El conocido y hasta popular aforismo italiano traduttore, traditore deja claro que toda traducción es una versión en realidad imposible de una lengua a otra. La romántica idea, Herder mediante, de que la lengua nos define y nos configura, así que cualquier traducción es una traición, una interpretación. Por el camino desaparece la supuesta esencia de una forma única de ver y entender el mundo. Cada lengua, en suma, configura un cosmos distinto, es hija de una determinada cosmovisión que es, por definición, intraducible. Y sin embargo, aunque se pierdan tal vez matices, la traducción forma parte de nuestras vidas y hace avanzar este planeta diverso y de múltiples lenguas.Si seguimos con los tópicos, desde hace mucho les decimos a nuestros hijos que deben aprender y saber idiomas. Y que eso les abrirá la mente y las puertas del orbe. Saber lenguas, el don de lenguas, si se quiere, es una de las mejores herencias que podemos legar. Al menos hasta ahora, porque las bases de datos con capacidad asociativa que hemos dado en llamar (¡menudo error!) inteligencia artificial nos prometen un futuro inmediato en el que más pronto que tarde serán realidad los traductores simultáneos de cualquier idioma de la galaxia que de niños vimos en las manos del capitán Kirk y del señor Spock de Star Trek. Xavier Cervera / archivoYa no van a ser necesarios los traductores, esos sabios ensimismados y acostumbrados a dar vueltas a una palabra o frase y sus muchas aristas. Las máquinas harán que nos entendamos en cualquier parte del mundo. De hecho, el algoritmo o lo que sea ya lo está haciendo. Y aunque a menudo las máquinas cometen errores de bulto, no son más que anécdotas graciosas en el imparable avance del progreso. O eso creen algunos, porque lo obvio es que la que podemos llamar traducción automática es obtusa e impregna cualquier texto de una vulgaridad primigenia. Solo ve lo muy evidente y hasta así se equivoca.Uno puede entender el afán, muy humano, de superar la torre de Babel y llegar a una lengua universal –¿recuerdan el sueño del esperanto?– o la fantasía actual de que un reservorio mecánico de todas las lenguas humanas nos llevará a la comprensión universal del otro. En unos años nadie necesitará hablar otra lengua que no sea la suya propia…Me parece mentira que no sepamos ver el grado de empobrecimiento cultural social e individual que supondría el fin de la traducciónMe parece mentira que no sepamos ver el grado de empobrecimiento cultural social e individual que supondría el fin de la traducción. Y no solo porque crea que es casi imposible que encontremos la sensibilidad y capacidad necesarias en la acumulación estadística, sino también porque no deberíamos permanecer indiferentes ante la posible desaparición –o casi– de uno de los oficios más hermosos, necesarios y radicalmente humanos.No tengo dudas de que, como herramienta auxiliar, la inteligencia artificial –aceptemos pulpo como animal de compañía– ayudará a los propios traductores y puede facilitar su labor, pero pedirle que el programa o lo que sea ejecute con su talento reducido a lo que ya conoce y memorizó una obra literaria va a ser como decir a un robot que interprete a Chopin al piano. Aún no estamos ahí.Las medianías lo tienen cada vez más difícil en este brave new world que se nos viene encima, pero habría que romper un bosque de lanzas por la traducción, porque somos descendientes de ella. La Escuela de Traductores de Toledo, aunque no fuera más que una sucesión de iniciativas ni siquiera simultáneas, supuso un enorme impulso al saber universal a partir del siglo XII, cuando eruditos árabes y judíos ayudaron a salvar buena parte de la cultura clásica llevándola al latín vulgar y al castellano. Se implicaron en ello desde Fernando III hasta Alfonso X, por algo llamado el Sabio. Y la Escuela, o lo que entendemos como tal, de Toledo a Murcia, supuso un tiempo de esplendor y desarrollo de la España medieval, que irradió a todos los países de nuestro entorno.Francia, Italia, Inglaterra y Alemania bebieron de una fuente que dejó un rastro de palabras cuyo origen está en aquellos traductores que partían de lenguas distintas, pero que pusieron en común eso que todavía nos hace humanos y que trasciende: una voluntad por conocer, saber y aprender. Y la generosidad de compartirlo. La peor traición, hoy, sería olvidarlo.