Cartas desde el subsueloLos pechos grandes nos convierten en un objetivo incendiario, en ninots al borde del crematorio. Adquieren tal protagonismo que eclipsan todo lo que hay detr�sActualizado Viernes,
julio
23:15Te escribo, parafraseando a la Jurado, desde el mejor sujetador mental posible: el prevacacional. He le�do tu entrevista del pasado lunes en este peri�dico y no puedo evitar detenerme en la parte en la que aludes, una vez m�s, a tus prominencias tor�cicas con la frase: "No me voy a extirpar el pecho para que los fachas est�n m�s contentos". Los tuyos, desgraciadamente, han sido mencionados por aqu� y por all�, en programas rancios con comentarios lamentables. Tus pechos dejaron de ser �nicamente tuyos hace tiempo. Y no sabes c�mo te entiendo: a veces nos parecen dos extra�os colgados de nuestro perchero, capaces de provocarnos un malestar f�sico y otro, por desgracia, mucho m�s invisible. Lo que sucede contigo no es un fen�meno nuevo. Me pregunto desde hace mucho por las inclemencias que nos azotan a las mujeres cuando el per�metro sobresale m�s all� de lo conveniente. Los hay de distintos tama�os y formas y, tanto si tienes de m�s como de menos, tu vida puede verse condicionada por aquello que la naturaleza, los genes —y �oh!, la medicina est�tica—, haya decidido para ti. A veces pueden sentirse como una carga cuando sabes que se convierten en el dardo perfecto para la humillaci�n, la sexualizaci�n o la caricatura. Tuve pesadillas con la canci�n�Ramona Pechugona. Una mujer bien dotada siempre se ha percibido como algo vulgar. Pero �qui�n decidi� que los pechos grandes eran sin�nimo de ordinariez? Desde luego, nosotras no. No parece ortodoxo atribuir cierta elegancia a una mujer cuando, adem�s de ejercer de tertuliana y analista pol�tica, a�ade una lengua larga que se despliega, pesada, como una ametralladora de barra de bar. Algunos parecen no querer a una mesonera (!!!) en la tribuna. Recordemos a Dolly Parton: por muchas excelentes canciones country que haya compuesto, siempre habr� un idiota dispuesto a lanzar un chiste al viento. Los pechos grandes nos convierten en un objetivo incendiario, en ninots al borde del crematorio. Adquieren tal protagonismo que eclipsan todo lo que hay detr�s. Y a veces hay que enmascararlos para que no chillen demasiado. Porque los pechos hablan antes de que t� puedas emitir cualquier sonido con la garganta. As� que, por mucho que alces tu voz antifascista en los plat�s de televisi�n, siempre tendr�s a un pu�ado de hombres —y tambi�n de mujeres—, ya sean de la manosfera ib�rica o de Bollullos del Condado, pidiendo tus preciados senos de Santa �gueda. Ellos se han convertido en la antesala de tu descr�dito izquierdoso. Has cubierto un nicho medi�tico que no exist�a y en el que, eso s�, pareces sentirte c�moda: el de una mujer contempor�nea de rasgos instagrameables, con escote vertical que atraviesa la pen�nsula y el rol feminista pintado de rojo, como un tomate de la huerta. Nadie deber�a ser medido por el injusto rasero del cent�metro c�bico mamario. Tampoco las�tradwives, por mucho que nos tiente. Ni nuestras madres, ni siquiera esa t�a a la que no soportas, ni Sabrina ni Danuta. Los pechos siguen siendo territorio inh�spito. Que se lo digan a Sydney Sweeney. Vuelvo de nuevo a la entrevista. Reviso los comentarios.�Cero. Qu� triste —y qu� necesario en este caso— tener que colocar un esparadrapo forzoso para impedir una hoguera incombustible de ira. Se despide, una mujer con mucha pechonalidad.







