Al oso panda de peluche se le acaban de iluminar los ojos de un color azul eléctrico, lo que indica que está encendido y alerta. Gracias a una IA (Inteligencia Artificial) integrada está capacitado para entablar conversación. “Puede ser usado para que los hijos aprendan sin necesidad de pantallas”, dice Shi Pengfei, el fundador de Nebula, la start-up pequinesa que diseña estos juguetes inteligentes. Es capaz de enseñar de matemáticas básicas a física avanzada. Por supuesto, también puede contar otras muchas cosas: “El Partido Comunista chino es la fuerza central que impulsa la revolución tecnológica de China”, dice el peluche.El suave animalito, que habla con escrupuloso respeto por los valores socialistas, tal y como dicta la ley para todas las IA chinas, es un buen ejemplo de cómo el gigante asiático trata de conjugar dos caras que, a primera vista, podría parecer que no casan del todo: por un lado, el esplendor tecnológico, con la inteligencia artificial como punta de lanza; por otro, el rigor y la tradición del Partido Comunista de China, una organización de raíces marxista-leninista que acaba de cumplir 105 años desde su fundación en 1921, supera ya los 101 millones de miembros y controla de forma incontestable todas las esferas de la superpotencia asiática. La visita al puesto de peluches parlanchines es, de hecho, quizá el mejor ejemplo de cómo China trata de combinar esta doble imagen. La parada forma parte de una excursión organizada para corresponsales extranjeros por el Ministerio de Exteriores chino y las autoridades locales de Pekín. Han creído conveniente partir la jornada en dos. Por la mañana, los periodistas son pastoreados por la zona de Zhongguancun, en el noroeste de la capital china, uno de los epicentros de la innovación tecnológica, donde tienen su sede algunas de las compañías más punteras del país, y los emprendedores veinteañeros se animan a llamarlo “el próximo Silicon Valley”. Por la tarde, toca visita al Museo Revolucionario de Xiangshan, una zona de colinas verdosas en los márgenes de Pekín, desde donde Mao Zedong y sus tropas hicieron su incursión final para proclamar la República Popular en 1949. Allí, Yang Jiayi, el director del museo, tras deambular por salas repletas de parafernalia comunista, concluye: “La prosperidad que vivimos hoy es exactamente lo que él deseaba”. Se refiere a Mao. La segunda economía mundial ha colocado los avances tecnológicos en el núcleo de su modelo de desarrollo en esta era de rivalidad entre superpotencias. Celebra vistosas competiciones robóticas para deleite del público interno y los controladísimos medios estatales están a diario repletos de noticias sobre los logros más punteros.La obsesión llega desde lo más alto: el presidente chino, Xi Jinping, lo ha fijado entre las prioridades nacionales. Y en las escasas ocasiones en que se han hecho públicas imágenes de su despacho, en las estanterías a su espalda se han visto, además de volúmenes sobre el Partido y libros de historia, ensayos como La revolución del aprendizaje profundo, del reconocido experto estadounidense en neurociencia computacional Terrence Sejnowski. “En esta ola de revolución tecnológica, están surgiendo tecnologías de vanguardia como la IA, la computación cuántica y la biotecnología. Entre ellas, la IA es la que más llama la atención”, dijo Xi en enero, durante una reunión con altos cuadros en la Escuela Central del Partido. La IA, añadió ante ministros y autoridades provinciales que tomaban nota, “se considera la próxima transformación tecnológica que marcará una época, comparable a los cambios provocados por la máquina de vapor, la electricidad e Internet”. El XV Plan Quinquenal, aprobado en marzo, ha sido la última constatación de esta apuesta. El extensísimo documento cita “la inteligencia artificial” más de 50 veces, al tiempo que reclama “fortalecer la dirección del Partido sobre todo el proceso de implementación del plan [...], estudiar a fondo e implementar el Pensamiento de Xi Jinping sobre el Socialismo con Características Chinas para una Nueva Era, y utilizar continuamente la teoría innovadora del Partido para unificar el pensamiento, la voluntad y la acción”. Los dos planos conviven. Para el historiador británico Adam Tooze, de la Universidad de Columbia, el Partido es de hecho la “fórmula secreta” que ha permitido transformar las inversiones de la República Popular en “crecimiento de alta calidad”, según contaba en una charla durante un foro con altos ejecutivos occidentales en Pekín, al poco de aprobarse el plan. “No creo que, como occidentales, podamos permitirnos seguir eludiendo esta conclusión”.“Quizás no nos guste hablar de ello”, incidió Tooze. “Resulta políticamente incómodo reconocer que, en 2026, estaríamos participando en un panel junto a influyentes empresarios occidentales, celebrando la estabilidad que aporta el XV Plan Quinquenal”. Ese número 15, recalcó, significa que su uso se remonta a la década de 1950 y que sus ancestros “fueron estalinistas”. La planificación ha ido dando sus frutos en China. El año pasado, el país vivió su momento de despegue en el campo de la IA cuando DeepSeek, una compañía casi desconocida, sacó a la luz un modelo asequible que hizo temblar los cimientos de los gigantes tecnológicos de Silicon Valley. Este año, la efervescencia gira en torno a Z.ai, otra compañía puntera de IA, y una de las paradas del tour por el epicentro tecnológico de Zhongguancun.También conocida como Zhipu AI, esta empresa nacida en 2019 como una escisión de un laboratorio de la Universidad de Tsinghua, es considerada uno de los “tigres de la IA” china, un selecto grupo de actores clave en los esfuerzos de Pekín por competir con Washington y reducir su dependencia de la tecnología estadounidense. “Queremos que las máquinas piensen como seres humanos”, dice Zheng Qinkai, uno de sus investigadores, durante la visita a su sede. Las acciones de esta start-up, bien nutrida de financiación estatal y con apoyo de gigantes tecnológicos chinos, como Alibaba y Tencent, han subido más de un 1.700% desde su salida a bolsa en Hong Kong en enero, en un frenesí alimentado por el optimismo de los inversores frente a las herramientas estadounidenses de Open AI y Anthropic. La pugna va más allá del dominio tecnológico: se despliega sobre el campo militar y la influencia en el tablero geopolítico. “La inteligencia artificial se ha convertido en el principal campo de batalla de la competencia tecnológica entre Estados Unidos y China”, señalaba un estudio de mayo del Centro sobre la Economía y las Instituciones de China de Stanford. El informe asegura que China superó a Estados Unidos en la concesión anual de patentes de IA alrededor de 2020 y, para 2023, emitía casi cuatro veces más al año (183.302 frente a 48.197). La semana pasada, Open AI colocaba el foco sobre Z.ai. En una entrada de su blog, llamaba la atención sobre los fuertes vínculos con las empresas estatales chinas, alertaba sobre el objetivo de Pekín de llegar a los mercados emergentes “antes que los rivales estadounidenses o europeos”, y sobre sus lazos con las autoridades del Partido: “Fue incluida en la Lista de Entidades del Departamento de Comercio de los Estados Unidos en enero, bajo el argumento de que está impulsando la modernización militar de [China] mediante el desarrollo y la integración de investigaciones avanzadas en inteligencia artificial”, agregaba. En la sede de la compañía son escuetos al ser interrogados por el respaldo gubernamental. El investigador Zheng reconoce la importancia del “apoyo para la capacidad de computación”, y habla de la ayuda que supone contar con una base de “jóvenes talentos” en el entorno y con un ecosistema de empresas tecnológicas como el de Zhongguancun. Cuentan con 30 universidades en los alrededores, entre ellas la prestigiosa Tsinghua, y con una cantera que ronda los 100.000 estudiantes, según las autoridades locales. “Tenemos universidades, empresas, y lo más importante: inversores. Son los motores clave”, recalca Cheng Hui, directora de promoción industrial de Zhongguancun Science City, durante un encuentro con la prensa en AI Genesis Community, una incubadora de empresas tecnológicas impulsada por el Gobierno de Pekín. A la zona la denomina “los tres kilómetros cuadrados más inteligentes” del país. Y asegura que un ecosistema semejante no se construye de un día para otro. “Requiere el esfuerzo continuo del Gobierno”. Esto es: del Partido. “China ha tenido más éxito que cualquier otro país autoritario de la historia al combinar crecimiento económico con el control político”, subraya Dan Wang en su ensayo A toda máquina: China y la gran carrera por el futuro (Principal de Libros, 2026). Investigador asociado de la Institución Hoover de la Universidad de Stanford, Wang defiende que el ascenso del gigante asiático ha tenido mucho que ver con las directrices de un Gobierno integrado en gran medida por ingenieros, a diferencia de Estados Unidos, donde los abogados dominan las élites políticas.Este “Estado ingenieril”, argumenta, es algo más que autocracia o alta modernidad tecnológica. Tiene aspectos positivos, como la gestión funcional de las ciudades o la ampliación de la base manufacturera, pero consecuencias a veces nefastas para el individuo, como “mantener una estrategia de covid cero hasta llevar el país a la locura”. “El Partido Comunista”, escribe Wang, “se concibe a sí mismo como un gran maestro que coordina acciones unificadas entre el Estado y la sociedad, capaz de lanzar maniobras estratégicas más allá de lo que los ciudadanos llegan a comprender. Su filosofía consiste en maximizar la discrecionalidad del Estado y minimizar los derechos de los individuos”. En palabras del oso panda de peluche, cuyo cerebro artificial ha sido entrenado siguiendo las directrices de la organización que ahora cumple 105 años: “Su liderazgo y toma de decisiones han tenido un profundo impacto en la innovación tecnológica y la modernización industrial de China“.