El budismo nos dice que la vida es sufrimiento porque vivimos aferrados al deseo. No obstante, gran parte de nuestro padecer puede deberse a vivencias que no pudieron ser procesadas o nos hicieron daño, y quedaron grabadas en nuestro sistema. Sin darnos cuenta, esto nos hace ser reactivos o movernos desde unos automatismos inconscientes que nos gobiernan. Así, sin apreciarlo, el trauma nos gobierna. Para liberarnos de estos patrones neuróticos, no hay mejor receta que identificar el trauma y aceptarlo. Así lo explica el terapeuta corporal Idan Hojman en su libro Liberar el trauma (Siglantana, 2026).Trauma en griego significa herida. La vía de sanación, como propuso Carl Jung, pasa por integrar aquello que hemos reprimido. Sombra, herida, trauma, deben ser aceptados . Y no sólo de una forma intelectual causalista, sino corporal, experiencial y somática. El cuerpo no miente. Muchas veces un trauma nos oprime en el corazón o bloquea la garganta, de forma que tenemos afecciones o problemas en el habla. Cuando uno acepta ese dolor o situaciones reprimidas, las palabras brotan de nuevo. La herida necesita ser sentida. La aceptación del trauma nos libera y nos hace más resilientes, humanos y completos.Cuanto más abrazamos nuestra vulnerabilidad, más libres somos. No porque desaparezca la herida, sino porque deja de dirigir nuestra vidaIdan HojmanTerapeuta y escritorTerapeuta y escritor¿Aceptarnos en un sentido amplio (con nuestros traumas y heridas) conduce a la libertad interior?Sí, porque aquello que rechazamos acaba gobernándonos desde la sombra. Durante años creemos que la libertad consiste en deshacernos de nuestras heridas, cuando en realidad comienza cuando dejamos de luchar contra ellas. La aceptación no significa resignación ni justificar el dolor. Significa dejar de desperdiciar energía intentando luchar contra una parte de nuestra historia. Paradójicamente, cuanto más abrazamos nuestra vulnerabilidad, más libres nos volvemos. No porque desaparezca la herida, sino porque deja de dirigir nuestra vida.Lee también¿Por qué nos cuesta tanto aceptarnos?Porque desde pequeños aprendemos a compararnos con un ideal. Creemos que para ser queridos, valiosos o suficientes debemos convertirnos en alguien distinto de quien somos. Ocultamos aquello que consideramos defectuoso, reprimimos emociones y construimos un personaje para adaptarnos a las expectativas de los demás. Nos cuesta aceptarnos porque confundimos nuestras heridas con nuestra identidad y porque vivimos persiguiendo una versión idealizada de nosotros mismos. Pero nosotros no somos el trauma, ni tampoco el personaje que hemos construido para sobrevivir. Somos mucho más grandes que aquello que nos ocurrió y mucho más amplios que la imagen que intentamos sostener.¿Qué sucede cuando vivimos desde el trauma?Sucede que reaccionamos al pasado, en lugar de responder al presente. El trauma distorsiona nuestra percepción. Dejamos de ver la realidad como es y la vemos desde filtro del miedo, del rechazo o del abandono. Así aparecen la ansiedad, el perfeccionismo, la necesidad de controlar, la dificultad para confiar o para amar. Muchas personas creen que tienen un problema de personalidad cuando en realidad están protegiendo una vieja herida.Todos podemos haber sido víctimas de una experiencia traumática, pero no estamos condenados a vivir toda la vida desde esa identidadIdan HojmanTerapeuta y escritor¿Qué hallamos en la caverna más profunda, cuando tocamos nuestra herida más esencial?Curiosamente, no encontramos únicamente dolor. Hallamos también una enorme cantidad de energía vital esperando a ser liberada. La herida suele proteger nuestros mayores dones. Detrás del miedo aparece la confianza. Detrás del control, la creatividad. Detrás de la tristeza, la capacidad de amar profundamente. Por eso me gusta decir que el trauma no solo es una herida; también puede convertirse en una puerta.¿Cómo aprendemos a aceptar la herida?Dejando de huir de ella. La mente intenta resolver el sufrimiento analizándolo sin parar, pero muchas heridas necesitan algo diferente: ser sentidas. Cuando aprendemos a crear un espacio seguro donde el cuerpo puede expresar aquello que quedó bloqueado —el miedo, la rabia, el dolor— la herida empieza a transformarse. No sanamos porque olvidamos. Sanamos porque dejamos de resistirnos.¿Y cómo pasar de la víctima al aventurero?Este es probablemente el cambio más importante que podemos hacer. Todos podemos haber sido víctimas de una experiencia traumática, pero no estamos condenados a vivir toda la vida desde esa identidad. El aventurero no niega el dolor. Lo transforma en aprendizaje. Lo que le impulsa es la curiosidad de explorar y evolucionar. No puede cambiar lo que ocurrió, pero sí puede decidir qué hacer con ello. En ese momento recupera su poder.¿Por qué ponemos la energía sobre lo que nos provoca sufrimiento?Porque el sistema nervioso está diseñado para priorizar la supervivencia antes que el bienestar. Nuestro cerebro presta mucha más atención a una amenaza que a una experiencia agradable. El problema aparece cuando el trauma mantiene activad permanentemente ese mecanismo. Entonces vivimos buscando peligros incluso donde ya no los hay. Gran parte del proceso de sanación consiste en enseñar nuevamente al cuerpo que el presente ya no es el pasado.Vivimos tan ocupados interpretando la realidad que hemos dejado de sentirla. El cuerpo nos habla, pero nosotros hemos dejado de escucharloIdan HojmanTerapeuta y escritor¿Algunos consejos o técnicas para aprender a escuchar a nuestro cuerpo?Lo primero es recuperar momentos de silencio. Vivimos tan ocupados interpretando la realidad que hemos dejado de sentirla. Mi propuesta es muy sencilla: varias veces al día detenerse durante un minuto y hacerse una pregunta: “¿Qué está ocurriendo ahora mismo en mi cuerpo?” No intentar cambiar nada. Solo respirar, observar y sentir. El cuerpo lleva toda la vida hablándonos. Somos nosotros quienes dejamos de escucharlo.¿Qué ha causado la histórica división cuerpo/mente? ¿Cree que las cosas están cambiando?Durante siglos hemos privilegiado la razón sobre la experiencia. Quizá la frase de Descartes, «Pienso, luego existo», resume como pocas ese cambio de mirada. Sin darnos cuenta, acabamos identificándonos casi exclusivamente con nuestra mente, como si pensar fuera la esencia de lo que somos. Esa forma de entender al ser humano nos ha permitido enormes avances científicos y tecnológicos, pero también nos ha alejado de nuestra naturaleza corporal. Hoy la neurociencia, el estudio del trauma y las terapias somáticas están devolviendo al cuerpo el lugar que nunca debió perder. Empezamos a comprender que no solo pensamos con el cerebro: sentimos, percibimos y nos relacionamos con el mundo a través de todo el organismo. A mí me gusta decir que quizá ha llegado el momento de complementar aquella famosa frase con otra: «Siento, luego existo».¿Qué piensa del espacio que nuestra sociedad da a las emociones? ¿Vivimos en una realidad estática y dual?Creo que seguimos teniendo muy poca educación emocional. Nos enseñan matemáticas, idiomas o tecnología, pero muy pocas veces aprendemos qué hacer con el miedo, la tristeza o la rabia. Además, seguimos clasificando las emociones como positivas o negativas, cuando en realidad todas cumplen una función biológica. Las emociones son inteligencia en movimiento. Cuando dejamos de luchar contra ellas, dejan de ser un problema y se convierten en una guía.¿Conocerse, conectar con nuestro propósito vital y salir del hechizo del trauma es un viaje del héroe?Absolutamente. El viaje del héroe no habla de personajes extraordinarios. Habla del proceso de cualquier ser humano que decide dejar de vivir en piloto automático. Primero aparece una crisis. Después descendemos a nuestras heridas, atravesamos el miedo y finalmente, regresamos con una comprensión más profunda de quiénes somos. Ese viaje no nos convierte en personas perfectas. Nos convierte en personas más conscientes, más libres y más humanas.¿Todos podemos ser héroes o heroínas?Sí. Para mí, un héroe no es quien vence a los demás, sino quien deja de huir de sí mismo. Cuando una persona decide hacerse responsable de sus heridas en lugar de proyectarlas sobre los demás, no solo transforma su vida, también contribuye a una sociedad más consciente. La paz colectiva comienza por la paz interior.