dejan un recuerdo fantásticamente positivo en la memoria”.No todas las primeras experiencias laborales cumplen las expectativas. Sin embargo, Gutiérrez considera que incluso cuando surgen grandes dificultades, o un adolescente decide abandonar, la experiencia puede convertirse en una valiosa oportunidad de aprendizaje. “Nos hemos acostumbrado a interpretar cualquier dificultad como un fracaso, cuando en realidad es información muy valiosa, tanto para los adolescentes como para sus padres”, reflexiona. Si un joven descubre que lo que está haciendo no le gusta, explica, ya ha aprendido algo importante sobre sí mismo: “Y si decide dejarlo porque no soporta determinadas condiciones, esa experiencia puede servir para reflexionar sobre la importancia de poner límites o, por el contrario, sobre la necesidad de desarrollar una mayor capacidad de esfuerzo”. “Fracasar siempre te permite descubrir recursos que todavía no tienes. Es una información muy valiosa para conocer tus áreas de mejora”, añade la educadora emocional, que también invita a desterrar las etiquetas: “No es un vago. No es un fracasado. Está aprendiendo, como todos en esta vida”.Tras más de 40 años trabajando con niños y adolescentes, Gutiérrez observa un patrón muy claro: “Los jóvenes que han tenido oportunidades reales para responsabilizarse suelen mostrar una mayor tolerancia a la frustración, una percepción más realista del esfuerzo y una mejor capacidad para posponer las recompensas”. La educadora emocional subraya que asumir responsabilidades favorece la autonomía, la autoeficacia y la madurez psicológica, aunque insiste en un matiz importante: “No es el trabajo en sí lo que transforma. Es la experiencia de sentirse útil, necesario y capaz”.
Lo que el primer empleo enseña a los adolescentes (y también a sus padres)
La primera experiencia laboral, que suele darse durante las vacaciones de verano, no solo permite ganar dinero, también es una oportunidad para asumir responsabilidades, gestionar la frustración y descubrir de lo que uno es capaz










