Cuando comes zanahorias, remolacha, espárragos o ajo, tu organismo lo sabe y lo manifiesta. Esta es la explicación científica de las consecuencias de algunos alimentos
Que lo que ingerimos afecta a nuestro cuerpo es la base de la nutrición, pero hay algunos efectos colaterales que pueden pillarnos de sorpresa. Por ejemplo, comer muchas zanahorias pensando en conseguir el bronceado ideal y terminar como una bombona de butano –de color, no de forma–, o creer que podrás disimular el alioli de la comida y los dos pelotazos de wisky de la sobremesa lavándote los dientes (y que te acompañen en cada respiración hasta la noche, a ti y a las demás personas de la habitación, que además no han catado esa fideuà tan rica del bar de la esquina).
Sin olvidar el camino más corto hacia la fabulación catastrofista: encontrarse con un color extraño antes de tirar de la cadena. No vamos a restarle ni un ápice de legitimidad a esa preocupación: hay cambios que merecen atención médica. Pero antes de imaginar el peor escenario posible, que la hipocondría tome el control y tu cerebro empiece a repasar enfermedades que ni siquiera sabías que existían, quizá en este caso también merezca la pena que te hagas una pregunta mucho más sencilla: ¿qué comiste ayer?









