Una fresa roja y madura dispara algo en el cerebro incluso antes de que la toquemos, olamos o saboreemos. Sin embargo, una fresa del mismo tamaño, pero de color gris, produciría el efecto contrario, aunque nutricionalmente fuera idéntica. La vista no es un sentido cualquiera en la alimentación: es el primero en activarse, y su influencia sobre el apetito, el placer y las decisiones de lo que comemos es mucho mayor de lo que creemos.
Las señales del apetito en el cerebro
El apetito no es simplemente hambre. Es el resultado de una conversación entre el estómago, nuestras hormonas y el sistema nervioso central, en la que las señales visuales tienen mucho peso. Cuando los ojos detectan un alimento que el cerebro reconoce como apetecible, se produce la liberación de saliva, secreción de jugos gástricos, un aumento de grelina (la hormona del hambre) y de insulina, como pudo comprobar un estudio de 2020 en el que se mostraron imágenes de comida apetitosa a los voluntarios. Los circuitos de recompensa del cerebro se activaban, incluso sin ingerir comida.
La famosa dopamina es el neurotransmisor más importante en este proceso. Se libera no solo al comer, sino cuando pensamos en comer algo que el cerebro predice como gratificante. Los estímulos visuales de alta calidad, especialmente los que incluyen colores vivos, brillos y texturas reconocibles, activan la amígdala (que evalúa la relevancia emocional del estímulo) y el córtex prefrontal (que le asigna valor). Los estudios de imagen funcional, que muestran las partes del cerebro que se activan, indican que, cuando tenemos hambre, hay una respuesta mayor al mostrar alimentos más calóricos.














