“Cuando empecé, no contaba con pasar tanto tiempo aquí y, sin darme cuenta, llevo más de la mitad de mi vida trabajando en la cofradía”. Mercedes Díaz, Merche, llegó hace 32 años a lo que aún se conocía como el pósito de pescadores de O Pindo, en Carnota. “La pega que nos ponían en aquel momento era: 'No vais a aguantar dos días porque no tenéis lonja'”. Pero allí sigue, como secretaria de una entidad que sobrevive luchando contra la falta de relevo generacional en el sector. Sólo un ejemplo: cuando ella asumió el cargo, había más de cien mariscadoras asociadas. El año pasado se jubiló la última.

“La visión que tenía de una cofradía era la de un lugar donde se compraba, se vendía pescado, se subastaba, y allí no había nada”, rememora mirando hacia atrás. Había que intentar salir adiante sin la lonja, lo que “desde el primer momento” motivó una visión “más amplia” de lo que era una cofradía. No podían limitarse a resolver los trámites administrativos de marineros y mariscadoras. “Quise verla como un sitio donde se miraba por la gente del mar, pero también por todo lo que la rodea, todo su entorno, todo lo que existe a su alrededor”.

Junto a la pesca y la venta del producto, las embarcaciones o el trato con los intermediarios, Merche apostó por el patrimonio. “Hay unas fábricas de salazón, una ballenera que acababa de cerrar prácticamente cuando yo era una niña... muchísimas cosas que era necesario poner en valor”. Todo eso marcó el carácter propio del pósito. “Desde el principio fuimos una cofradía un poco atípica”.