La cumbre de líderes de la OTAN en Turquía visibilizó que detrás de las fricciones diplomáticas, se consolida una realidad económica y estratégica: la industria armamentista de los Estados Unidos está logrando beneficios históricos gracias a las políticas de la Casa Blanca. Este encuentro puede ser descrito como una cumbre de dos caras. La primera de ellas estuvo dominada por la figura de Donald Trump, quien acaparó la atención mediática, sumado a su sorpresiva decisión de lanzar nuevos ataques aéreos contra Irán. Además, el mandatario estadounidense no tuvo reparos en criticar la falta de lealtad de sus socios, en exigir un mayor gasto en defensa e insistir en su deseo de tomar Groenlandia. Sin embargo, detrás de este aparente caos y hostilidad, operó una segunda cumbre, mucho más silenciosa y pragmática. El objetivo central de esta transformación es que los países europeos asuman la responsabilidad de la defensa del continente. Al forzar a Europa a sostenerse militarmente, Estados Unidos queda liberado para enfocar sus recursos, su capacidad de disuasión y su poderío económico en contrarrestar el ascenso de China.

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