Toda la fanfarria en torno a la cumbre de la OTAN en Ankara ha resultado satisfactoria para quienes disfrutan de la transformaci�n de la pol�tica real global en un espect�culo. Erdogan puli� la fachada de la capital a una velocidad c�mica; Meloni volvi� la cabeza cuando apareci� Trump; el primer ministro griego tuvo que soportar la marcha militar otomana a su llegada, y el presidente turco disfrut� de un paseo de la mano con Trump inusualmente largo. En conjunto, la cumbre ha sido, de puertas afuera, extraordinariamente f�rtil en escenas que provocar�an verg�enza ajena a cualquiera con la decencia b�sica para comprender que el destino de la humanidad est� siendo determinado por una farsa protagonizada por adolescentes crecidos.Sin embargo, de puertas adentro, la cumbre de la OTAN organizada por Erdogan revel� una verdad mucho m�s oscura sobre lo que aguarda a la humanidad y al planeta. Hubo una palabra, en particular, especialmente representativa de la esencia pol�tica y moral de nuestro futuro: lealtad. Y para quienes hemos estudiado el nuevo fascismo durante la �ltima d�cada, esa palabra dice much�simo sobre la transformaci�n moral que todos estamos siendo obligados a experimentar.�Tenemos una mejor relaci�n con Turqu�a, y Turqu�a ha sido, en muchos sentidos, m�s leal que otros pa�ses�, dijo Trump, poco impresionado por el compromiso europeo con una carrera armament�stica tras sus amenazas de retirar a Estados Unidos de la Alianza Atl�ntica. En virtud del compromiso de La Haya, Europa y Canad� deber�n destinar el 5 % de su PIB a defensa para 2035. Trump, comport�ndose como una diva reacia antes y durante la cumbre, afirm� que, de no haber sido por la invitaci�n de su leal amigo Erdogan, ni siquiera habr�a acudido. No era la primera vez que Trump utilizaba la palabra �lealtad�. A finales del mes pasado, cuando el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, viaj� a Washington para calmar los caprichos de la diva y le mostr�, en una presentaci�n convenientemente titulada El bill�n de Trump, c�mo los pa�ses europeos estaban dispuestos a gastar m�s, el presidente estadounidense reaccion� con un �bah�. Refiri�ndose a la reticencia europea a sumarse al ataque contra Ir�n y a dejarle solo en sus ambiciones sobre Groenlandia, dijo: �No necesitamos su dinero; lo �nico que quiero es lealtad�. Al escuchar esa palabra, una escritora turca como yo no puede evitar pensar que el mundo est� destinado a convertirse en una Turqu�a m�s grande y que los dirigentes mundiales se ver�n obligados a comportarse como Erdogan, para quien esa palabra siempre ha sido fundamental.Erdogan, al igual que Putin y cualquier otro dirigente de la historia que haya gobernado su pa�s sin Estado de derecho ni consentimiento colectivo, lleva mucho tiempo siendo un ferviente partidario de la lealtad. En esos pa�ses, la lealtad ocupa el centro no solo de la pol�tica real, sino tambi�n de toda la vida social. Desde hace bastante tiempo, Turqu�a es un pa�s donde las personas ocupan cargos no por sus m�ritos o capacidades, sino �nicamente por su lealtad. Por poner solo un ejemplo, en los �ltimos diez a�os el Banco Central de Turqu�a ha tenido seis gobernadores, simplemente porque cada vez resultaba m�s dif�cil exigir lealtad a medida que se intensificaba la insensatez de las pol�ticas fiscales de Erdogan. Imaginen ahora la organizaci�n social de un Estado con millones de funcionarios de todos los rangos. E imaginen que, como ciudadanos, saben que todos los trabajos los realizan personas cuyo �nico m�rito consiste en seguir las ambiciones de Erdogan. Entonces el lema de la lealtad se filtra por los vasos capilares de la sociedad, erosionando la confianza b�sica en el orden social.Como dijo Deniz G�kta, un humorista de stand-up que fue detenido justo antes de la cumbre de la OTAN, a medida que Erdogan completaba su viaje de dictador t�mido a dictador plenamente reconciliado consigo mismo, la degradaci�n social que provoc� hizo insoportable la vida cotidiana en Turqu�a. Y aquellos europeos que a�n se refugian en la ilusi�n de que Europa nunca podr� parecerse a Turqu�a deber�an despertar despu�s de la cumbre de la OTAN, donde la lealtad no fue solicitada, sino impuesta mediante las amenazas de Trump. Esta vez no solo la democracia liberal, sino tambi�n el Estado de derecho y todos los consensos de la sociedad pueden desmoronarse si se profieren suficientes amenazas de violencia para exigir lealtad.Pero entonces, �para qu� sirve esa lealtad? �Para hacer qu�? �Cu�l es el objetivo final? Muchos de nosotros, incluida yo, disfrutamos escribiendo sobre Trump e insult�ndolo, como hago en este art�culo al llamarlo diva caprichosa, etc�tera. Hay cierto consuelo en tratarlo como a un hombre fuera de s� que act�a sin un ideal o una pol�tica concretos. Desgraciadamente, la verdad es mucho m�s oscura. Trump est� ah� para eliminar los �ltimos restos de valores pol�ticos y morales y de derechos sociales, de modo que el mundo se transforme por completo en una m�quina neoliberal. Un mundo que ser�a el sue�o h�medo de Elon Musk. Trump es el ejecutor del nuevo orden mundial, en el que el futuro es cada vez menos humano. Est� ah� para culminar el proceso de convertir a los ciudadanos en clientes y, cuando carezcan de poder econ�mico, en esclavos. La ca�da de los Estados naci�n llevar� su sello y, por el camino, nuestra identidad como ciudadanos se convertir� en un recuerdo lejano.El 8 de julio, junto a las noticias de la cumbre de la OTAN, apareci� un anuncio a toda p�gina en el Financial Times. Patrocinado por un consorcio de grandes bancos internacionales, felicitaba a los pa�ses fundadores reunidos en la cumbre de la OTAN por la creaci�n del Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia (DSRB). El anuncio celebraba la misi�n de esta nueva entidad: movilizar capital privado para financiar y ampliar la base industrial de defensa de los aliados. En otras palabras, el dinero que nunca aparece para atender a los pobres, establecer una mayor igualdad social o, simplemente, disponer de m�s m�dicos o enfermeras en los servicios de urgencias, se destinar� a las armas y a la tecnolog�a militar. Dicho con mayor claridad, el riesgo volver� a socializarse y el beneficio ser� privatizado.Pero esta vez no ser� un episodio aislado, como la crisis de 2008, cuando todos pagamos la crisis del gran capital. Ese mismo escenario econ�mico ser� la norma. Trump es el dirigente lo bastante desvergonzado y despiadado como para pedir a los l�deres mundiales que hagan precisamente eso, y por eso es �el elegido�. Y con semejante forma de actuar, resulta completamente l�gico que sea �ntimo amigo de Erdogan. Ese largu�simo paseo cogidos de la mano y el hecho de presentarlo como el dirigente ejemplar ante los l�deres europeos cobran as� todo el sentido.Ece Temelkuran es periodista y una de las columnistas m�s influyentes de Turqu�a. Premio Internacional de Periodismo de EL MUNDO, es autora de Juntos: un manifiesto contra el mundo sin coraz�n (Anagrama, 2022)