Lynda Benglis es una escultora asociada al posminimalismo y al arte feminista. Su arte explora las posibilidades expresivas de los materiales. No es la primera vez que Benglis colabora con Jonathan Anderson, pero quizás sí la vez en que la colaboración es tan estrecha. Este lunes en los jardines del Museo Rodin Anderson presentó su segunda colección Alta Costura para la casa Dior. El británico sigue explorando su propio lenguaje y la forma de casarlo con los códigos de la maison francesa. Esta exploración, lejos de resultar experimental, se percibe como un viaje colectivo al que el público está invitado. No es extraño que Anderson utilice el arte para vehicular su propia gramática. El propio Christian Dior fue galerista antes que diseñador, contando entre sus artistas con Picasso, Braque o di Chirico. La escritora Gertrude Stein fue una de sus principales clientas. No en vano algunos de los invitados al último desfile de Jonathan Anderson en Loewe predijeron su marcha porque la única decoración del show era una escultura hecha por su amiga Tracy Emin -con la que ha colaborado en su marca homónima- era un pájaro saliendo de su jaula de oro. Este lunes en Paris se pudo ver un diálogo entre escultura y moda, entre la rigidez y movimiento. ¿Como llevar a la vida una pieza de arte de papel? Utilizando malla de metal forrada con tejidos tratados para asemejarse a una obra de papel maché pero que en este caso es un vestido con volumen. Las esculturas metalizadas de Benglis, en las que sus huellas dactilares aún están presentes, se convirtieron en vestidos plisados plateados y dorados. El nudo, esa referencia siempre presente en la obra de Anderson se convierte de manera literal en una escultura viva: Benglis anudaba materiales rígidos, el diseñador dota de aparente rigidez a sus clásicos nudos. Como artista feminista Benglis se plantea por qué las mujeres adultas deben huir de la brillantina, algo que tanto nos atrae de niñas. Y se rebela, no hay por qué hacerlo. Anderson recoge el guante: los vestidos iridiscentes inspirados en las esculturas con celofán de la estadounidense dan una continuidad a una colección en la que la maestría técnica del Atelier de Dior se pone al servicio de este nuevo lenguaje. Pero no es tan nuevo en realidad: plisados, nudos, metalizados. Ya todo estaba en las primeras colecciones del propio Christian Dior. Aparecen, por supuesto, las chaquetas Bar cubiertas de gasas que les restan rigidez, los plisados pero en materiales iridiscentes, los tocados, esta vez mitad armadura mitad capota. Unir lenguajes tan diferentes pero que todo siga siendo Dior es una proeza, porque todo suena a léxico familiar.También lo es la aproximación de Matthieu Blazy al universo de Chanel, quizás la casa con los códigos más reconocibles de todas. En esta ocasión el flamante diseñador (sus piezas se agotan nada más tocar las estanterías de las tiendas) se inspiró en los cuentos infantiles. Si su primer desfile de Alta Costura en febrero evocaba ‘Alicia en el país de las maravillas’ esta vez el decorado transportaba al cuento de las habichuelas mágicas, aquel en el que un niño riega y riega una habichuela para tratar de alcanzar el cielo. Spoiler: no lo consigue. Si el cuento es una metáfora de los miedos de Blazy, ya alzado a los cielos por unos primeros desfiles extraordinarios en la casa francesa, tampoco ha sucedido este martes. No ha caído de una gran altura y aún puede regar mucho más tiempo su concepto de Chanel. Resulta aburrido decir que había flores, tweed, blanco y negro, botones (hasta cubriendo un vestido por completo), trajes de chaqueta y falda… pero no por eso deja de ser verdad: todo estaba allí, y sin embargo todo parecía nuevo, más loco, más fantasioso. Igual que Anderson, Blazy no solo preserva las formas, sino que hace lo mismo con el fondo. Los libros y el arte tan queridos por Coco Chanel, amiga íntima de Colette y Cocteau y diseñadora del vestuario de los ballets rusos de Diaguilev, y tan presentes en la casa de la camelia. Lagerfeld fundó en 1999 la famosa librería 7L y desde hace años organizan unos encuentros literarios dirigidos por Carlota Casiraghi, autora ella misma de dos libros de filosofía.Blazy durante su etapa en Bottega Veneta volvió a poner en el mapa de la cultura popular a Gaetano Pesce y a la fotógrafa Carrie Mae Wees. Además relanzó la revista Butt, ahora censurada en redes por su contenido erótico.La alegría sigue siendo el hilo conductor de las colecciones de Blazy y su ya familia de modelos eclécticas que se han convertido también en un sello del nuevo Chanel.Quizás la firma que más directamente se relaciona con el arte es Schiaparelli. Su fundadora, Elsa Schiparelli, utilizó la moda para bajar a tierra el movimiento surrealista. Su colaboración con Dalí es legendaria y de esas aguas bebe Daniel Roseberry, el diseñador texano que ha devuelto lustre y surrealismo a esta casa centenaria. No vacila Roseberry en su objetivo: honrar una esencia única y traerla al siglo XXI. La invitación era una pata de pulpo dorada. Es posible que para ningún español el pulpo, aceptamos pulpo, sea una referencia tan surrealista. En todo caso, Roseberry sigue el proceso creativo de Elsa Schiaparelli. Otear el vacío, enfrentarse a él y a partir de ahí empezar a crear. El desfile fue excesivo y profundo y marítimo y casi imposible de realizar:, el nivel de los talleres de Schiaparelli logrando mundos no explorados es casi de fantasía. Casi, pero sucede. Casi, pero siempre llega a un nivel superior en el que la moda se convierte en arte o en algo que tiene mucho que ver con la cultura entendida como todo aquello que nos hace humanos.