No es ninguna sorpresa que el capitalismo lo absorbe todo. Vivimos un tiempo en el que todo se ha convertido en un producto consumible: nuestras vidas, los lugares a los que viajamos, la salud mental, la menopausia, la orientación política, el malestar... Hagan la prueba y abran cualquier red social. El algoritmo, que les conoce mejor que su propia madre, les ofrecerá, con absoluta precisión, el contenido que mejor se ajuste a sus inquietudes. Si tienen insomnio porque viven asfixiados por la precariedad laboral, el precio de la vivienda, la falta de tiempo para mantener vínculos sociales o la dificultad para conseguir asistencia médica, lo más probable es que terminen canalizando su angustia enganchados a un scroll infinito de reels que les hablarán de cortisol, suplementos de magnesio, ritmos circadianos y pautas de alimentación.
Ese precioso tiempo de nuestra vida no lo dedicaremos a movilizarnos, y se lo regalaremos a Elon Musk, Mark Zuckerberg y todos estos señores que sustentan los sistemas que nos oprimen. Les haremos más ricos con nuestra atención. Y sí, también nos compraremos los suplementos, tengo toda una colección en mi mesita de noche.










