Cuando nos hacemos mayores, el vocabulario se afina, los matices están más a mano, pero los acostumbramos a usar para expresarnos con contundencia, aunque sea de seda: tenemos menos tiempo para tonterías. Lo superficial cansa, a no ser que seamos superficiales. La banalidad es cómoda. David Zorrakino/Europa PressHay personas –muchas, seguramente, bienintencionadas– que, aunque no se den cuenta, son muy idealistas, sea por sus convicciones políticas, filosóficas o personales. En algunos casos, toman formas de expresión algo naifs o hermosamente hippies. Me enternece la ingenuidad de una postura que respeto porque la entiendo, aunque no la comparto. Son esos que, por ejemplo, en Alemania, no quieren nucleares, pero han comprado gas ruso sin dolor, conciencia, ni rubor. Aquí hay casos similares: cuando se deben hacer molinos de viento, que no sea en mi horizonte, para entendernos. Los nimbys (“Not in my back yard”) son los profesionales de tortillas imposibles, sin querer romper huevos.No creo en quienes niegan la dureza de las cosas; suelen ser peterpanes, futuros herederos de algo que no han creadoLa vida en plenitud y consciencia aboca a lo elegíaco. El canto, celebración y reconocimiento de todas las pérdidas. Duras y amargas, unas. Otras, llenísimas de belleza. Hay un pensamiento de Shakespeare que dice “qué razón tiene el amor/y no la razón/ si aquellos que se van/se quedan tanto”. Hay que celebrar dentro de la pérdida y convocar a la gratitud a diario.Una vida sin gratitud es invivible. Un día ya no estaremos aquí. Y, mientras ese momento no llegue, habrá también que batirse y defenderse. Mi amigo Aurelio me decía siempre, al despedirse,“defiéndete” y “que nada humano te cause excesivo dolor”. A diferencia de Moisés, no tengo que llegar a mis diez mandamientos sin mis amigos. Estos dos ya están inscritos en mis tablas de la ley personales.Hay quienes no quieren defenderse. Por pereza, debilidad, falta de energía, de medios, de tiempo, de salud, de recursos materiales o intelectuales (incluso espirituales). O por exceso de comodidad y/o patrimonio. No los envidio en absoluto. Saben defenderse, acaso, de cosas irrelevantes, pero ignorar la enorme brutalidad y dureza de la vida es de una ingenuidad sorprendente y ofensiva, a veces. No me los creo casi nunca. No creo en quienes niegan la dureza de las cosas. Acostumbran a ser biempensantes, adanistas, peterpanes, futuros herederos de algo que no han creado.Conocí a un tipo que decía, con contundencia y pillería: “Mucho mejor que tener dinero es hacerlo”. Es una frase muy poderosa que levantará ampollas en los profesionales de la piel fina. Gente que, en gran proporción, heredará una tierra que no ha labrado.
Entre lo elegíaco y lo épico, por Jordi Nadal
Cuando nos hacemos mayores, el vocabulario se afina, los matices están más a mano, pero los acostumbramos a usar para expresarnos con contundencia, aunque sea de seda: tenemos menos tiempo para tonterías. Lo superficial cansa, a no ser que seamos superficiales. La banalidad es...







