0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialLas olas de calor que cada vez más nos someten a las altas temperaturas hace que nos refugiemos en locales con aire acondicionado. Poco nos importa ya que se trate de un supermercado, una sucursal bancaria, una biblioteca o una administración de loterías y apuestas. O en nuestra casa si disponemos de esta instalación. El aire acondicionado se ha convertido hoy en una necesidad en un mundo que está sufriendo las consecuencias del cambio climático. Incluso hay quien habla ya del derecho al frío.Recurrir al aire acondicionado nos reconforta en los episodios de calor alto, pero el incremento de su uso genera una paradoja que lo convierte también en un instrumento que favorece el calentamiento global. Es una especie de bucle, de pez de se muerde la cola. Y es que, a mayor temperatura, más aire acondicionado, cuyo funcionamiento se resume en que enfría los interiores mediante la expulsión del calor al espacio urbano. Como consecuencia, ciudades más calientes y mayor demanda de refrigeración, además de un aumento del consumo energético y mayor dependencia de los combustibles sólidos para generar la demanda de electricidad.El calentamiento no se puede combatir con la proliferación indiscriminada de unidades de aire acondicionadoEl urbanista Carlo Ratti se refiere a los efectos del incremento de uso del aire acondicionado en un reciente artículo en el diario Financial Times . Ratti es profesor en el Massachussetts Institute of Technology (MIT), donde dirige el Senseable City Lab, que explora cómo tiene que adaptarse el urbanismo al cambio climático y cómo hacer las ciudades más sostenibles. Considera que la adaptación al calor no puede ya aplazarse, por lo que hay que adoptar soluciones, como el incremento en el espacio público de árboles, que define como una gran y sofisticada maquinaria tecnológica natural fruto de la evolución.Un balcón con la instalación del aire acondicionado Getty ImagesRatti considera que el calentamiento no puede combatirse con la proliferación indiscriminada de unidades individuales de aire acondicionado. En su lugar, apuesta por centrales de calor y frío, como ya están haciendo ciudades como París y Ginebra, utilizando las aguas, respectivamente, del río Sena y el lago Lemán.Barcelona también tiene experiencia en este tipo de centrales. En el marco de las actuaciones vinculadas al Fòrum Universal de les Cultures 2004, se creó la planta Districlima, que produce calor y frío a partir del vapor residual generado por las centrales energéticas próximas. Así, esta infraestructura distribuye frío y calor a edificios de la zona del Fòrum, el Poblenou y el frente marítimo. En 2011, entró en funcionamiento una segunda red en la Zona Franca, la de Ecoenergies Barcelona, que se alimenta principalmente de una planta de biomasa y del frío residual de la regasificación del puerto. Esta central extiende su red a zonas de L’Hospitalet.Ratti y otros urbanistas promueven que el hoy necesario derecho al frío se pueda ejercer a partir de una distribución centralizada, muchísimo más sostenible que instalar un aire acondicionado en cada habitación.