Cuando Donald Trump inició la primera gran ofensiva arancelaria contra China en 2018, el planteamiento parecía tan intuitivo como coherente. La decisión de lanzar una guerra arancelaria y gravar las importaciones procedentes del gigante asiático para reducir el déficit comercial, devolver fábricas a Estados Unidos y debilitar la capacidad exportadora de Pekín. Un plan sin fisuras. Sin embargo, la realidad ha seguido un camino muy diferente. Tras casi una década de guerra comercial, China no solo mantiene intacta su maquinaria exportadora, sino que ha firmado el mayor superávit comercial de su historia, mientras que el desequilibrio comercial estadounidense apenas se ha movido, es más, los últimos meses ha vuelto a marcar récords históricos. Los productos chinos ya no siempre llegan directamente desde China, pero siguen llegando. Lo único que ha cambiado es la ruta y la etiqueta. Lejos de derrotar al gigante asiático, los aranceles han obligado a Pekín a rediseñar sus cadenas de suministro con una sofisticación que ha terminado neutralizando buena parte del castigo comercial estadounidense.Esa es precisamente una de las principales conclusiones del estudio publicado recientemente por Hunter L. Clark y Gregory Simitian, economistas del Grupo de Investigación y Estadística de la Reserva Federal de Nueva York. El trabajo muestra que las modificaciones introducidas en la política comercial estadounidense durante 2025 apenas alteraron los grandes equilibrios. El déficit comercial total de EEUU cerró el ejercicio en torno al billón de dólares, prácticamente el mismo nivel del año anterior (este año podría ser incluso mayor). Mientras tanto, el superávit comercial de China con el resto del mundo pasó de un billón a 1,2 billones de dólares, un récord absoluto. Paradójicamente, el periodo de mayor presión comercial estadounidense ha coincidido con el mejor desempeño exportador de la historia de China.