Muchos periodistas que siguen a Donald Trump de cerca desde que volvió a la Casa Blanca afirman que ya no es el que era hace un año y medio, que está cansado, que dosifica sus apariciones públicas, que se le ve más veces sentado que de pie. No en vano, las previsiones de la Casa Blanca muestran que el presidente de EEUU no tiene una sola aparición pública prevista para todo el fin de semana: con sus posts en Truth Social tiene bastante. Y en ellos es capaz de amenazar a Irán, dar por terminada la tregua, anunciar nuevas negociaciones, insultar al Senado por no aprobar su reforma de la ley electoral y dejar que entre en vigor la ley de vivienda sin su firma como pataleta.
Así, el presidente de EEUU se ha dedicado esta semana a desatar el caos generalizado, después de exprimir los fastos del 250 aniversario de la independencia del país para mayor gloria de su persona –con velada sangrienta en la Casa Blanca incluida– y de su agenda ultra.
Trump también se ha dedicado en sus discursos públicos a agitar los fantasmas del enemigo interno y del “cáncer del comunismo” ante el avance de candidatos socialistas democráticos en las primarias demócratas. Mientras tanto, la Administración Trump mantiene la presión sobre organizaciones pacifistas y movimientos sociales que se han movilizado contra el genocidio en Gaza, los ataques a Venezuela e Irán y la asfixia a Cuba, como CodePink y el People's Forum, entre otros.













