El calor del verano que ahora se sufre en Europa y Estados Unidos puede inducir una disminución de la presión arterial, manifestándose con síntomas como mareos, somnolencia, debilidad o inestabilidad, lo cual sugiere que el organismo podría estar iniciando un proceso de descompensación, según la médica internista Daniela Silva, especialista en geriatría, que actualmente trabaja en la plataforma de telemedicina Doctor Cigna. La conexión entre las altas temperaturas y el descenso de la presión arterial se explica por diversos mecanismos fisiológicos. Uno de ellos es la vasodilatación, un proceso en el que el cuerpo dilata los vasos sanguíneos más cercanos a la superficie de la piel para ayudar a regular la temperatura del cuerpo. Con ello, se facilita la pérdida de calor, pero también disminuye la resistencia al flujo sanguíneo, lo que puede favorecer un descenso de la presión arterial. Otro factor relevante es la sudoración, un mecanismo esencial para la termorregulación que implica la pérdida de agua y sales minerales. Si esta pérdida no se repone adecuadamente, el volumen sanguíneo disminuye ligeramente. Los síntomas de baja presión incluir mareos, fatiga, somnolencia, debilidad repentina, inestabilidad al caminar, visión borrosa, náuseas y, en casos más severos, desmayos o caídas. La médica Daniela Silva subraya que “en verano, pasamos más tiempo al aire libre, tenemos más actividad social, y, en consecuencia, estamos más tiempo expuestos al sol, lo que hace que el organismo tenga que adaptarse continuamente a la temperatura”.Silva enfatiza que “la primera estrategia es la prevención”. Sin embargo, si aparecen señales como mareos, sensación de debilidad o inestabilidad, lo aconsejable es detener la actividad, buscar un lugar fresco e hidratarse. "El calor que se puede pasar en espacios cerrados puede ser igual de intenso por lo que es recomendable vigilar la hidratación siempre y en caso de no contar con aire acondicionado, optar por elementos como abanicos o ventiladores”.“Por eso, la primera estrategia es la prevención. Sin embargo, en el caso de que aparezcan señales como mareos, sensación de debilidad o inestabilidad, lo recomendable es parar la actividad, buscar un lugar fresco e hidratarse, porque suelen ser indicios de que el cuerpo está empezando a descompensarse, y actuar a tiempo es fundamental para evitar que la situación vaya a más o los síntomas se intensifiquen", agregó la especialista. En una nota con La Vanguardia, la experta médica también se refirió a un problema no frecuente: la somnifobia, el miedo a morirse durante el sueño."Es un trastorno caracterizado por un miedo intenso e irracional a quedarse dormido. Conviene aclarar que no se trata propiamente de un trastorno del sueño —como ocurre con el insomnio—, sino más bien de un problema de origen psiquiátrico, relacionado con la ansiedad y con determinados tipos de fobia", contó"En muchos casos aparece en personas que han vivido experiencias traumáticas o que padecen trastorno de estrés postraumático, aunque también puede darse en niños o en personas con distintos trastornos de ansiedad. La característica principal es que el individuo desarrolla un temor muy marcado al hecho de dormirse, a menudo asociado al miedo a sufrir pesadillas muy vívidas, a no despertarse o incluso a morir durante el sueño. Este temor genera una ansiedad intensa cuando llega la noche, lo que lleva a muchas personas a evitar irse a la cama o a retrasar al máximo el momento de acostarse. Como consecuencia, el número de horas de sueño se reduce y el descanso acaba viéndose seriamente deteriorado".¿Qué experimenta una persona con somnifobia cuando llega el momento de acostarse?Lo que siente es una ansiedad muy intensa. No se trata solo de un pensamiento o una preocupación, sino de una respuesta física muy evidente. La persona puede notar taquicardia, palpitaciones, sudoración en las manos, sensación de opresión en el pecho o incluso dificultad para respirar. Son síntomas típicos de los trastornos de ansiedad. Además, a nivel fisiológico se produce un aumento de hormonas relacionadas con el estrés, como la adrenalina o el cortisol. Estas sustancias activan el organismo y preparan al cuerpo para una respuesta de “lucha o huida”. El problema es que, para poder dormir, necesitamos precisamente lo contrario: un estado de relajación. Cuando el cuerpo está lleno de adrenalina y cortisol, conciliar el sueño se vuelve extremadamente difícil.¿Cómo podemos diferenciar la somnifobia del insomnio?La diferencia fundamental es el miedo. En el insomnio, la persona quiere dormir, pero no puede: le cuesta conciliar el sueño o se despierta varias veces durante la noche. En la somnifobia, en cambio, la persona evita dormir porque lo teme. Dormirse se percibe como algo peligroso, lo que genera una intensa ansiedad anticipatoria. Además, el insomnio puede deberse a múltiples causas —estrés, hábitos de vida, problemas médicos o medicamentos—, mientras que la somnifobia suele estar vinculada a la ansiedad, el miedo o experiencias traumáticas. Aunque ambos trastornos provocan falta de sueño, su origen es muy distinto.