Una de los problemas de los nuevos programas de Telecinco es que, en realidad, todos parecen querer ser el mismo. A la cadena le cuesta escapar de las influencias de Sálvame, que se ve que ha marcado más de lo que debería dentro y fuera de Mediaset. Incluso en los programas de política. El Show de Paz, al cuarto programa, ya hizo un cebo salvamizado: especuló durante toda la emisión del domingo del reencuentro entre Paz Padilla y Aramís Fuster diez años después de que Padilla cantara a la bruja una saeta. Y, claro, Aramís se molestó, pues subrayaba con humor uno de sus montajes para torear a la tele. Pero, la "reconciliación" retransmitida" solo fue un reclamo vacío. La aparición de Fuster se dejó para el final del programa y se ventiló con cuatro palabras hacia ninguna parte. Ahí se muestra uno de las debilidades de la televisión actual: sin apostar por contenido no se suman espectadores. Los anzuelos polémicos pueden subir unas décimas un día pero si luego no hay historia la gente ya no aguanta en el canal como antes. Pero El Show de Paz no quiere hacer aquello que llaman corazón e intenta sustentarse en una mezcla de bromas de cámara oculta y testimonios a los que poder ayudar. Los primeros se pueden ver directamente en TikTok, los segundos merecen un enfoque más de nuestro tiempo. Lo hace muy bien Jorge Javier Vázquez en El diario de Jorge, huyendo de la pena, la telelimosna y rascando en el aporte social de las historias más allá de la lágrima. Es la forma en la que la sonrisa de Ellen DeGeneres adelantó en audiencias a Oprah y su talk show lacrimógeno. Eso pasó en los años 2000, pero ahora ya estamos en 2026. La audiencia española, también. El show de Paz crecería siendo un programa con un invitado diario que se mantuviera en gran parte de la emisión y que se repasara su vida. Por ejemplo. No se quiere hacer corazón, pero se puede hacer historia de personalidades. Con ayuda de una de las buenas ideas del formato, que es que los secundarios del programa se mantengan en plató durante varias horas. Siempre están a mano. Lo malo es que no son personas con la verborrea para aportar algo constructivo sin un guion definido. Entonces, se nota que no saben qué hacer en directo. Se ven forzados. Su función en el estudio está sin definir. Excepto la de Fabiola, que es la embajadora de las buenas causas. Pero Roi Méndez y Jimmy Castro como copresentadores, y Lola Padilla, como contrapunto de hermana mayor de Paz, son buenos engranajes para provocar momentos en un espacio que necesita rodar. Para encontrar su sitio. Y, sobre todo, encontrar un contenido de hoy por una vía más realista de la que se han planteado hasta ahora. Porque es un espacio de fin de semana. Y en fin de semana queremos empatizar, no un programa de terapia por alguien que no es terapeuta. Queremos la evasión, el soñar, el coger aire del sábado y del domingo, no la condescendencia que invita a cortarse las venas.
El reencuentro de Paz Padilla y Aramís Fuster: lo que evidenció de una tele que ya no funciona
Al cuarto programa se recurrió a una fórmula de cebo tipo 'Sálvame'.












