Cartas desde el subsueloDurante d�cadas hemos asistido a tu representaci�n: v�ctima, hero�na, ca�da, encierro y sacrificioActualizado Viernes,

julio

23:43Te escribo cuando todav�a resuena el eco helado de las estancias desiertas y las cajas de zapatos acumul�ndose en los armarios de tu antigua finca, a la que pudimos asomarnos con morbo en el El precio de Cantora, formato televisivo expedido el pasado mi�rcoles por Telecinco. Lo cierto es que nunca te acabas de ir del todo, te has vuelto un mecanismo narrativo esencial de nuestro pa�s, el fleco cosido al bajo de la bandera nacional. En este extens�simo culebr�n te hemos visto cruzar la frontera entre la promesa folcl�rica pop hasta convertirte en la viuda del torero, que exhib�a, apesadumbrada, perlas de Macarena incrustadas en las mejillas.Despu�s vendr�a la lenta metamorfosis en un ar�cnido venenoso encerrado en una fortaleza. El enclaustramiento fue el recurso escapista que vino tras el esc�ndalo marbell� del caso Malaya, del que ahora se cumple el vig�simo aniversario. Dado que vivimos en un festival de la nostalgia, las truculencias son tambi�n material susceptible de conmemoraci�n medi�tica y bandas tributo, si fuese necesario. Al final result� ser una historia mafiosa a tres bandas que bien podr�a haberse estampado en un film neonoir: la esposa rubia enga�ada, y t�, la femme fatale que despleg� sus garras traperas, clavadas en la espalda del alcalde, Juli�n Mu�oz. Esa fue la versi�n que se impuso, como si los astros ya la hubieran escrito sobre el albero.�Qui�n no estuvo pendiente de vuestros revolcones con cubata en el camino del Roc�o? Aquellas im�genes nos mantuvieron pegados a la pantalla. Porque el drama, con su arco ascendente hasta alcanzar el cl�max, para luego desatar el nudo en una cuesta polvorienta entre carromatos hacia la c�rcel, es una droga potent�sima. Algo parecido a la metadona emocional. Nos atraen el ritmo y la emoci�n; son la m�sica que nos ayuda a digerir el bocado vital.Cuenta Pascal Quignard en La lecci�n de m�sica que la tragedia nace de un invento griego y que su significado literal es, �oh!, qu� maravilla, �el canto del macho cabr�o�. Entre palmas y desga�ites at�vicos, el pueblo se entreten�a con la muerte mientras Esquilo y S�focles guiaban al coro en el teatro, ese lugar donde mirar y ser mirado. El primer d�a del ritual, sacrificaban a una cabra (no hay animal m�s rociero, mi alma). El balido del chivo expiatorio cargaba con los pecados o lo que fuese, bajo el escrutinio de un pueblo convertido en espectador. El �ltimo d�a sonaba la trompeta, fin de fiesta, como podr�a ahora sonar una copla o un bolero de Juan Gabriel.Durante d�cadas hemos asistido a tu representaci�n: v�ctima, hero�na, ca�da, encierro y sacrificio. Necesitamos relacionarnos con lo tr�gico para experimentar un subid�n euf�rico, as� que tomamos prestadas las tragedias ajenas, como la tuya. A�n necesitamos saber de ti para recordar que la sangre, roja y brillante, sigue goteando en el coso. La contemplaci�n del dolor nos lleva a la catarsis, nos libera haci�ndonos sentir que aqu� estamos, que somos hijos de Dionisio. Es la fricci�n del esp�ritu: por eso no podemos dejar de mirar el accidente en la carretera.Ahora has recogido tus pertenencias de la finca y te has marchado con la m�sica a otra parte. Cantora se queda atr�s, como un escenario vac�o. Se despide una medio andaluza a la que se le enamora el alma.