Una mañana, en la playa de Balerma, una pequeña localidad costera de El Ejido (Almería), dos alumnas del colegio SEK Alborán conversan con un vecino. Ellas, con un vistoso chaleco amarillo; él, con una bicicleta de la mano. El hombre señala el mar y la línea de la costa. “Cada año parece haber menos arena”, les explica. Mientras las estudiantes toman notas, les habla de una playa que recuerda más ancha y de una erosión que preocupa cada vez más a quienes viven allí. No están realizando una entrevista periodística ni participando en una actividad extraescolar: forman parte de una experiencia educativa que ha convertido ese tramo de costa en un espacio de investigación y aprendizaje.Lo singular no es que las alumnas estén estudiando la erosión costera, sino que lo hagan hablando con quienes conviven con ella cada día. Para aquellas estudiantes, la desaparición progresiva de la arena deja de ser un fenómeno incluido en un libro de texto para convertirse en una realidad que afecta a personas concretas y a un lugar que forma parte de la vida de una comunidad.Sin embargo, la escena apunta a un dilema que va mucho más allá de una playa de Almería. Si hoy el acceso al conocimiento está prácticamente garantizado y cualquiera puede recabar información en segundos (o pedírsela a una herramienta de inteligencia artificial), la función de la escuela ya no puede darse por sentada.“Durante siglos, la idea de que para adquirir conocimientos era necesario acudir a un sitio determinado apenas se cuestionó. Hoy, sin embargo, hay muchas maneras de formarse sin que sea necesario desplazarse a un lugar físico... ni asumir que la persona que nos espera allí vaya a ser la experta que necesitamos”, reflexiona Daniel Wilson, investigador y exdirector de Project Zero, el laboratorio de innovación educativa de la Harvard Graduate School of Education. “Si lo miramos globalmente, veremos que la escuela ha evolucionado para obedecer también a otros propósitos, como proveer determinados servicios que pudieran no ser accesibles para sectores marginales de la población”.“En este momento concreto, la escuela ya ha dejado de representar algunas de las creencias fundamentales sobre el aprendizaje y el desarrollo personal”, añade. Un ecosistema renovado donde, además, entran en juego otros factores como el ambiente y las relaciones que construimos: “El entorno desempeña uno de los papeles más importantes en el aprendizaje. Es fundamental en cómo desarrollamos el lenguaje, nuestras creencias y nuestros valores. Aprendemos continuamente de los lugares que habitamos y de las personas con las que nos relacionamos”.Al encuentro del mundo realEsa reflexión está en el origen de Learning Outside-In, una investigación desarrollada durante tres años por Project Zero y un equipo de la Universidad Camilo José Cela y los Colegios Internacionales SEK con la intención de explorar cómo las experiencias conectadas con el entorno influyen en el aprendizaje, el bienestar y la relación de los estudiantes con sus comunidades.Una iniciativa cuyo germen se remonta a la pandemia, cuando algunos centros educativos comenzaron a utilizar parques, plazas, barrios o espacios naturales como escenarios para continuar la actividad docente. Lo que inicialmente fue una respuesta a una situación excepcional acabó abriendo una cuestión más profunda: si gran parte de lo que aprendemos surge de nuestra interacción con otras personas y con los lugares que habitamos, ¿por qué buena parte de la educación sigue organizándose como si el conocimiento residiera únicamente dentro de las aulas?No se trata, sostiene Wilson, de sacar a los alumnos de clase para realizar actividades más atractivas ni de sustituir los contenidos curriculares por experiencias puntuales. El objetivo es integrar los contextos reales en el proceso educativo para que los estudiantes no solo aprendan sobre el mundo, sino también con él. Y es ahí donde la conversación junto a la playa de Balerma deja de ser una escena anecdótica. Una playa, un mercado y una montaña: tres formas de aprender con el entorno¿Qué tienen en común una playa amenazada por la erosión, un mercado madrileño y un valle alpino? A primera vista, muy poco. Sin embargo, los tres lugares comparten una misma característica: permiten que los estudiantes aprendan a través de las personas, los problemas y las comunidades que los habitan.En Balerma, los diálogos forman parte del aprendizaje. Los alumnos entrevistan a vecinos, turistas, comerciantes y trabajadores que observan cada día cómo cambia la costa; escuchan historias sobre una playa que antes era más ancha, sobre la preocupación por la pérdida de arena o sobre el impacto que esos cambios tienen en la economía local. Lo que están estudiando no es solo un fenómeno ambiental, sino también la manera en que ese fenómeno transforma la vida de una comunidad. La ciencia, la geografía o la sostenibilidad aparecen, pero lo hacen a través de rostros concretos y experiencias vividas.A más de 500 kilómetros de allí, en el madrileño mercado de Antón Martín, el aprendizaje adopta otra forma. Un grupo de alumnos recorre las calles del Barrio de las Letras siguiendo pistas, observando escaparates y conversando sobre las palabras y expresiones que encuentran a su paso. De repente, escuchan un sonido que llega desde una planta superior. Un golpeteo rítmico y persistente. Intrigados, siguen el ruido escaleras arriba hasta llegar a una escuela de flamenco, donde ensayan una docena de bailarines. Tacones golpeando la madera, brazos que se elevan al compás de la música y niños observando en silencio, fascinados por una manifestación cultural que deja de ser una definición en un libro para convertirse en una experiencia real. Aquella visita no perseguía únicamente ampliar vocabulario o practicar el idioma. También invitaba a descubrir cómo una comunidad conserva y transmite su cultura, cómo un mercado puede convertirse en un punto de encuentro entre generaciones y cómo el aprendizaje surge muchas veces de la curiosidad y del contacto directo con otras personas.Si Balerma permite aprender de una comunidad costera y Antón Martín de la vida de un barrio, SEK-Les Alpes lleva esa misma filosofía a una escala diferente. Situado en un pequeño pueblo de los Alpes franceses, el centro ha reformulado su propuesta educativa a partir de muchas de las ideas exploradas en Learning Outside-In. Allí, el aprendizaje ha dejado de organizarse exclusivamente alrededor de horarios y asignaturas tradicionales para construirse a partir de experiencias conectadas con el territorio, según Iván Martínez, director general de las escuelas SEK.Los estudiantes observan el cielo nocturno cuando el estudio de la astronomía lo requiere, analizan los efectos del cambio climático sobre los glaciares, exploran la relación entre la montaña y las comunidades que viven de ella o estudian los desafíos asociados a los Juegos Olímpicos de Invierno celebrados en Milán-Cortina en 2026. En lugar de adaptar la realidad al horario escolar, el aprendizaje trata de adaptarse a la realidad que se quiere comprender. Como resume Martínez, una de las transformaciones más profundas ha consistido precisamente en “romper el tiempo y el espacio” tradicionales de la escuela. Los escenarios, por lo tanto, son muy distintos, pero las preguntas que plantean son parecidas. ¿Qué cambia cuando los alumnos aprenden con personas reales en lugar de limitarse a estudiar sobre ellas? ¿Qué ocurre cuando los lugares dejan de ser simples escenarios y pasan a formar parte del propio proceso educativo? Cuando el aprendizaje deja huellaNo resulta difícil imaginar que muchos de esos alumnos recuerden durante años la conversación mantenida con ese vecino de Balerma o aquel sonido de tacones que los condujo hasta una escuela de flamenco en el mercado de Antón Martín. La cuestion es por qué algunas experiencias educativas permanecen en la memoria mucho tiempo después de haber terminado... y otras se evaporan rápidamente. “Es verdad que se aprende de otra forma. El aprendizaje cala más y el alumno se siente más identificado, y cuando hay esa emoción, al final eso te queda de por vida”, afirma Martínez.Esa capacidad para dejar huella fue una de las cuestiones que más interesó al equipo de Learning Outside-In. Más allá de los conocimientos adquiridos, la investigación trató de comprender qué ocurre cuando los alumnos sienten curiosidad por una pregunta, desarrollan un vínculo con una comunidad o perciben que lo que están haciendo tiene un propósito que trasciende la propia actividad escolar.La explicación, sostiene Wilson, tiene mucho que ver con la forma en que las personas construimos significado. “Asociamos significados a los lugares. Todos podemos recordar la habitación en la que crecimos, la casa en la que vivimos o algún lugar especial que visitamos con un amigo. Tenemos recuerdos emocionales ligados a los espacios”, apunta. Y añade que buena parte del conocimiento surge precisamente de esa relación entre las personas, los lugares y las preguntas que intentan resolver.A medida que avanzaba la investigación, los investigadores comenzaron a detectar algunos patrones comunes en experiencias tan distintas como las desarrolladas en Balerma, Antón Martín o Les Alpes. Los alumnos parecían implicarse más cuando podían tomar decisiones y asumir un papel activo en el proceso; cuando sentían que formaban parte de una comunidad; cuando una pregunta despertaba una curiosidad genuina; o cuando encontraban un sentido claro a lo que estaban haciendo.De esa observación surgió el marco ABCS, un acrónimo formado por cuatro conceptos en inglés: Agency (capacidad de actuar), Belonging (pertenencia), Curiosity (curiosidad) y Satisfaction (satisfacción). Sin embargo, tanto Wilson como Martínez insisten en que no se trata de una receta pedagógica ni de una metodología cerrada, sino de una manera de describir las condiciones que favorecen experiencias de aprendizaje más significativas: “Cuando un alumno entrevista a una persona, escucha una historia o descubre algo por sí mismo, establece una conexión emocional con lo que está aprendiendo”, recuerda Martínez. “Y cuando existe esa conexión, aumenta la probabilidad de que ese aprendizaje permanezca en el tiempo”.El aprendizaje como encuentroUna de las sorpresas de la investigación no estuvo dentro de las escuelas, sino fuera de ellas. A medida que los alumnos recorrían barrios, mercados o espacios naturales, Wilson observó algo que no esperaba encontrar con tanta claridad: la curiosidad empezaba a extenderse también a las personas que los rodeaban. Vecinos, comerciantes y transeúntes se detenían para preguntar qué estaban haciendo aquellos estudiantes y terminaban participando, de una forma u otra, en la conversación.Esa implicación difícilmente habría surgido si se hubiera tratado de una visita puntual o de una excursión convencional. Las experiencias analizadas en Learning Outside-In suelen desarrollarse durante semanas o incluso meses y parten de preguntas que los propios estudiantes ayudan a formular. Investigan previamente el contexto, salen a la calle para observar, entrevistar y recoger información, y regresan después a esas experiencias para analizarlas, contrastarlas y conectarlas con nuevos aprendizajes.“No se trata de sacar a los alumnos de clase un día. Hay una preparación previa, un trabajo de investigación, una experiencia en el entorno y una reflexión posterior. Todo forma parte del mismo proceso de aprendizaje”, explica Martínez.En muchas ocasiones, además, los estudiantes regresan varias veces a los mismos lugares. La playa, el mercado o el barrio dejan de ser escenarios que se visitan una única vez para convertirse en espacios familiares, observados desde perspectivas distintas y en momentos diferentes. Esa continuidad favorece que aparezcan conversaciones, vínculos y preguntas que difícilmente surgirían durante una actividad aislada. Y ahí es donde surgen algunos hallazgos sorprendentes: “Hay un estudio publicado en los Estados Unidos que revela cómo los alumnos con mayores calificaciones en Matemáticas son los que menos participan en iniciativas cívicas o comunitarias. Y es alarmante porque sugiere que seguimos llenando los currículos de conocimientos abstractos, a riesgo de desconectarnos aún más de los lugares y de la gente”, advierte Wilson.Aprender con lo que ya tenemos cercaLlegados a este punto, resulta fácil pensar que experiencias como las de Balerma, Antón Martín o SEK-Les Alpes dependen de contextos especialmente favorables. Sin embargo, una de las conclusiones más valiosas de Learning Outside-In parece ser justo la contraria. “Lo bueno que tiene este proyecto es que cualquier entorno vale”, afirma Martínez. Porque el aprendizaje no depende tanto de disponer de escenarios extraordinarios como de la capacidad para mirar de otra manera los lugares que ya forman parte de la vida cotidiana de los estudiantes.Un mercado, una biblioteca, una plaza, un parque, una residencia de mayores o una asociación vecinal pueden convertirse en espacios de aprendizaje si se integran en un proyecto educativo con sentido. La clave no está en la singularidad del lugar, sino en las preguntas que se plantean y en las relaciones que se construyen a partir de ellas. De hecho, muchas de las experiencias analizadas durante la investigación surgieron precisamente de espacios cotidianos que los alumnos creían conocer bien hasta que empezaron a observarlos con más atención.Esa idea resulta especialmente relevante para los centros públicos, donde las limitaciones de espacio, tiempo o recursos suelen aparecer con frecuencia en el debate educativo. Learning Outside-In no plantea que todas las escuelas deban replicar los mismos proyectos ni disponer de las mismas condiciones. Lo que propone es algo más sencillo y, al mismo tiempo, más ambicioso: reconocer que cualquier comunidad contiene personas, historias, conocimientos y desafíos capaces de convertirse en oportunidades de aprendizaje.En el fondo, la pregunta vuelve a ser la misma que aparecía al comienzo de este artículo. Si el acceso a la información está hoy al alcance de cualquiera y la inteligencia artificial puede responder preguntas en cuestión de segundos, ¿qué aporta la escuela que no pueda encontrarse en una pantalla?“La función de la escuela no puede ser únicamente transmitir información. Si ese fuera su único propósito, sus días estarían contados”, sostiene Wilson. Su papel, defiende, tiene cada vez más que ver con ayudar a los estudiantes a construir significado, desarrollar criterio, relacionarse con otras personas y comprender el mundo que habitan. Pero también con encontrar su lugar dentro de él.Quizá por eso aquellas alumnas que conversaban con un vecino en la playa de Balerma no estaban aprendiendo únicamente sobre la erosión costera. También estaban aprendiendo a escuchar, a formular preguntas y a reconocer que forman parte de una comunidad cuya historia y cuyos desafíos también les pertenecen. Y es posible que esa sea una de las razones por las que algunas experiencias permanecen con nosotros mucho después de haber abandonado el aula.Artículo desarrollado en colaboración con la Universidad Camilo José Cela y los colegios internacionales SEK.