Miguel González es un consumidor peculiar: apenas compra y cuando lo hace adquiere cosas ya usadas. A este gallego de 29 años no le convence nada el consumismo que ve en todos lados, le preocupa de verdad la sostenibilidad del planeta. Cree que los gobiernos deberían prohibir la publicidad. Dice que por ahí es por donde las empresas se meten en nuestras cabezas y dan forma a nuestros deseos, y con estos, a nuestras compras. Por eso comparte un truco que a él le ayudó a poner coto a su impulsividad. “Anoto en una lista eso que tengo el pronto de comprar y, una semana más tarde, la repaso”. Tiene dos cosas en su lista de contención: unas ruedas de carbono para competir con su bicicleta y una mochila de hidratación para beber mientras practica su gran afición. “Lo primero por ahora me parece un lujo prescindible. Y tengo una bolsa para el agua de la que llevo tirando 15 años, no me decido a buscar otra”. Cuando lo haga, se hará con una de segunda mano que adquirirá a través de la aplicación española Wallapop, o en la belga 2ememain, pues vive y trabaja en Bruselas. Sus amigos lo consideran un poco friki.

Los consumidores como González, los que sitúan la sostenibilidad como su gran preocupación, son un 2,2% de los españoles, según el CIS. Casi cuatro veces más que hace 10 años (entonces eran el 0,6%), pero siguen siendo un nicho similar al que forman los veganos. “Tras una catástrofe climática como la dana de Valencia pasaron a ser, según el CIS, el 5%, pero pronto volvieron a decaer”, dice por teléfono Albert Vinyals Ros, autor de El consumidor tarado y profesor de Psicología en la Universidad Autónoma de Madrid.