La ventisca arreci� durante tres d�as sobre la ca�ada de Wounded Knee, en Dakota del Sur, y cubri� de nieve los cuerpos antes de que nadie pudiera contarlos. Cuando el temporal amain�, a finales de diciembre de 1890, el general Nelson Miles recorri� el escenario y encontr� a mujeres y ni�os abatidos a tres kil�metros del campamento, all� donde la caballer�a les hab�a dado caza. ��Qui�n podr�a explicar tan inmisericorde desprecio a la vida?�, escribi�. Cuatro d�as despu�s de la matanza, alguien descubri� entre los muertos a una ni�a lakota helada y hambrienta, todav�a viva, acurrucada en los brazos del cad�ver de su madre. La llamaban Zintkala Nuni, P�jaro Perdido. Durante cuatro semanas pas� de soldado en soldado como una suerte de souvenir viviente, hasta que un general decidi� adoptarla. Muri� en 1920, en la m�s abyecta pobreza, durante la pandemia de la llamada gripe espa�ola.Al menos 150 lakotas fueron asesinados aquella ma�ana del 29 de diciembre, aunque algunos c�lculos elevan la cifra por encima de los 300. M�s de la mitad eran mujeres y ni�os. Pero casi de la noche a la ma�ana, Wounded Knee dej� de ser una matanza concreta para convertirse en un s�mbolo, el del cierre de la frontera y el final de la llamada �era india�, el remate de un pasado salvaje y el arranque de los Estados Unidos modernos. En 1893, ante la Exposici�n Mundial Colombina de Chicago, el historiador Frederick Jackson Turner lo expuso de la siguiente manera: el pa�s empezaba con el indio y el cazador y terminaba con la f�brica y la ciudad. La coexistencia resultaba impensable. El indio hab�a muerto y su cad�ver forjaba el cimiento del mito estadounidense contempor�neo.Un superviviente, el jefe Caballo Americano, dej� constancia de lo que vio: �Se dispar� a una madre con un ni�o de pecho, y el beb�, cuya corta edad le hac�a ignorar la muerte, sigui� mamando�. La prensa de la �poca oscil� entre la compasi�n y la sed de sangre. En el Saturday Pioneer de Aberdeen, un joven director de peri�dico llamado L. Frank Baum, que a�os despu�s firmar�a El maravilloso mago de Oz, reclam� por escrito �borrar a esas criaturas ind�mitas e indomables de la faz de la tierra�.Contra ese epitafio escribe David Treuer (Washington, 1970). Novelista y antrop�logo nacido en la reserva del lago Leech, en el norte de Minnesota, indio ojibwe por parte de madre, empez� a escribir El latido de Wounded Knee (Capit�n Swing) en el invierno de 2016, la semana en que muri� su padre. Treuer emplea a conciencia y sin disculparse la palabra �indio�, y propone a los no iniciados una regla sencilla: preguntar a los nativos c�mo prefieren que se les llame. El libro entrelaza la historia, el reportaje y las memorias, y persigue algo tan terco como sencillo: contar la vida de los indios, no su muerte. �Las v�ctimas de Wounded Knee han muerto doblemente�, afirma, �la primera vez, bajo el fuego letal de los ca�ones, y la segunda, enterrados por la tinta falsa de los comentaristas y opinadores�.Para saber m�sEste epitafio ya contaba con un libro may�sculo a su servicio. En 1970, 80 a�os despu�s de la matanza, Dee Brown public� Enterrad mi coraz�n en Wounded Knee: cuatro millones de ejemplares, 17 idiomas, jam�s descatalogado. Brown denunciaba el expolio del Oeste con una fuerza in�dita, pero reanimaba la vieja historia triste, la del indio reducido a una lista de tragedias superadas sin haber tenido nunca una vida propia. Treuer ley� esas p�ginas en 1991, siendo estudiante en Princeton, y qued� doblemente consternado. Echaba de menos su reserva, sus bosques septentrionales, el Misisipi min�sculo que la cruzaba apenas m�s ancho que un riachuelo, y en aquella a�oranza no encontraba ni miseria ni desesperanza. Le humillaba, adem�s, que un autor blanco les explicara a los indios la realidad del mundo con una autoridad que �l entonces no pod�a igualar.Durante a�os, el propio Treuer hab�a cre�do ese relato. Ve�a su reserva como un �no lugar� donde nunca pasaba nada y donde las buenas ideas iban a expirar, y ten�a alrededor cuanto parec�a probarlo: un t�o brillante muerto de sobredosis, un primo acribillado por la polic�a, el presidente del consejo tribal investigado por asaltar el casino a punta de pistola. Marcharse de all� le devolvi� la otra mitad de la historia.Mujeres nativas se manifiestan en 1973 en Pine Ridge (Dakota del Sur), por los derechos de los ind�genas.BFPDesde la distancia comprendi� la val�a de su madre, que estudi� Enfermer�a y luego Derecho para volver a ejercer la abogac�a en la reserva, a una manzana del instituto que tan pobre idea se hab�a hecho de ella. Para la mayor�a de sus clientes, era la primera vez que se sentaban en un banquillo con un abogado indio al lado. Y entendi� a su padre, un jud�o que hab�a sobrevivido a duras penas al Holocausto y hab�a hecho suyas las causas indias. �Yo era un refugiado, un superviviente, un marginado�, le explic�. �Durante toda mi vida, me hab�an inculcado la idea de que no daba la talla. En cuanto llegu� aqu� me sent� aceptado�.Tenacidad vs. AvariciaLa memoria india empieza mucho antes del duelo. Cuando los europeos llegaron, hacia 1500, viv�an en Norteam�rica cerca de cinco millones de personas repartidas en m�s de 500 tribus. Algunos pueblos levantaron ciudades que todav�a siguen en pie en los desiertos del suroeste y la costa este estuvo densamente poblada de Florida a Terranova. En la confluencia del Misuri y el Misisipi, donde hoy se levanta San Luis, la ciudad de Cahokia lleg� a albergar a unos 30.000 habitantes. Cuatro siglos de guerras, enfermedades y hambrunas pasaron una factura atroz. El censo de 1900 enumer� 237.000 indios, due�os apenas del 3% del territorio. El exterminio de los bisontes, que lleg� a alcanzar los 5.000 animales muertos al d�a a finales de la d�cada de 1870, funcion� como un arma deliberada contra las tribus de las praderas. Pero Treuer se niega a leer ese desplome con la lente siniestra de la extinci�n. �l rastrea adaptaci�n e ingenio, las muchas sendas que los indios abrieron cada vez que les cerraban las antiguas.El siglo XX inaugur� otra guerra. Sus armas, escribe Treuer, fueron la avaricia y el fraude. La de los indios, la tenacidad. En 1924, 300.000 indios recibieron de golpe la ciudadan�a estadounidense sin perder la tribal, y se convirtieron en una figura jur�dica singular, indios y norteamericanos a la vez. Tres d�cadas m�s tarde, las leyes de �punto final� y la Norma P�blica 280 desmontaron buena parte de aquella soberan�a y entregaron a varios estados la jurisdicci�n sobre las reservas. Mientras tanto, generaciones de ni�os arrancados a sus familias pasaban por los internados, lejos de casa, llevando los ecos tribales en el coraz�n. Esa soberan�a discreta, perpetuamente amenazada, recorre el libro entero."Los indios de Wounded Knee han muerto doblemente: bajo el fuego de los ca�ones y enterrados por la tinta falsa de opinadores"En 1969, estudiantes y activistas ocuparon Alcatraz. En 1972, la Caravana de los Tratados Rotos tom� la sede del Gabinete de Asuntos Indios en Washington. Y en febrero de 1973, militantes del Movimiento Indio Norteamericano reocuparon el propio escenario de la masacre. Durante 71 d�as, Russell Means, Dennis Banks y los suyos resistieron en Wounded Knee, cercados por el FBI y por los matones del presidente tribal Dick Wilson, hasta declarar all� mismo una �naci�n oglala independiente�. Murieron dos hombres: Frank Clearwater, de un tiro en la cabeza mientras dorm�a, y Buddy Lamont, veterano de Vietnam, abatido por un francotirador. Treuer narra el episodio sin rastro de romanticismo, atento a la violencia y a las luchas internas del movimiento.El 17 de marzo de 2012, en el casino Northern Lights de la reserva del lago Leech, Treuer asisti� a una velada de boxeo. Vio a p�giles indios subir al cuadril�tero y derribar a sus rivales blancos ante un p�blico que rug�a de placer en un local abarrotado, haciendo justo lo que durante siglos se les hab�a prohibido. Entre los boxeadores estaba su primo Sam Cleveland, capaz de tumbar a rivales mucho m�s corpulentos que �l. Aquellos hombres peleaban contra algo m�s que un contrincante. Combat�an, escribe, contra �esa �ntima convicci�n de haber perdido, de haber salido siempre perdedores, de que ya lo hemos perdido todo�.En 2016, la tribu sioux de Standing Rock levant� un campamento contra el oleoducto Dakota Access, y en sus alrededores se congreg� la mayor reuni�n de nativos desde los ej�rcitos tribales que derrotaron a la caballer�a en Little Bighorn. Bajo el lema �Mni Wiconi� (el agua es sagrada), los manifestantes defendieron el agua potable y los lugares sagrados sin un l�der visible y con un n�mero in�dito de mujeres al frente. Tribus de M�xico enviaron danzantes y los maor�es mandaron hakas de desaf�o por Facebook. Donald Trump reactiv� las obras a los pocos d�as de tomar posesi�n, y el oleoducto se termin�. Fue una derrota, admite con cierto pesar Treuer, pero una derrota que cambi� la mirada: �Lo que parec�a un problema indio se revel� como un dilema de toda la sociedad estadounidense. La pr�xima vez las autoridades no lo tendr�n tan f�cil�, advierte.Mirar hacia el futuroEl libro se cierra con Alce Negro. Nacido en 1863 a orillas del r�o Powder, tuvo a los nueve a�os, ardiendo de fiebre, una visi�n largu�sima en la que contempl� el aro sagrado de su pueblo dentro del gran c�rculo del universo. Combati� en Little Bighorn, recorri� Europa como figurante del espect�culo de Buffalo Bill y estuvo en Wounded Knee aquel 29 de diciembre, donde carg� contra los soldados armado solo con un arco sin flechas y puso a salvo a una ni�a hu�rfana antes de recibir, al d�a siguiente, un balazo que le cruz� el vientre de lado a lado. M�s tarde se convirti� al catolicismo y ense�� el catecismo en Pine Ridge. Muchos indios leen esa conversi�n como una rendici�n. Treuer la lee de otro modo, como la prueba de que Alce Negro �estaba decidido a vivir y a adaptarse�. Y eso, sostiene, �en lugar de rebajar su condici�n de indio, la ensancha�."La lucha del oleoducto de 2016 fue una derrota, pero cambi� la mirada. Lo que parec�a un problema indio se revel� como un dilema de la sociedad"Bajo la cr�nica late una convicci�n casi vertiginosa de que los relatos moldean el mundo. �Las narrativas mismas que empleamos para referir la historia de lo que somos�, dice Treuer, �son las que configuran la propia realidad de nuestras vidas�. Si los indios cuentan su pasado como tragedia, se condenan a un futuro de calamidades. Y si solo truenan contra su dependencia de Estados Unidos, olvidan que tambi�n ellos han moldeado el pa�s. �Los indios mueren�, dice, �adem�s de bajo las balas, en su propia mente, y esa es quiz� la desaparici�n m�s triste de todas�.Para nombrar esa apuesta, Treuer convoca a Walter Benjamin. �Articular hist�ricamente el pasado no significa conocerlo tal como realmente fue�, escribi� el fil�sofo alem�n, �significa apropiarse de la memoria que relumbra en un instante de peligro�. Ni siquiera los muertos estar�n a salvo si el enemigo vence. El latido de Wounded Knee quiere arrancar a esos muertos de las manos del enemigo. Por eso su autor pide mirar m�s all� de la ca�ada helada, m�s all� del coraz�n indio enterrado en el fr�o suelo de Dakota del Sur, hacia �el ardiente pulso que se deja sentir, segundo a segundo y d�a tras d�a� entre los dakotas, los ojibwes, los comanches y las dem�s tribus del pa�s. Bajo la nieve que cubri� a P�jaro Perdido y a su madre, dice el libro, nunca dej� de latir un coraz�n. Y todav�a lo hace.
Los ecos de la cruel masacre de Wounded Knee, el latido de los pueblos nativos que EEUU nunca pudo enterrar: "�Qui�n podr�a explicar tan inmisericorde desprecio a la vida?"
La ventisca arreci� durante tres d�as sobre la ca�ada de Wounded Knee, en Dakota del Sur, y cubri� de nieve los cuerpos antes de que nadie pudiera contarlos. Cuando el temporal...









