Hay cumbres que se cierran con una foto de familia, cumbres que acaban con una declaración conjunta y cumbres que se clausuran a punta de pistola. La de la OTAN en Ankara empezó con el desatado Donald Trump llamando “inútiles” a los europeos y “causa perdida” a España. Y con ese arranque y ese presidente que se han dado los estadounidenses era lógico preguntarse si algo más podía salir mal. Todo era susceptible de empeorar. Y empeoró cuando al anfitrión turco solo se le ocurrió repartir revólveres personalizados cargados con munición real a todos los jefes de gobierno presentes. Entre el arranque y el estrambótico final, el encuentro sirvió para mostrar un retrato feo y poco halagüeño sobre el punto en que se encuentra la relación transatlántica: humillación verbal y armas de fuego.
Recep Tayyip Erdogan podría haber entregado a los asistentes un surtido de baklava, un pañuelo de seda o una pipa artesanal esculpida a mano en espuma de mar, pero prefirió un objeto diseñado para matar, personalizado a modo de pluma estilográfica. Así que no hacían falta las palabras para explicitar que allí se hablaba el lenguaje de las armas y que uno de los asuntos clave del cónclave era la apuesta decidida por aumentar la inversión en artefactos militares.










