El gran problema de estos tiempos es que la justicia se ha vuelto la herramienta política más usada en nuestras sociedades
La injusticia del hecho clama al cielo: acabo de descubrir que este diccionario perezoso nunca se ha detenido en la palabra justicia.
La palabra justicia, de iustitia, es el latín más claro y es justicia, porque lo que entendemos por tal nos viene de Roma. Pero las infinitas diferencias. El famoso derecho romano incluía, por ejemplo, el derecho de poseer personas, una persona, miles de personas: los llamaban esclavos y eran lo más común, perfectamente justo.
Porque eso es, sintetizando, la justicia: la expresión de los pactos a los que ha llegado una sociedad en un momento dado. Si, dos mil o doscientos años atrás, los ricos poseían personas, era justicia tener esclavos. Si cien años atrás los hombres dominaban, era justicia que las mujeres no votaran. Y hace menos, dios mediante, era justicia condenar a los que se besaban con su propio sexo.
Justicia es complicada, sus dos sentidos tan distintos: está lo “justo”, por un lado; por el otro, lo “ajustado a la ley”. Lo que se considera “justo” es variable, siempre una opinión: depende de la moral de cada, y no hay nada más opinable que una moral, el conjunto de normas que —aparentemente— rigen cada vida, producto mutante de un momento y una sociedad. Lo “ajustado a la ley” también admite discusiones, pero solo de ajuste: se trataría de interpretar lo mejor posible un texto —supuestamente— preciso y definido.












