10 de septiembre, 2026 - 08h00La avalancha de publicidad –me divierte ver la prensa de inicios del siglo XX que se conformaba con insignificantes cuadritos en medio de las noticias– siempre me hace pensar en el llamado a consumir. Las redes han facilitado el asunto: cualquiera se pone frente a una cámara y desenvuelve paquetes con el preciado tesoro. Y admito que una no se hace la pregunta “¿Lo necesito?”, sino que inmediatamente lo desea. O cree que tiene una necesidad, de la que no se había dado cuenta. Vivimos rodeados de objetos, trapos, suvenires que si desaparecieran no ocurriría mucho: un poco de aburrimiento, tal vez nostalgia, por aquello de que vestirse con escasa indumentaria es tedioso (sin embargo, qué cómodos eran los uniformes); o porque las cositas que fueron dejando las personas y los viajes son portadoras de significado. Emprender el levantamiento de un hogar con un sentido de la elegancia y la decoración ya es otra cosa. Y está al alcance de pocos. Con tener un hábitat protector, ordenado y cómodo, es suficiente para la numerosa clase media y sus gradaciones internas. Ahora, el llamado a consumir integra, principalmente, la gastronomía. El negocio más a la mano es ofrecer comida, sea en unas mesitas en la vereda o hacia domicilios con delivery. Tentar al público con las delicias para el paladar tiene mucha acogida en los presupuestos personales y familiares. Felizmente, el servicio doméstico se independizó de los fines de semana (¿recuerdan a las empleadas que trabajaban los domingos para dar de comer a los hijos casados y los nietos de los patrones?), y eso ha incluido la costumbre de “pedir comida” para mantener los encuentros con la parentela. Prácticas de nuestro tiempo que vacían los bolsillos. Con el tiempo, se incrementaron los viajes. Antes, las vacaciones escolares justificaban algún esporádico viaje a la playa (yo hacía trabajos manuales, oía radionovelas con mis tías como hechos naturales de días sin clases). ¿Desde qué año los padres sintieron que sus hijos no tenían niñez si no visitaban Disneyworld o los inscribían en “vacacionales”? Claro está que las madres que salen a trabajar ya no pueden acompañar a los niños en el tiempo de casa, pero me produce tristeza el crecimiento del “negocio” educativo y no la madurez de la educación, tan diferentes. Entonces, se amplió la franja de las personas que pueden viajar, con los ajustes económicos y ofertas para ello, brindando una rica oportunidad de conocimiento y exploración al ciudadano común. Para gente de mediana posibilidad, el viaje anual figura en el plan de vida. Se puede preparar con estudios previos, época oportuna y destinos ideales, para no formar parte de la ciega legión de turistas que sienten más importante tomar la foto que observar, como experiencia única, el paisaje, edificio o monumento que cifra hitos de historia mundial.Leí que el mes pasado fue el mejor para venta de vehículos, lo que suena muy bien como movimiento económico, pero es un desastre dentro de una ciudad que no planifica el desarrollo urbano a base del incontrolable crecimiento del tránsito. Al contrario, contamos con más desgracias viales, embotellamientos y escasez de estacionamientos. No luzco optimista comentando el consumo. Es que los excesos que nos echamos encima son mayormente banales. (O)
Cecilia Ansaldo Briones: Consumir | Columnistas | Opinión
Vivimos rodeados de objetos, trapos, suvenires que si desaparecieran no ocurriría mucho...







