Durante años imaginamos el fin de la privacidad como una escena de ciencia ficción: un Estado totalitario, cámaras en cada esquina, un poder oscuro que nos espía sin permiso. La realidad fue menos épica y mucho más eficaz. No hubo asalto. Hubo seducción. No entregamos nuestra intimidad de una sola vez: la fuimos cediendo de a poco, gesto por gesto, casi sin darnos cuenta, a cambio de un servicio gratuito, una notificación oportuna y, sobre todo, la pequeña descarga de placer que produce un like. Esa es la matriz incómoda que recorre El fin de la privacidad ¿para siempre?: la privacidad no desapareció de golpe ni por la fuerza. Se diluyó. Se fue evaporando en una suma de decisiones cotidianas que tomamos casi sin pensar, aceptar términos que nunca leímos, compartir una foto, buscar un síntoma, marcar nuestra ubicación en un mapa. Cada uno de esos gestos, inofensivos por separado, construyó algo enorme: un retrato nuestro más preciso que el que tenemos de nosotros mismos. A ese retrato lo llamo el yo digital. No es un avatar ni un perfil de red social. Es la versión de nosotros que las plataformas reconstruyen a partir de nuestras huellas: qué nos enoja, qué nos seduce, a qué hora somos vulnerables, qué vamos a comprar antes de saber que lo necesitamos. Ese “yo digital” se convirtió en la materia prima de una de las industrias más rentables de la historia. Y como toda materia prima, se extrae, se procesa y se vende.