El Mundial, como cada cuatro años, nos ha enseñado más sobre nosotros como sociedad que muchos análisis. Hemos visto sorpresas de manual, de esas de David contra Goliat: la modesta Cabo Verde primero rescató un empate heroico ante una España que llegaba como una de las grandes favoritas y luego plantó cara a Argentina en dieciseisavos. Y qué decir de Paraguay, protagonista de la histórica eliminación de Alemania antes de caer ante Francia. Confieso que, como cada cuatro años, he esperado este torneo como un niño. Quizá por eso el Mundial siempre termina pareciéndose a algo más que un torneo. Cada cuatro años creemos que vamos a ver fútbol y terminamos viendo una versión condensada de nosotros mismos. Y este año, mientras trabajaba en el nuevo Informe sobre democracia y desarrollo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), no dejaba de pensar que muchas de las preguntas que nos hacemos sobre nuestras democracias también aparecen, curiosamente, cada vez que rueda un balón. El fútbol es uno de los espejos más honestos de una sociedad. En él aparecen, condensadas, muchas de nuestras virtudes y también nuestras contradicciones: quién puede participar, quién queda fuera, cómo se distribuyen las oportunidades, cuánto pesan las reglas y cuánto pesan los recursos. Más que ningún otro deporte, el fútbol permite mirar una sociedad en miniatura. Conviene observar América Latina y el Caribe a través de ese espejo. Lo que devuelve no siempre es cómodo, pero suele ser revelador.