Hay algo que todos aprendimos de chicos: cuando una herida empieza a formar una costra, no hay que arrancarla. La tentación existe. Pica, molesta, incomoda, pero sabemos que, si la sacamos antes de tiempo, la herida puede volver a sangrar. No porque el cuerpo haya dejado de curarse, sino porque interrumpimos un proceso que todavía estaba ocurriendo. Con el dolor emocional sucede algo parecido, aunque hay una diferencia importante: no todas las heridas cicatrizan solas. Cuando alguien atraviesa una experiencia dolorosa, no importa solamente qué le pasó, sino también qué ocurrió con su vida después. Cómo está durmiendo, si pudo seguir trabajando o estudiando, si dejó de ver a sus amigos, si perdió el apetito. Si necesita alcohol o medicación para atravesar el día. Si aquello que comenzó como una reacción comprensible frente a una experiencia difícil empezó, con el tiempo, a ocupar cada vez más espacio. Sufrir después de una pérdida, una separación o una experiencia traumática no significa necesariamente estar enfermo, el dolor también forma parte de la vida y no deberíamos convertir cada experiencia humana difícil en un diagnóstico, pero tampoco deberíamos cometer el error contrario: pensar que todo se resuelve esperando.
Cómo saber si una herida emocional cicatriza
“Sufrir después de una pérdida, una separación o una experiencia traumática no significa necesariamente estar enfermo” sostiene la especialista y asegura que el dolor también forma parte de la vida y que no toda experiencia es puro diagnóstico. Sin embargo, “tampoco deberíamos cometer el error contrario: pensar que todo se resuelve esperando” agrega.







