En el acelerado ritmo de la vida, resulta fácil acostumbrarnos a las personas, a los momentos y a las bendiciones que nos acompañan cada día. Con frecuencia damos por sentado el amor de la familia, la compañía de los amigos, la salud que nos permite avanzar, el trabajo que sostiene nuestros sueños y las oportunidades que se presentan en nuestro camino. Sin embargo, la experiencia nos recuerda que nada es permanente y que el tiempo sigue su curso sin detenerse para nadie.PublicidadLa rutina puede hacernos olvidar que los verdaderos tesoros no siempre se encuentran en los bienes materiales, sino en aquellos instantes sencillos que llenan de significado nuestra existencia. Un abrazo sincero, una conversación con nuestros padres, la sonrisa de un hijo, el apoyo de un amigo o la posibilidad de despertar a un nuevo día son regalos que muchas veces solo aprendemos a valorar cuando ya no los tenemos. Entonces comprendemos que existen pérdidas que ninguna riqueza puede reparar y oportunidades que jamás volverán.Vivimos proyectando el mañana, pero con frecuencia olvidamos disfrutar el presente. Posponemos palabras de cariño, aplazamos el perdón, dejamos para después los encuentros familiares y suponemos que siempre habrá otra oportunidad para expresar lo que sentimos. La realidad demuestra que el futuro es incierto y que el único momento sobre el cual tenemos la posibilidad de actuar es el hoy.PublicidadPublicidadLa gratitud no elimina las dificultades, pero transforma nuestra manera de enfrentarlas y nos permite descubrir que incluso en medio de la adversidad siempre existen motivos para seguir adelante. Valorar el presente es una elección consciente que dignifica la vida y fortalece el espíritu. (O)Elio Roberto Ortega Icaza, mediador y abogado criminalista, El Coca