Cruzo el umbral de las puertas automáticas del supermercado cargando dos bolsas rebosantes en cada mano, pongo el primer pie en la acera y cae sobre mí el manto de calor. Estamos a cuarenta y dos grados y es fácil pensar que el asfalto podría engullirme en cualquier momento. Llego al descampado donde he dejado el coche al sol a su suerte, hace media hora, sin siquiera un mísero cuenco de agua fresca. Al abrir el maletero, el interior exhala una bocanada de aire ondulante, lisérgico, psicodélico. El aliento del infierno. Por suerte, traigo conmigo la bolsa isotérmica. Hace tiempo que la tengo. Ya lacia y deslucida tras años de leal servicio, pero aún relinchante, en ella deposito el saquito de cuarto de kilo de guisantes finos ultracongelados, como quien acuesta a un niño, y también todas mis esperanzas. Uno a uno, clic-clic-clic, le ajusto la cincha al rocín. No es de cuerda ni de esparto, sino de plástico duro, con recovecos y pinzas troqueladas. Cierro todos los corchetes y encajo todas las hebillas. Vaya a ser. Tengo treinta minutos de carretera serpenteante por delante hasta llegar a casa, que serán cuarenta, porque ahora, junto a una docena de otros coches, a través de un páramo hostil, soy séquito real del tractor que encabeza la comitiva, marcando el paso, a veinte por hora, augusto, magnífico: “Ves estos campos, son míos”. Soberano. ¿Cuánta fe tengo en esa bolsa de plástico otrora brillante y sus tres milímetros de grosor de espuma y papel fino de aluminio? Es isotérmica, dice. Es tecnología. Ciencia. Somos ella y yo contra la Segunda Ley de la Termodinámica, que no ha perdido nunca contra nada ni nadie, en un coche de aire que, si es acondicionado, lo es a condición de caliente. Pero ahí vamos, a aguantar la embestida. Ella, con su asa rígida y su caída flácida de polietileno, y yo, con la certeza de haber seguido a pies juntillas las instrucciones del fabricante. Sacando pecho ante una canícula que bate récords en todo el país. Blandiendo un esfuerzo honesto y a todas luces corto. Ahora ya quedan diez minutos, que serán veinte, porque ando a rebufo del pobre diablo que pedalea aquí delante, con la carne al sol, como un insecto sin concha, dando bandazos en una montura que lleva el esqueleto a la intemperie. ¿Quién en su sano juicio? Lleva un pulsómetro en la muñeca, como quien llevaría un rosario. Van las legumbres atrás, un prendedor de pelo de vidrio teñido y alambre de alpaca en un relicario heredado, tintineando. En cada semáforo en rojo alzo la vista al espejo. No las veo. Nuestra cadena de frío, valiente, es una hoja de papel cebolla. Al rato ya no suenan. Cuando llego a casa, descargo. Aúpo las bolsas al mármol de la cocina y, en seguida, aparco a mi penco flaco, a mi bolsa especial, de un ahínco proporcional a su insuficiencia, con doble laminado para mejor barrera térmica, a los pies del congelador. De prisa, hago hueco para los guisantes en el segundo cajón, y ahí los dejo, sin mirarlos, y cierro la puerta. Este es mi pequeño sacramento laico. Esta es mi fe. Sus pilares están hechos de misterio.