En el CEIP Ramiro Solans de Zaragoza resulta difícil saber dónde termina la escuela y dónde empieza la comunidad. Mientras los niños entran en clase, varias madres magrebíes cruzan el patio para asistir a las clases de español. En otra sala, un grupo de profesoras jubiladas prepara el material con el que enseñan a leer y escribir a mujeres que nunca tuvieron esa oportunidad, ni siquiera en su país ni en su propio idioma. Y unas puertas más allá, las integrantes de Hilvana, el taller de costura alojado en el centro, empiezan la jornada alrededor de sus máquinas de coser. Todo sucede al mismo tiempo y nada parece ajeno a la vida del colegio.En una de las aulas de Primero, madres y padres comparten una sesión de lectura con sus hijos. Mientras la actividad continúa, Diego Escartín, tutor del curso, señala discretamente a uno de los pocos hombres en el aula. Es el padre de Fátima, de Gambia. Trabaja de noche y, antes incluso de irse a dormir, ha pasado por el colegio para participar en esta actividad con su hija. “Se trata de compartir espacio de aula con las familias y que entren en el aula, que para nosotros es algo fundamental. Aquí ese vínculo es muy importante porque esa confianza es la que ha conseguido que entiendan cada vez más la importancia de la educación para sus hijos e hijas”, explica. Ese modo de entender la escuela es, precisamente, el que ha llevado al Ramiro Solans a recibir el Premio Escuela del Año 2024 de la Fundación Princesa de Girona. El reconocimiento distingue una transformación educativa y social que ha convertido a un antiguo colegio gueto en un referente para la escuela pública. Pero recorrer sus pasillos durante una mañana invita a pensar que el verdadero cambio no empezó en las aulas, sino en la relación que el centro fue capaz de construir con las familias y con un barrio que durante demasiado tiempo vivió de espaldas a la escuela.Hace dos décadas, las cifras cuentan otra historia. Cuando Rosa Llorente, hoy directora, llegó al Ramiro Solans como orientadora, el fracaso escolar rondaba el 95 %. Dos décadas después, el colegio acredita tasas de éxito educativo de entre el 70 % y el 80 %, el absentismo ha caído del 40 % al 4 % y la conflictividad se ha reducido del 45 % al 3 %: “Lo fácil era resignarse y buscar justificaciones en el contexto”, recuerda. “Pero nosotros aprendimos a elevar expectativas, a soñar en grande y a creer que era posible”. Sentadas a la misma mesaHubo un tiempo en que las mujeres gitanas del barrio Oliver no querían compartir taller con las recién llegadas de Marruecos. “Cuando entraron las marroquíes no queríamos apuntarnos con ellas. ¿Sabes por qué? Porque hablaban entre ellas y pensábamos que igual nos estaban insultando”, recuerda una de las integrantes más veteranas de Hilvana. La profesora empezó entonces a sentarlas por parejas, una marroquí junto a una española. Dos décadas después, aquella misma mujer sonríe al recordar el desenlace: “Ahora son nuestra familia. Sin ellas no sabemos estar”. Lo que ocurrió en aquel espacio acabó desbordando las cuatro paredes donde empezó. “Con diferentes estrategias para crear lazos conseguimos que se conocieran, que se empezaran a respetar, a querer, y se ha creado un clima precioso”, resume Amparo Jiménez, jefa de estudios. La costura fue solo la excusa; porque lo que el colegio buscaba era mucho más ambicioso: encontrar una manera de acercarse a unas familias que apenas cruzaban la puerta del centro más allá de las tutorías o cuando surgía algún problema. Durante años, el Ramiro Solans organizó escuelas de familias con la intención de implicarlas más en la educación de sus hijos, pero apenas acudía nadie. “Nos estampamos. Nos dimos cuenta de que estábamos ofreciendo respuestas a preguntas que nadie nos había hecho”, explica Llorente. “A las familias”, añade la directora, “lo que menos les importaba era que tú les explicases cuáles eran los objetivos del curso o los contenidos curriculares”. Todo cambió cuando empezaron a invitarlas a entrar en las aulas y ver a sus hijos aprender. “Decían: “¡Pero si sabe dividir, si sabe multiplicar!”. Muchas empezaron a mirar la escuela de otra manera. A partir de entonces, el colegio dejó de preguntarse qué quería enseñar a las familias para empezar a preguntarles qué necesitaban. “Innovar, a fin de cuentas, es dar respuesta a las necesidades que tienes delante”, sostiene. Aquellas conversaciones cambiaron la hoja de ruta del centro y fueron naciendo muchos de los proyectos que hoy definen su identidad. Algunas mujeres necesitaban aprender español para poder hablar con los profesores de sus hijos o desenvolverse con mayor autonomía. Otras, aprender competencias digitales para pedir una cita médica, consultar el correo electrónico del colegio o realizar trámites cotidianos sin depender de otras personas. Hilvana, que había nacido como un espacio de encuentro, terminó convirtiéndose también en un proyecto de inserción sociolaboral. Hoy confeccionan bolsas, delantales o mochilas para entidades del barrio y para instituciones como el Gobierno de Aragón, han participado en festivales y sus diseños han llegado incluso a la Aragón Fashion Week. Para que ninguna mujer tuviera que renunciar a asistir a estas actividades, el centro habilitó además un servicio de guardería para los hijos más pequeños.Aprender para decidirCada mañana, una veintena de madres se reúne en una de las aulas del Ramiro Solans para participar en Descubriendo Juntas, un programa financiado por la Fundación CAI que combina lengua castellana, cultura y competencias digitales. “Nos centramos en habilidades que les resulten útiles en su vida diaria”, explica Luis Ortáriz, responsable del proyecto. Aprenden a pedir una cita médica, utilizar Google Maps, preparar una presentación o expresar qué les duele a ellas o a sus hijos cuando acuden al médico, “competencias que muchas veces damos por supuestas”. Además, añade, el aula acaba convirtiéndose también en “un espacio de convivencia porque muchas de ellas apenas salen de casa”. Esta mañana, están aprendiendo a hacer presentaciones sobre sus ciudades de origen, porque muchas aprovecharán el verano para regresar y quieren enseñárselo a sus compañeras.Entre ellas está Hanan. Llegó hace ocho años desde Marruecos y comenzó asistiendo a las clases de español. Hoy participa también en las de competencias digitales y ayuda a otras compañeras con menos nivel, porque en el grupo hay mujeres sin alfabetizar en su propia lengua y otras que ya tienen un B1 en español. “Aprendimos a hablar, a ir al médico, a hacer cosas de la vida fuera”, explica. “Ahora ayudo también a mis amigas con informática”. Mientras habla, recuerda que su hijo pequeño estudia en Infantil y que el próximo curso también llegará al colegio el menor de la familia. Para ella, el aprendizaje ya no consiste solo en entender mejor el idioma, sino en poder desenvolverse con mayor autonomía y acompañar la educación de sus hijos.Aprender empieza mucho antesHay algo que llama la atención nada más recorrer el Ramiro Solans: la calma. En un colegio donde conviven alumnos de tantas nacionalidades y muchas familias afrontan situaciones de gran vulnerabilidad, sorprende el ambiente sereno de las aulas. Después del recreo, una clase de Primaria forma un círculo. Durante unos minutos nadie abre un cuaderno. Los niños cierran los ojos, respiran despacio y siguen las indicaciones de la profesora y, por turnos, cogen trozos de varios tipos de frutas de una bandeja situada en el centro. La escena forma parte de Aulas Felices, un programa basado en la psicología positiva que el centro incorporó hace años para trabajar el bienestar emocional, la atención plena y las fortalezas personales. “Todo el colegio, fundamentalmente después del recreo, pone en marcha distintas técnicas de atención plena que les ayudan a vivir el momento presente, a favorecer la atención y la concentración y a bajar ese tono vital con el que vienen del recreo”, explica Llorente. Pero insiste en que esos minutos de silencio son solo la parte visible de un trabajo mucho más profundo. “Tenemos un alumnado con un bagaje emocional importante, y esa es la razón de ser del programa”. Antes de pedirles que aprendan, sostiene, la escuela tiene que ofrecerles herramientas para reconocer sus emociones, gestionarlas y sentirse seguros dentro del aula.Los efectos, asegura, trascienden incluso el centro. Recuerda el caso de una alumna de quinto de Primaria que, después de trabajar en clase con una botella de la calma, decidió fabricar otra para su madre. “Le dijo: “Mamá, cuando te pongas nerviosa, haces esto”. Para la directora, ese pequeño gesto resume el sentido del proyecto: las herramientas emocionales que aprenden los niños acaban llegando también a sus casas.La regulación emocional continúa después en la propia organización de las clases. Cuando los alumnos regresan del patio, vuelven a reunirse en asamblea antes de retomar las actividades. “Suben muy nerviosos”, explica Irene Núñez, tutora de Segundo de Primaria. Ese momento sirve para hablar de cómo se encuentran, resolver pequeños conflictos y preparar al grupo para el aprendizaje. A partir de ahí, el trabajo se adapta a ritmos y necesidades muy diferentes. Hace años que el libro de texto dejó de ser el eje de la enseñanza porque, explica Núñez, “te demuestra un aprendizaje estándar y tú en el aula tienes una realidad de 20 niños diversos y con necesidades que el libro no ajusta”. Por eso las actividades cambian de un grupo a otro, los materiales se adaptan continuamente y el aprendizaje se organiza de formas distintas según las necesidades de cada alumno.Elevar las expectativasEn otra de las aulas, alumnos de sexto observan cómo una sustancia blanquecina empieza a aparecer en el interior de un pequeño tubo de ensayo. Acaban de extraer el ADN de una fresa utilizando agua, sal, detergente y alcohol. La actividad la dirige Marta Baselga, investigadora posdoctoral del Instituto de Investigación Sanitaria Aragón, mientras Alberto Jiménez Schuhmacher, director del grupo de investigación del mismo centro dedicado al desarrollo de nuevas herramientas de diagnóstico y terapias frente al cáncer, responde a las preguntas que van surgiendo. Los materiales son deliberadamente sencillos; la idea es que los niños puedan repetir el experimento en sus casas.Jiménez Schuhmacher participa cada año en numerosas actividades de divulgación científica, pero reconoce que el Ramiro Solans ocupa un lugar especial. “Hay muchos institutos, muchos colegios, muchas facultades y universidades, pero proyectos como este son únicos. Aquí sí que verdaderamente sientes que puedes tener un impacto de verdad”, explica. El investigador considera que acercar la ciencia a cualquier colegio es importante, pero cree que hacerlo en contextos como este puede resultar especialmente transformador. Por eso insiste en acudir acompañado de jóvenes investigadoras como Baselga: “Es muy importante que tengan esos referentes”. La visita no pretende despertar vocaciones científicas de manera inmediata. Aspira a algo más sencillo y, al mismo tiempo, más ambicioso: ampliar el mapa de futuros posibles que esos niños imaginan para sí mismos. La misma filosofía está detrás de otros proyectos del centro, como Radio Ramiro, donde los alumnos preparan entrevistas, elaboran pódcast y los publican en la página web del colegio. Lo importante no es solo aprender a comunicar, sino descubrir que lo que hacen en clase puede tener un destinatario real y un valor fuera de la escuela.Jiménez Schuhmacher conoce bien la historia del Ramiro Solans y por eso insiste en volver siempre que puede. “Hay colegios que no pueden pedir dos euros a las familias para organizar una excursión. Si tú puedes ir allí, sabes que vas a tener impacto, porque lo único que llevas es lo que entra en esas aulas”. Para él, esa es precisamente la mayor fortaleza del centro: haber demostrado que elevar las expectativas también consiste en acercar oportunidades que, de otro modo, muchos de esos alumnos nunca tendrían delante.